Discusión: Regatas Vendée-Globe 2012-2013...
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Predeterminado Re: Vendée-Globe 2012-2013...

A modo de entretenimiento, un cuento, un pequeño tributo a Tanguy de Lamotte....



Érase una vez…


Con el tiempo, Tanguy se volvió ecuánime. Una palabra que descubrió hace mucho tiempo, en boca de un político de la Vendée, dotado de un entusiasmo sin límites y un auténtico talento discursivo. Ecuánime. De humor igual, pues. “Como todos los seres naturalmente fuertes – decía Honoré de Balzac – estaba de un humor siempre igual”. Nadie ya recordaba que la fogosidad de Tanguy a los treinta años iba acompañada de sobresaltos volcánicos, pero sí recuerdan todos la historia que el navegante estaba a punto de contar a sus nietos, la Gran Aventura Iniciática, que le hiciera vivir todas las emociones. De aquella historia, había sacado lo esencial, lo esencial de la vida: la aventura, la sorpresa siempre renovada, los límites que se ensanchan, el reírse de uno mismo.

En la casa familiar de la familia Lamotte donde, como siempre, los abuelos se cuidan de juntar a los bisabuelos, los padres, los hijos, los nietos y los bisnietos, el humo agrio de la chimenea se mezcla con el olor de un capón al horno. Se hace de noche y el más pequeñín, Alessandro, ya está durmiendo en su cuñita.



Tanguy reúne a su descendencia a su lado. De un gesto lento, reajusta las mangas de su jersey de cachemira. “Bueno, con qué empezamos?”. Es la hora de la historia, todos están aquí. François, el mayor de los nietos, rubio como el trigo, hiperactivo y siempre riendo, es el hijo de Michel, el primer hijo de Tanguy. Después, vienen los otros: Catherine que le pide al abuelo que le cuente la historia del Gato con botas; Armel, que tanto sentido tiene de la familia que siempre dice “nosotros” en lugar de “yo”; Bertrand, que refunfuña un poco; Dominique, el soñador, que siempre les gana a todos a la hora de tragarse su suizo; Jean, que nunca oculta lo que piensa; Alex, al que su madre por poco llamó Hugo; Bernard, lleno de chinchones, que se acaba de golpear con un canto de la mesa y caer en la alfombra persa, arrastrando en su caída el acuario y una maqueta del Sputnik...


Tanguy frunce el ceño y empieza.

El Cabo de Hornos. 52 marinos habían pasado delante antes que yo. No, Armel, no es mucho: por aquel entonces, más de cien personas habían subido a la cumbre del Everest sin oxígeno. Para nosotros, el Cabo de Hornos es un Santo Grial. Es la prueba que hemos cruzado los mares del sur, la prueba que ya volvemos a casa. Me decepcionó pasar por delante de noche. Sólo a la mañana siguiente pude ver las islas de los Estados, con sus cumbres afiladas cubiertas de nieve. De hecho, cambié de mundo al pasar por el Cabo de Hornos. El día antes, no había dormido, la mar estaba arbolada, con olas de 6 metros y vientos de 35 nudos. Tenía que trasluchar cada dos horas. Fuerte, muy fuerte. Pero era así como quería yo abandonar los mares del sur: pasándolo canutas. Y, de golpe y porrazo, me encontré en un mar de aceite.



Hubo dos cabos más, en nuestra ruta. El Cabo de Buena Esperanza y el Cabo Leeuwin. No conocía ninguno de los dos, pero no vi ningún cambio entre el antes y el después de aquellos cabos. Sólo en el Cabo de Hornos sentí ese cambio. Había vencido los mares del sur. Poco a poco realizaba la importancia de lo que acaba de hacer. Y no estaba poco orgulloso, mi pequeño François”.

Desde el principio del relato, el mayor de los nietos miraba a su abuelo con envidia. Con algo de celos, incluso. Tras sus ojos brillantes, la idea de que él también algún día haría lo mismo. Tanguy sigue con el relato.

El Cabo de Hornos también me dio la ocasión de mirar lo que había hecho. Tampoco había estado tan mal! Lo pasé después de unos 66 días de mar, lo mismo que Michel Desjoyeaux, el vencedor doce años antes y lo hacía mejor que Elle McPherson, la segunda. No, un momento, que me está fallando la memoria. A una la llamaban The Body, y a la otra… ¡¡Ellen McArthur!! Sí, eso es. Ellen McArthur. Yo, en el 2013, tenía un barco del 2000. No os burléis, niños, que no era tan bueno como los barcos nuevos, pero aun así estaba muy bien! Lo veis. Total, que había navegado como yo había querido: sin exponerme al peligro, sin hacerme daño, dejando una traza muy limpia desde el principio de la regata, a pesar de algunos incidentes. Disfruté mucho, luego, al mirar aquella traza.

Bertrand: “Abuelito, ¿qué es una traza?”

La traza, hijo mío, es la prueba que has hecho un buen análisis de la meteo y que has sabido escoger el camino más lógico en relación al barco y a tus capacidades. Significa que no te has ido a buscar castaña, ni a meterte en rincones que te bloquean cualquier opción o que ponen a tu barco en peligro. Mis opciones, las tomaba en consciencia, sabía dónde quería ir. Momentos en que tuve que pelear, solo hubo tres hasta entonces. Una vez, mi piloto se estropeó y mi barco se fue a lo loco. Otra, perdí una vela, mi reacher, que se delizó por debajo del casco, me costó mucho recuperarla; la tercera, fue sobretodo una navegación difícil, en busca de la primera puerta. Duró cuatro días, pero no rompí nada.




Total, que estaba en el Cabo de Hornos, pero me resistía a dormir. Quería seguir vigilando, porque las imágenes de los satélites anunciaban icebergs en mi ruta. Ya me hubiese gustado verlos, los icebergs, pero eran como fantasmas. Mis aparatos de navegación me decían que a 223 metros había un bloque de hielo, tenía 10 millas de visibilidad (y a un periodista al teléfono, me acuerdo perfectamente), pero no veía nada. Vivía momentos maravillosos.

Por fin iba a poder ventilar el barco. Había recibido mensajes de mis compañeros de regata que me daban la enhorabuena por el paso del Cabo de Hornos. Bertrand, que iba justo delante de mí con un mejor barco, pero que debía tener algún problema porque no iba muy rápido. Sí, Bertrand, se llamaba como tú, hijo. También recibí un mensaje de François Gabart, ése era su nombre. Otro de Alessandro, sí, como vuestro pequeño primo que duerme. También un mail muy simpático de Arnaud, un colega. Estábamos de regata, los unos contra los otros, pero había muy buen rollo entre nosotros.

A Bernard, el más listo, se le iluminan los ojos y abre la boca para interrumpir al abuelo: “Pero, dinos, Abuelito, tenemos el mismo nombre que tus amigos?
Y François añade luego: “Pero, lo llamaste a mi papá Michel, después de la regata?




Pillado, Tanguy baja la guardia y confiesa: “Sí, hijos míos. Sabía que aquellos tres meses iban a cambiarme. Era una experiencia colosal, enorme. Un momento único, con recuerdos maravillosos… Un día, Michel Desjoyeaux, el navegante que ganó cuatro Vendée-Globe, imaginaba que tendría ganas de volver a hacerlo, con un barco más rápido, para ganar. No supe realmente qué contestarle. Si tuviera que volver, sí que lo haría con las ganas de ganar. Pero estas ganas ponen las cosas en un equilibrio frágil y piden un esfuerzo de cuatro años. ¿Volver? ¿Para qué? ¿Valía de verdad la pena estropear un recuerdo bueno tomando todos los riesgos que requiere la búsqueda de la victoria?

Tanguy tardó mucho en tomar una decisión sobre su segunda participación. Pero ésta es otra historia.


Pequeño cuento que traduzco libremente de una historia libremente inspirada por una conversación telefónica entre el autor y Tanguy, pocas horas después de pasar el Cabo de Hornos.


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Editado por IsladeMalta en 18-01-2013 a las 08:13. Razón: Corregido, Rom, jajajajaja!!!! Gracias :-))
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