Discusión: Verano del 74
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Antiguo 29-01-2013, 11:18
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Capitán pirata
 
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Predeterminado Re: Verano del 74

Muchísimas gracias. Cuando uno experimenta un poquito de vértigo a causa de la altura de la "sesentena" conforta mucho saber que aún hay quien te quiere bien.

Ahí va otro pedacito de historia:


El guía resultó ser Mustafá, un hombrecillo atlético y vivaracho, poseedor de un gran bigote y de unos ojos pequeños que transmitían bondad, simpatía y solidez. Hacía un par de años que había dejado de internarse en la ciudad fantasma, pero cuando el libanés le habló de mi relación con Iulia y de las aventuras corridas en los viejos tiempos, aceptó encantado la posibilidad de guiarme hasta el Golden Mariana. Ah, l’amore, l’amore! decía extasiado, poniendo los ojillos en blanco. Ante mi mirada de sorpresa Monsieur Michel me contó que, al parecer, el argumento de Iulia para convencerlo había sido el de querer visitar de nuevo el nido de su primer amor, cosa a la que Mustafá, que era un romántico perdido, no había sabido negarse.

El momento de la incursión quedó fijado para cuatro días después; con la Luna ya en cuarto menguante, lo que nos daría unas cuatro o cinco horas de oscuridad. Mustafá se encargaría de todo el equipo necesario y, antes de iniciar la entrada, debería vaciarme los bolsillos para demostrar que no llevaba ninguna linterna, ni teléfono móvil, ni monedas ni llaves; es decir, nada que pudiese brillar, sonar, tintinear ni iluminarse fuera del estricto control de Mustafá. También debería llevar calzado y ropa interior de color oscuro, ligera pero que empapase el sudor, ya que tendría que enfundarme en uno de esos trajes que usan los trabajadores de los frigoríficos. El Golden Mariana no estaba lejos del punto por el que pasaríamos la valla, así que sólo deberíamos aguantar la tortura de los trajes isotérmicos durante quince o veinte minutos a lo sumo.
Allí hay mucho polvo, me advirtió, y es imposible no dejar marca. Cómprate unos zapatos de lona baratos, como los que usamos todos por aquí, para que no se puedan identificar tus huellas.

Tomamos un par de vasos de raki mientras Michel y Mustafá me contaban los motivos de la invasión turca de la isla –sólo con que la mitad fuera cierta, estarían cargados de razón- y nos despedimos con un cordial apretón de manos hasta el día D.

Vi salir la Luna, llena y radiante, desde el balcón de mi cuarto. Su reflejo dibujaba sobre el mar el típico camino rectilíneo e infinito que, de niño, me tentaba con una promesa de aventura. Intenté componer su nombre con los rudimentos de turco que conozco: Gümüş Yolay. El camino de plata de la Luna.

La posibilidad de acabar en un calabozo de Famagusta añadía encanto a aquella travesura. Fue entonces cuando me pareció sentir los dos golpecitos en el brazo con los que Iulia solía llamarme a la realidad o al orden. Estás chiflado, susurró su voz, risueña, como viniendo de algún lugar entre el horizonte y la Luna.
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