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Predeterminado Re: Riesgo en las tomas de puerto?

Hace ya unas semanas, participé en el post en el que el cofrade Oceánico comentaba los daños que la corrosión le había provocado en el eje del timón. Él nos lo podrá decir de primera mano, pero me parece que todo aquello, al final, eran las cicatrices producidas por una avería eléctrica anterior, ya resuelta, que había desencadenado un proceso de corrosión electrolítica que dejó tocado seriamente el sistema de gobierno. Allí dejé yo mis opiniones sobre el asunto, pero teniendo en cuenta que vuelve a salir el tema, ahí van aquellos post revisados y ligeramente ampliados.


Corrosión Galvánica
La corrosión galvánica es un proceso natural no forzado que se presenta cuando dos metales con potenciales galvánicos diferentes y eléctricamente conectados se encuentran sumergidos en un electrolito, como puede ser al agua de mar. La corriente “subacuática” que se origina da lugar a una reacción de oxidación-reducción entre los metales implicados que trae como consecuencia la degradación progresiva del material con un menor potencial galvánico.

Los "participantes" pueden ser cualquiera de las partes metálicas sumergidas de nuestro barco que se encuentren en contacto eléctrico, no siempre debido a un cable que une las dos piezas (que podría ser), sino que puede venir del contacto físico (metálico) entre ellas, por ejemplo, una hélice de bronce que trabaja sobre un eje de otro material con potencial galvánico distinto (al del bronce).

Aunque en el proceso siempre intervienen dos metales, únicamente sufre el desgaste el que presente un menor potencial galvánico, por esta razón se incorporan los ánodos de sacrificio de Zinc, Aluminio, etc., que son los metales que presentan potenciales galvánicos más bajos y que, por tanto, sirven como reclamo a la hora de “papar” cualquier corriente galvánica que les pase por delante, evitándoles el trago al resto de los elementos metálicos sumergidos (siempre son los ánodos los que primero la palman).

Normalmente, la corrosión galvánica da lugar a una débil corriente continua, de forma que el proceso es lo suficientemente lento como para darnos tiempo a cambiar los ánodos en cada varada, antes de que se volatilicen dejándonos a los pies de los caballos. El astillero, que es quien inicialmente decide los materiales que monta en el barco, debe prever los efectos galvánicos que se puedan presentar entre los metales sumergidos y colocar en lugares adecuados ánodos de sacrificio del tamaño suficiente en función de la corriente galvánica prevista.

Lo que podemos hacer para mantener bajo control la corrosión galvánica “propia” es vigilar el estado de nuestros ánodos, comprobar que estén montados haciendo un buen contacto eléctrico con la parte metálica a la que se sujetan (sin pinturas, etc.) y que respeten el tamaño previsto por el fabricante. Si en algún momento cambiamos la hélice, la pala del timón, etc. por otra de material diferente, el efecto galvánico puede cambiar y requerir un ánodo de mayor tamaño o incluso la colocación de un segundo ánodo.


Toma de tierra del pantalán
Hay que tener en cuenta que para que aparezca el efecto galvánico únicamente se requiere la presencia de partes metálicas sumergidas con diferente potencial galvánico entre las que se dé continuidad eléctrica, de manera que los "participantes" pueden ser cualquiera de los elementos metálicos sumergidos de nuestro barco o de barcos más o menos próximos (más próximos, mayor riesgo) siempre que se encuentren en contacto eléctrico.

Generalmente, el bollo con los barcos vecinos empieza a cocerse cuando la toma de tierra de la instalación eléctrica de nuestro barco se lleva a una parte metálica sumergida. En ese momento, si nos conectamos a la corriente del pantalán compartimos la misma línea de tierra con toda la flota, dándose las condiciones para que aparezca el efecto galvánico (continuidad eléctrica -a través del hilo de tierra- entre elementos metálicos sumergidos de los barcos: hélices, ejes, etc.).

El remedio pasa por cortar la continuidad eléctrica que nos "trae" el hilo de tierra de la toma del pantalán instalando, por ejemplo, un transformador diseñado para tal función en la cabecera de la instalación de nuestro barco, que la mantenga aislada de la toma de corriente de la marina (sería la solución tradicional, eficaz y desafortunadamente la más cara). También podemos recurrir a los aisladores galvánicos, que no son más que dos diodos puestos en antiparalelo, que bloquean las (generalmente) débiles corrientes galvánicas (continuas) y que permiten el paso a la CA hacia nuestra instalación. Por último, existe la posibilidad de no conectar la toma de tierra de nuestro barco a la toma de tierra del pantalán, con el riesgo que ello comporta… (no sé si estará legalmente permitido).

La solución más sencilla consiste en mantenernos desconectados de la toma del pantalán como norma, y si eso no nos sirve, instalar el transformador o los diodos (aisladores galvánicos)… cualquier cosa menos dejar el asunto al azar.


El barco como puente
Pero ni siquiera desconectados del pantalán podemos dejarnos ir porque nuestras piezas metálicas sumergidas pueden estar actuando como meras etapas de paso para las corrientes submarinas, capaces de “saltar” de barco en barco hasta encontrar una salida hacia la toma de tierra del pantalán. Obviamente, cuanto mayor sea el número de “saltos”, más pequeña serán la corriente galvánica y también sus efectos.

En estos casos, a nuestro ánodo se le acumula el “chollo” ya que no solo tiene que atender a los efectos galvánicos propios si no que se encuentra atrapado en la verbena del pantalán, y es probable que termine su vida laboral antes de lo previsto, es decir, prejubilado. De ahí se desprende, otra vez, la importancia de estar pendientes del estado de nuestros ánodos.

La solución para evitar los “brincos” de la corriente galvánica entre barcos “inocentes”, consiste en no permitir que se mantengan sistemáticamente conectados a la toma de corriente del pantalán los barcos que no incorporen los elementos de protección habituales (diodos o transformadores). Ya sé que es difícil, pero es la manera de resolver el problema.


Corrosión electrolítica
Mientras que la corrosión galvánica es un proceso natural no forzado que da lugar a corrientes eléctricas submarinas débiles, en ocasiones, siempre por problemas en la instalación eléctrica propia (debidos a pérdidas de aislamiento, por ejemplo), la corriente galvánica se va de madre como consecuencia de que la diferencia de potencial que la origina es más elevada que las pocas décimas de voltio que cabría esperar de los potenciales galvánicos de los materiales sumergidos, pudiendo alcanzar los 12V o 24V, dependiendo de la instalación de abordo. Para distinguirla de la anterior, este tipo de corrosión (forzada por una avería propia) se la conoce como “corrosión electrolítica”. Es muy de temer porque por su voracidad puede arruinar el ánodo y nuestros “fondos” en un pis-pas. Por tanto, un ánodo que se nos va “volando” es motivo para pensar que la corrosión electrolítica anda cerca.

Para más INRI, la diferencia de potencial que provoca la corrosión electrolítica puede darse entre dos elementos sumergidos cualesquiera al margen del potencial galvánico de los materiales, a fin de cuentas se trata de una avería, de manera que pudiera ocurrir que cualquiera de las piezas sumergidas se nos vaya al garete mientras el ánodo sigue tan pancho.

Lo que podemos hacer es mantener a punto nuestra instalación eléctrica y estar atentos a la velocidad de desgaste del ánodo.
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Un saludo
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