Historias de otro Vendée Globe, historias que parecen repetirse. Viendo lo que les pasa a Javier Sansó y a Bernard Stamm, Marc Guillemot se acuerda de su propia aventura...
Estamos en 2008. Desjoyeaux lleva la batuta, frente a una flota de participantes más o menos aguerridos. Los acontecimientos de la regata van encadenándose unos a otros, con historias de marinos a veces maltrechos como el valiente Yann Eliès. Las condiciones, aunque difíciles, son normales. A bordo de mi barco, el raíl fijado en el palo para aguantar la vela mayor se va soltando por trozos. Es el principio de una serie de muchos problemas que me obligaron a trepar arriba de aquel palo algo demasiado alto para mi gusto. Rendimiento a la baja, barco disminuido y moral en los calcetines, me veo obligado a echar el ancla durante unas horas en un fondeo tan perdido como animado, situado en una magnífica bahía al norte de Auckland Island. El lugar, mágico e insólito, supera lo imaginable.
Esa isla, descubierta en 1806 por Abraham Bristow, un cazador de ballenas, fue colonizada durante dos años en 1850. Pero la comunidad no resistió las difíciles condiciones climáticas hechas de una sutil mezcla diaria de frío, humedad y rachas de vientos. Pude comprobarlo. Todos esos ingredientes hacen de ella una tierra de acogida paradisíaca... para los animales marinos! Una de las últimas colonias de albatros reales se cobija allí. Los elefantes marinos, demasiados ruidosos para mi, tomaron posesión de la playa ante la cual realicé varias ascensiones al palo. Todos los años, en el mes de noviembre, un barco desembarca en la isla a cinco exploradores en misión para el departamento de ecología de Nueva Zelandia. Al llegar, vi a uno de ellos, con un chubasquero rojo fluo en las rocas. Rápidamente, después de haber parado y asegurado el barco con su ancla, me lanzo al mástil, con mis herramientas en la espalda. Durante una pausa a media altura, veo a un explorador andando en medio de un grupo de elefantes marinos. Le saludo, sin respuesta. Supongo que él hizo lo mismo minutos antes sin que yo captara su señal. Es un poco como si dos mundos se acercaran sin encontrarse verdaderamente.
Al no poder acabar mi intervención antes de la noche, me dormí un par de horas. Al alba, sobre las 3 de la mañana, en medio de un bramado inquietante de bestias tumbadas en la arena, ataco la última fase de mis reparaciones. Sobre las 5, al igual que un clandestino, agotado por tantas peripecias, levo el fondeo a vela y sigo mi ruta hacia el Pacífico. Una lucecita señala una de las barracas de la playa, donde duermen los ángeles de guardia de aquella tierra perdida.
Semanas después de mi llegada a Les Sables d'Olonne, uno de los exploradores me contacta y me envía algunas fotos de la isla, de su trabajo, pero también del Safran y del tío arriba del palo. Era una francesa, que estudiaba biología en Rennes (Bretaña) y que se sorprendió al verme llegar yo solo con un barco tan grande. Nuestras señales desfasadas se cruzaron sin encontrarse nunca. Su vida siguió en aquel trozo de tierra, la mía en mi barco.


