Re: Verano del 74
Pasé los siguientes cuatro días deambulando por las murallas, las ruinas y las calles de Famagusta. Una de las tardes me llegué hasta Nicosia para devolver la invitación a cenar de mi amigo Metin y decirle que, finalmente, no iba a utilizar los contactos que tan amablemente me había facilitado. Se limitó a mostrarme la palma de su mano, como quien detiene el tráfico, en ademán de no querer saber por qué ni cómo. Me lo imaginaba, dijo. Si fueras turco serías el arquetipo de un efendi, un caballero de educación superior. Si te metes en un lío haré lo que pueda por ti. Sé prudente.
Cada atardecer observaba la hora de salida de la Luna. Cincuenta minutos de retraso cada día; casi una hora de oscuridad extra por día de espera. En la mañana del quinto día fui al encuentro de Mustafá. ¿Será hoy? Sí, hoy será.
Obedeciendo a la quebrada lógica de cuanto sucede en Oriente, el punto de entrada era sorprendentemente visible: un agujero en la alambrada que daba al espacio que alguna vez fue jardín entre dos chalets. Con total descaro, Mustafá me hizo aparcar el coche a escasos dos metros del hueco; echó una mirada circular no muy inquisitiva, agarró la bolsa con el equipo y se metió por el agujero con la agilidad de un hurón.
Lo seguí, intentando imitar en lo posible su displicencia y su facilidad de movimiento, y entramos en el vestíbulo de una de las casas. Allí, asistidos por la luminosidad azulada y escasa de una linterna de leds, nos enfundamos en los trajes isotérmicos, cuya función era la de hacernos invisibles a eventuales cámaras o visores de infrarrojos de los que, al parecer, se servían a veces las patrullas de la ONU, y salimos al exterior para recorrer el último tramo de mi viaje de ida hacia el pasado, hacia el recuerdo de la juventud y, quizás, como sugería Hölderlin en el fragmento de Hyperion que Iulia tenía como libro de cabecera, hacia el descubrimiento de alguna Verdad de esas que cabe escribir con mayúscula.
Como marino, mis ojos conocen la profunda oscuridad de las noches sin luna, pero la mar no es tan absolutamente negra como puede llegar a serlo una tierra cubierta de espesura y de arboleda salvaje, en la que el tenue atisbo de la luz estelar no encuentra dónde reflejarse. Mustafá caminaba a buen paso delante de mí y yo lo seguía mal que bien con la única guía del rumor de sus pasos quedos y, de vez en cuando, un fugaz alumbramiento de la linterna de leds. Supongo que fuimos a buscar la calle Stadiu y que, luego, giramos a la izquierda por la que antaño fue Sokratu, pero a los efectos de mi recuerdo, lo mismo hubiéramos podido estar caminando por un túnel lleno de hierbajos.
Mustafá se detuvo al fin, agachándose junto a un árbol rodeado de zarzas. Hemos llegado a la calle Iras, me dijo; el Golden Mariana está justo enfrente de nosotros, pero antes de cruzar quiero asegurarme de que no hay ningún vehículo de patrulla parado calle arriba o calle abajo. Quédate aquí un minuto.
Casi podría decir que, a fuerza de dilatadas, me dolían las pupilas. El Golden Mariana estaba a seis metros escasos de distancia, al otro lado de la calle, pero tan sólo podía percibir su masa superior, recortada vagamente contra el brillo grisáceo de las estrellas.
Vía libre, susurró Mustafá junto a mi oído. Vamos allá. Let’s go!
Tras cuatro o cinco zancadas sentí bajo mis pies los escalones que conducían a la recepción, aquellos mismos escalones sobre los que, hacía toda una vida, había quedado Asimina llorando, con doscientos dólares en el bolsillo y su vida en serio peligro, mientras Iulia y yo éramos evacuados.
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