Discusión: Verano del 74
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Antiguo 14-01-2013, 18:00
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Capitán pirata
 
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Predeterminado Re: Verano del 74

Y, efectivamente, no encontré nada cuando, finalmente, abrí de nuevo los ojos. Allí estaba la playa abandonada y el impasible sol de la tarde, deslumbrándome. Un soldado aburrido me observaba desde su garita; una caseta construida con materiales de saqueo sobre la terraza del mismo hotel en el que, antaño, se servía la mejor langosta del Mediterráneo.

Por allí había pasado el temible caballo de la Guerra, pero, a diferencia de la mayoría de las tierras y las ciudades devastadas, las heridas abiertas por su guadaña no habían podido cerrarse aún ni ser enterradas por el paso de la historia. Me impresionó, sobre todo, la súbita consciencia de la habitualidad de lo tremendo. Yo mismo era, en aquel lugar, un visitante común y mil veces visto. Al regresar al hotel, un camarero en uniforme impecable me aguardaba para conducirme hasta una mesa junto a la cristalera del salón, desde la que se divisaban las ruinas de Varosha bañadas por la luz del Poniente. Tal vez., sugirió, me apetecería tomar alguna bebida contemplando la Ciudad Fantasma. Le hice alguna pregunta sobre los años transcurridos junto a la ciudad prohibida, pero me contestó con un discreto encogimiento de hombros: lo siento, señor, yo soy de Jordania y no tengo ni idea de por qué están esas ruinas tan feas ahí. Las de Jerash, me informó con un susurro cómplice, estaban junto a su pueblo y ésas sí que valían la pena. Y, además, podían visitarse.

Al día siguiente intenté ver al comandante militar al cargo de la zona, pero me informaron, sin demasiada amabilidad, de que no podría concederme ninguna entrevista hasta una semana después. A continuación intenté ver al jefe de la policía enseñando la carta de Metín como tarjeta de visita, y obtuve, a pesar de todo, una respuesta similar.

Mis genes de colono europeo empezaron a sentirse a gusto en aquel escenario.

Junto a las murallas de la fortaleza veneciana, en un mercadillo de tenderetes, encontré un puesto en el que vendían, como si fuesen antigüedades, llaveros de las habitaciones de casi todos los hoteles de Varosha, pero no hallé ninguno del Golden Mariana ni nadie que recordase haberlos visto nunca en venta. Al parecer, el hotel estaba demasiado cerca del trayecto habitual de las rondas de vigilancia y no había sufrido demasiados saqueos.

Pregunté en un par de sitios si alguien recordaba al libanés de Varosha en cuya tienda, casi cuatro décadas atrás, había comprado mis víveres de supervivencia y, por fin, hallé a un viejecillo frágil y encorvado que asintió sonriendo: ¡claro que me acuerdo! ¡Ese era yo!

Y, pasmosamente, se acordaba también de mí. En realidad, de quien se acordaba era de Iulia, pero sabía que la acompañaba un muchacho que bien pudiera ser yo.

Ejerciendo de típico comerciante oriental se sirvió del poder de sus gestos para ordenar a los dependientes que fuesen a buscar té y cigarrillos, y me hizo sentar junto a una mesa baja para conversar. Procediendo en estricto orden cronológico me habló de su inquietud por nosotros cuando dejó de vernos; de su esperanza de que hubiésemos sido evacuados sin novedad con los demás extranjeros; del miedo y la angustia vividos el quince de agosto, cuando hubo que abandonar la ciudad en tan sólo un par de horas; de su determinación por quedarse en la zona turca, a pesar de ser cristiano; de los largos años de conquista de la estabilidad y de la paz de los últimos tiempos, rodeado de hijos y nietos que lo veneraban.

Y de la gran alegría que se llevó cuando, siete u ocho años atrás, Iulia vino a visitarlo.
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