Re: Verano del 74
Gracias por vuestro interés.
No te preocupes, Nochero. Tengo una de esas averías calificadas de "benignas" pero que llevan una mala hostia considerable. Una infección complicada en uno de los fuelles. Médicos, pruebas, antibióticos y más ganas de leer que de escribir. Pero esta partida la gano yo con toda seguridad. Y pronto.
Ahí va lo que he podido componer:
Reintroduje la carta en su sobre y metí el conjunto de sobre y paquete impermeable en mi mochila. Eché una última mirada a la penumbra de la habitación 211 y, con una extraña sensación de frío o, tal vez, de encogimiento del área próxima al corazón, cerré la puerta sin hacer ruido y me alejé con pasos quedos, como quien deja en su cuarto a un bebé dormido.
El regreso fue un poco más largo y accidentado que la ida. En varias ocasiones tuvimos que quedarnos tumbados boca abajo, escondiendo la cara entre las hierbas, o que meternos en alguna de las casas a esperar que pasara una ronda. Mustafá estaba muy sorprendido por la inusitada actividad de las patrullas turcas aquella noche. ¿Le has contado a alguien que ibas a entrar en Maraş hoy? ¿Quién, yo? ¡Qué va! Respondí mientras pensaba, con cierto pesar, en que mi amistad con Metin tal vez no fuese tan profunda como yo había creído siempre. Qué más daba. Tampoco estaba en mis planes el volver a verlo nunca más.
Así, lentamente, entre “cuerpos a tierra”, movimientos de reptil y ocultaciones en las casas, fuimos aproximándonos a la valla y conseguimos salir, antes de que la luz de la Luna complicase el escenario, por un punto algo alejado del que habíamos usado a la entrada. Mejor que dejes el coche donde está hasta mañana, me aconsejó Mustafá, esta noche pasa algo raro y a lo mejor lo están vigilando.
Ya en el hotel, tomé una larga ducha y me prometí una copa del mejor whisky que pudiese encontrar. La salida de Varosha me había acelerado todo el sistema nervioso y sentía como si los residuos de la adrenalina actuasen sobre mi cerebro como una droga dadora de lucidez. Descarnadora de verdad, si se quiere.
En mis años de soledad a bordo de los barcos había llegado a desarrollar y aceptar como cierto el concepto de que, así como el oído parece ser el último sentido que se pierde, el amor era la última función superior en desaparecer. Había comprobado que el amor brillaba por encima de las humillaciones, de la desesperanza y del miedo. En los momentos difíciles me bastaba con cerrar los ojos para ver la cara de Iulia y sentir la textura de aquellos labios suyos, capaces de sonreír mientras besaban. Cuando la perdí me quedé huérfano durante un tiempo, pero pronto recobré su imagen y la basé en la idea de que aquella mujer extraordinaria, alguna vez, me había amado intensamente. Y me convencí de que, seguramente, ella debía sentir algo parecido.
Lo que había leído hasta el momento en su carta parecía situarme, para ella, en un plano mucho más frío y lejano que aquel en el que yo la mantuve. Y pensé que ese debía ser el enfoque correcto, normal o como quiera que se le desee llamar. Lo mío había sido una absurda ilusión. Un espejismo propio de alguien que vive en un estado de semilibertad y alejamiento encerrado en un barco mercante que, como tal, está sujeto a rutas específicas, horarios concretos y disciplina clara.
Tuve la tentación de no continuar leyendo. Pensé en regresar a mi barco y planificar el verano que se aproximaba para, en lo posible, iniciar un proceso de olvido y renovación. Pero, evidentemente, no pude resistir la tentación.
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