Creo, que desde mi humilde opinión, en este tema estamos mezclando churras con merinas.
Mi primer barco fué un Gib sea 28, (por cierto, recientemente ha pasado a ser su propietario nuestro cofrade Capitan Cambio, felicidades) con él navegué a lo largo de diez años más de veinte mil millas, dos vueltas a la península y la mayor rasca que hasta la fecha me he comido en 25 años navegando.
Puedo deciros que aún es el día que me sigo acordando de mi querido PRAIA, Su seguridad en navegación me dió la confianza y la oportunidad de llegar a cumplir mis sueños náuticos.
Mi actual barco, si, es un 41 pies, ya no tan nuevo 10 años va a cumplir y cuarenta y cinco mil millas, es mucho más cómoda su vida en él porque dispones de muchos elementos que en un 28 pies no te puedes permitir; es mucho más rápido y las distancias se acortan considerablemente; pero en cuanto a navegación puedo afirmar, con gran conocimiento de causa, que no me siento más seguro ahora que antes.
De lo que si hago empeño en los tres barcos que he sido propietario, ha sido en optimizar la maniobra para realizar cualquier operación con la máxima rapidez y la menor complejidad, haciendo incapie en la toma de rizos.
No es lo mismo rizar en medio de una fuerte marejada como se hace tradicionalmente teniendo que desplazarse hasta el palo, con el riesgo que conlleva, el tiempo que se tarda y la ayuda que se necesita, que hacerlo tu solo desde la bañera en un par de minutos.
Concluyendo, en este caso y hablando de navegación, soy de los que opina que el tamaño no importa, siempre y cuando sepamos como y qué tenemos entre manos.
Y por último barco grande, grandes problemas, barco pequeño pequeños problemas, ahora cada cual ha de saber equilibrar el compromiso entre costo económico y beneficios resultantes
Salud
