Bueno... yo sigo a ello. Aunque voy a repetirme con el autor.
Me encanta esta reflexión sobre la resignación de los humildes. Esa resignación que hace que los atropellos se perpetúen y se repitan, aunque sean causados por los de siempre. Porque desde cierta perspectiva, tiendan a aceptarse como un determinismo vital, inherente a la existencia y a veces, casi merecido. El tremendo daño que hace muchas veces la tan invocada capacidad de aguante.
"Mi madre me contaba menudencias de su pequeño negocio, lo que se decía de la guerra alrededor de ella, en la ciudad; que era triste la guerra, incluso "espantosa", pero que con mucho valor terminaríamos por salir de ella; para ella los que morían no eran más que accidentes: como en las carreras, si uno se mantenía bien, no caía. En lo que concernía, sólo descubría en la guerra un nuevo dolor que trataba de no remover demasiado; le daba como miedo ese dolor, estaba repleto de cosas temibles que no comprendía. En el fondo creía que las gentes humildes como ella estaban hechas para sufrirlo todo, que era el papel que les había tocado en la tierra, y que si recientemente las cosas iban tan mal, en gran parte se debía seguramente a que las gentes humildes habían cometido y acumulado faltas... Debían de haber hecho tonterías, sin darse cuenta, por supuesto, pero de todos modos eran culpables y ya era mucho que al sufrir les dieran la ocasión de expiar sus indignidades... Era una "intocable", mi madre.
Este resignado y trágico optimismo le servía de fe y constituía el fondo de su naturaleza".
Louis Ferdinand Céline, "Viaje al Fin de la Noche".
Salud,

