Re: Verano del 74
Disculparán ustedes el mes de silencio. Parece que la sesentena no me ha sentado muy bien y he pasado unas semanas en astillero. Nada que altere esencialmente mis planes. Ahí va la siguiente entrega (ya falta poco).
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Pero no, no fue un fantasma lo que vimos. Mi visión estaba sentada en la cama, mientras que, según contó más tarde, Mustafá la vio en pié al fondo de la habitación. La mía llevaba el pelo suelto; la suya no. La mía tenía apenas 20 años.
Ha sido el polvo que se ha levantado al abrir la puerta, Mustafá, tranquilo; el polvo y esa mierda de luz que te has inventado, que parece que estemos en el triángulo de las Bermudas, le solté de corrido y en español. Y pareció entenderme. Dust? Yes, only dust.
Cosa curiosa lo de las lenguas.
Tal como cabía esperar, la habitación contenía exactamente los mismos elementos que treintisiete años atrás: las cortinas dobles, a punto de desplomarse; las alfombrillas a pie de cama; la banqueta para el equipaje… Vi, sobre la cama, el resto desecado de dos claveles. En aquella tiniebla era imposible saber de qué color habrían sido.
Entré en el cuarto de baño. El lavamanos consistía en una pica soportada por un pedestal, ambos de porcelana. El pedestal era hueco y se podía acceder a su interior pasando la mano entre la pared y su cara posterior. En aquel hueco solíamos guardar los pasaportes y el dinero, a falta de mejor caja fuerte. Ya el propio gesto de agacharme y pasar brazo y mano tras el pedestal me transportó un poco, pero la sensación que tuve cuando mis dedos tocaron algo escondido allí dentro fue como un viaje por el túnel del tiempo.
El objeto resultó ser un envoltorio de plástico muy bien sellado y, pegado a él, un sobre con una carta en su interior. La carta iba dirigida a mí.
“Si estás leyendo esta carta es porque, de algún modo, os habéis encontrado. Conociéndote, sé que el modo más probable es que hayas sido tú quien ha vuelto a Varosha y al viejo escondite de nuestros papeles de aquellos días tan intensos. Tal vez el motivo de tu regreso sea que te han informado de mi muerte. Según los médicos ya no me queda mucho. Me da un poco de miedo pensar en eso.
Como ves, también yo he regresado. En mis recuerdos tú no salías muy nítido. No he vuelto por ti. Quise volver al lugar en el que había perdido la virginidad de un modo tan romántico (ante Júpiter nada menos ¿te acuerdas?), al recuerdo del ruido tremendo de las bombas y al descubrimiento de que era capaz de mantener la calma y una cierta serenidad incluso en situaciones así. Varosha era una especie de diploma en mi vida. Yo estuve allí. Y tú, evidentemente, también estabas en mis recuerdos pero desdibujado, sin mucho protagonismo. Como una más de las cosas estupendas que me ocurrieron en el 74.
Pero una vez aquí tu recuerdo me ha invadido. Inundado más bien.
Es como si te volviera a ver caminando por la playa, moreno, sano, guapo y fuerte. Deliciosamente tímido; tratándome como si yo fuese algo extremadamente delicado e irreemplazable. Tal vez no tendrías que haberme querido tanto. Te salí “rana”.
No voy a justificarme ahora. El hecho incontrovertible es que os abandoné a ti y a nuestro hijo. Yo pensaba que había cometido una monstruosidad singular, pero luego he visto que ni siquiera soy la única. Otras muchas mujeres lo han dejado todo atrás para correr tras una quimera.
Paseando estos días por Famagusta y a lo largo de la valla de separación, tu sombra se ha ido situando junto a mí, ajustando su paso al mío como solías hacer. Y todo nuestro amor juvenil me ha vuelto a hervir en el corazón y el vientre. Yo también te quise locamente. Luego se me olvidó que te quería. Y, ahora, como dice la canción de Lolita de la Colina, se me olvidó que te olvidé. A mí, que nada se me olvida.”
En este punto me interrumpió el susurro apremiante de Mustafá: patrol, patrol outside. Turn out the light.
Totalmente a oscuras oímos pasar el motor diesel de un vehículo de patrulla. Cuando se extinguió el sonido, Mustafá señaló su reloj. Era hora de volver.
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