Discusión: Pequeñas joyas
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Antiguo 22-01-2013, 00:41
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Hermano de la Costa
 
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Predeterminado Re: Pequeñas joyas

"Buenos"??

Es un diseño de Laurent Giles, de principios del XX... y aún se hace,

Entre los muchos mitos que cuentan de él, dicen que había un capitan de puerto que en su despacho se podía leer: " A partir de F7 no podrá salir ningún yate de puerto, a no ser que sea un Vertue".

Te recomiendo que busques el libro "Mi viejo y el mar" .

Una reseña:
Cita:
Padre e hijo se hicieron a la mar, acabaron su "Sparrow", (gorrión) y pasaron tres meses en un espacio cerrado, inmersos en un medio agresivo que les atraía, siempre a menos de un metro el uno del otro, oliéndose, viéndose y oyéndose en todo momento, "sintiéndonos como el contenido de un bolso de señora utilizado para aporrear a un ladrón", alcanzando un grado de intimidad superior al que debe dar la cárcel.

Recorrieron casi 20.000 millas en 60 días, entre diciembre del 84 y febrero del 85 y pasaron el Cabo de Hornos sin contratiempos. Saliendo del puerto de New London, Connecticut, cruzaron el Canal de Panamá de este a oeste, pararon en la Isla de Pascua, siguieron hacia el sur y hacia el oeste, cruzaron el Cabo de Hornos del Pacífico al Atlántico, pararon en Malvinas, y volvieron al punto de partida bordeando el Brasil.

Entre frecuentes descripciones de sus estados de ánimo y numerosas muestras de humor judío, padre e hijo relataron a dos voces todos los avatares del viaje. El padre, 55 años, tripulante en su juventud de una goleta mítica de John Alden, la Sumbeam, eligió el modelo para realizar su sueño, un Vertue II y explicó sus razones en las primeras páginas del libro que recientemente se ha publicado en España. "El Vertue tiene el casco tradicional de los barcos de pesca que recorrían los canales de Bristol y de La Mancha en condiciones meteorológicas atroces... Durante dos años invertimos en el Sparrow noches y fines de semana. Y no dimos por terminada nuestra aventura hasta encontrarnos camino de las Malvinas, una vez pasado el Cabo de Hornos". El hijo, de 23 años, cargó, paciente, dubitativo y socarrón, con todos los trabajos previos, casi dos años de carpintería, fontanería, montajes eléctricos, aparejos, aislamientos, etcétera y buena parte del esfuerzo físico necesario para llevar a feliz término la aventura. En 60 días le dio tiempo a leer a Proust, ligar algo en las escalas, conocer más a su padre y sobre todo, enamorarse del barco hasta el punto de confesar, casi al final del libro, que llegó a preocuparle más el barco que su vida.

Mi viejo y el mar. Hays & Hays (Ediciones B). Madrid, 1994.
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