Cuentan que iba uno andando por la calle, a plena luz del día, cuando le pusieron una navaja en el cuello y lo obligaron a entrar en un callejón.
El agresor lo puso de rodillas y comenzó a abusar de él con tanto ímpetu que se le cayó la navaja.
El que estaba debajo le devolvió la navaja diciéndole:
Señor violador póngame usted la navaja, no sea que pase alguíen, nos vea, y se crea que me gusta. 

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