Re: Verano del 74
La puerta de la 211 había ocupado un lugar importante en mis reflexiones de los últimos días. Por un lado estaba el hecho de que la llave había sido conservada por Iulia y, del modo que he narrado, había llegado a mis manos. ¿Habría cerrado la puerta después de su visita en el 2004? Por otra parte, ¿cabía esperar que, después de treinta años sin uso, la cerradura hubiese obedecido a las intenciones de Iulia?
Por si acaso, y saltándome las estrictas normas de Mustafá, la llave, desprovista de su vistoso llavero, estaba convenientemente alojada entre el calcetín y mi tobillo derecho. Mientras dudaba, un poco mareado por la impresión que me causaba aquel retroceso brutal en el tiempo, vi aparecer la mano de Mustafá en el halo de iluminación empujando suavemente la puerta, que se abrió a penas un par de centímetros.
Apoyé entonces mi mano derecha en la hoja y empujé con decisión.
Tal vez duró el tiempo que tarda mi corazón en dar dos latidos. Tal vez fuese algo menos, o poco más, de un segundo. Pero la vi con total claridad: Iulia estaba sentada en la cama, con un libro sobre las rodillas y ambas manos apoyadas en el colchón. La misma postura que, según los astrónomos griegos, tiene Casiopea en el cielo. La misma en la que tantas veces me esperó. Ese segundo escaso fue suficiente para que viese cómo su cabeza giraba hacia la puerta y que nuestras miradas estuviesen a punto de cruzarse. Pude ver que sonreía y también vi sus ojos, pero antes de que llegasen a mirarme francamente, antes de que se clavasen en mí y me transmitiesen algún sentimiento, la visión se desvaneció en el polvo y la penumbra.
También tras un cortísimo espacio de tiempo mi mente analítica e incrédula elaboró una respuesta plausible: había tenido una alucinación causada por aquel ambiente tan denso.
Pero entonces noté que Mustafá se aferraba con fuerza trémula a mi brazo. Did you see that? Allah, Allah! Lady Iulia must be dead!
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