Re: Hilo para hacer sociales y ser agradable
Noemia 2
Digo “extrañamente” porque una fuerte tendencia a negar su belleza (que, como
fui descubriendo luego de mis dudas iniciales, no era coquetería), su inteligencia,
su bondad, ingenua hasta lo increíble, su visión de un mundo maravilloso en el
que sólo ella desentonaba, contrastaban violentamente con una sexualidad
sana, sincera, franca, en la que se refugiaba como único medio de expresión
total. Comprender esa personalidad que sorprendía a los psicólogos no fue
nifácil ni rápido. Autoagresiva, silenciosa, enmascarada tras su aspecto de pituca
belleza de poco cerebro, escondía una mente torturada que sabía reír de las
bromas ajenas más audaces pero a las que, paralizada por el terror a demostrar
su supuesta estupidez, o de hacer notar su no menos supuesta fealdad, se
sentía incapaz de responder.
Una serie de aventuras inconsecuentes tras una decepción romántica a los 17
años la habían convencido, allá en las misteriosas profundidades de ese cerebro
material y metafísicamente atormentado, de que sólo debía relacionarse con
hombres cuyo abandono, contrariamente a lo ocurrido y sentido en ese gran
romance de su adolescencia tardía, no le importaría: nunca se había atrevido a
coquetear, y cuando se le insinuaba un hombre que le gustaba, le ponía lo que
ella misma me definía como “cara de palo”.
Ahuyentaba a aquellos de los que se podría enamorar. Yo, por edad y por otras
consideraciones, no era candidato: “Me agarraste por sorpresa”, me dijo una
vez. “La jodí” añadió, y simultáneamente yo dije: “Te quisiste joder tú”, con
nuestra fresca telepatía.
Durante esos cuatro años, mientras iba retrocediendo su autoagresividad,
crecía también en ella una nueva hostilidad contra el resto del universo: un odio
teórico contra la humanidad que su inocencia frente a seres humanos concretos
contradecía. Fue coincidiendo conmigo en el desprecio contra los grandes
ideólogos del amor colectivo; contra aquellos que desde tribunas y pulpitos
predican esas abstracciones sentimentales capaces de sacrificar al individuo
prometiéndole un futuro inverificable, en los cielos o en un paraíso terrestre. Lo
que, sin embargo, y esto nos parecía importante, no nos arrojaba a las
hediondas costas del conformismo; lamentábamos la ausencia de Dios: nos
privaba de la posibilidad de insultarlo por la porquería
que había creado. Éramos revolucionarios sin utopía.
Claro que, con toda coherencia, también los predicadores de la no predicación
se iban desinflando: el Camus de la rebeldía y del suicidio, murió como lo haría,
37 años después, Lady Di. Cloran, que lamentaba el inconveniente de haber
nacido, murió, anciano e inaccesible al humor, en su cama. Hesse, el eterno
adolescente, desvivió en Suiza, el útero neutral al que huyó cuando el fuego
amenazaba chamuscar el rabo del lobo estepario. Y así
sucesivamente. Lo único sensato lo dijo, pese a todo, el rumanofrancés, Cioran:
“Si no me suicido es porque la muerte es tan horrible como la vida”.Como si
proclamáramos, parodiando viejas consignas: ni capitalismo ni comunismo, sino
todo lo contrario.
Dentro de este contexto aparece Sergio: 22 años, atractivo, buenazo a primera
vista, entre adolescente tardío (aunque menos tardío que Noemia, claro), serio
estudiante de leyes y seductor de esquina de academia. Confluyen ante un
kiosco de periódicos y galletitas, sonríe él y pone cara de palo ella pero a la
tercera confluencia él le habla y el palo de la cara de Noemia se raja un poco.
Desde allí, todo va avanzando hacia la simpatía, el afecto y la cama: el orden
habitual de las mujeres buenas.
Ella acaba de salir de una primera crisis de su enfermedad. Luego de una atroz
semana de postración en una clínica, casi perdida para el mundo, y un par de
meses aprendiendo nuevamente a caminar, recordar, ver, hablar, ha salido, por
primera vez sola, a ver galerías de arte. Ya no necesita compañía; yo estoy
trabajando cuando ella encuentra a Sergio. Y entonces comienza una extraña
historia, tan extraña que dudo poderla transmitir sin ser acusado de falsario, de
mentiroso, de inventor de sombras.
Noemia y yo intentamos explicárnosla una y otra vez. Sin dejar de amarme (este
es uno de los pocos aspectos de los que estamos seguros ambos), Noemia se
enamora de Sergio. ¿Revivió con este muchacho el trauma de los 17 años?
La crisis que le hizo enfrentar la invalidez, la demencia y quizás la muerte
¿provocó en ella una incontrolable sed de pluralidad erótica, de vivir
concentradamente pasiones hasta entonces reprimidas? Lo conversamos
muchas veces, cuando salía a encontrarse en un hostal con Sergio y cuando
volvía, y durante los días y hasta semanas en que, sin sufrir demasiado, dejaba
de verlo. ¿Esclavitud sexual, masoquismo? Porque ella sabía muy bien lo que era
Sergio: una mente simple, incapaz de satisfacer la mente compleja, hasta
retorcida, de Noemia; el clásico estudiante pobre que aprovechaba muy bien la
situación: chica con pareja y algo de dinero, capaz de pagar el hostal. ¿Era,
entonces, un suplemento o complemento sexual y nada más? Mi primera idea,
naturalmente, fue: no la satisfago físicamente. Noemia no sólo lo negaba con
palabras sino también con orgasmos muy reales. Aquí quien lee esto sonríe: a
éste no le han llegado noticias de los orgasmos fingidos. El lector no está
obligado a conocemos a Noemia y a mí. Sólo puedo invocar a la fe: ni Noemia lo
haría ni yo lo creería.
Eso nos deja con ese misterio del amor doble: nadie que no lo haya vivido en sí
mismo o misma lo cree posible. Pero subsisten ciertas prioridades, y Noemia
nunca perdió la suya. Estaba “enganchada”, decía, mientras
comentábamos en la cama su más reciente excursión, llamémosla sentimental,
con Sergio. Volvía rejuvenecida, sana, y al mismo tiempo furiosa por alguna
nueva estupidez de su otro amante.
“Debería terminar con este asunto”, repetía, y en su siguiente conversación con
Sergio, cara a cara o por teléfono, le anunciaba el fin de la relación. La
conversación siempre terminaba igual: él le rogaba que continuaran, la besaba, y
acababan en la cama. Parecía un antiguo saínete francés. Y nuestras risas
hubieran sido más francas, menos dolorosas, si a raíz de ciertos síntomas la
sombra de esa maldita, incurable enfermedad no volviera a flotar entre nosotros.
En mí combatía cada vez más mi alegría y complicidad por ver vivir a Noemia (aún
con un tonto-vivo como Sergio) contra mi preocupación por el futuro de mi
relación con ella. Pero, ¿cuál futuro? Mejor dicho: ¿cuánto futuro?
Fue ésta última pregunta, y no una generosidad que normalmente no muestro, la
que me hizo ¿soportar? ¿tolerar? ¿comprender? ¿co-vivir? una situación que
para la mayoría de otros hubiese sido inadmisible, mientras simultáneamente
crecía en mí un horror que me cuesta demasiado expresar. Hay derrotas que
uno mismo se inflige; son las peores. La cuestión de por qué la abandoné se
convierte entonces en una siniestra adivinanza que hasta hoy no logro
solucionar; no lo lograré jamás. ¿La abandoné, cobarde, egoísta, rastrero, para
deshacerme de la carga de una enferma sin esperanzas? ¿Por simples celos?
¿Por orgullo herido? ¿Por estúpido e intolerante? Conozco tantos casos de uno
y otro tipo que soy incapaz de responder cuál me corresponde. No voy a
preguntárselo al psiquiatra. No quiero conocer la respuesta. No soy tan valiente
como Noemia. Pero sí tuve la “valentía” de sugerirle que volviera a casa de sus
padres, al aparecer esos síntomas similares a los que precedieron la crisis de
pocos meses atrás. “Allí te cuidarán mejor.”
Le prometí mantener el contacto, recuperarla para nuestro departamento
apenas mejorara, y, por supuesto, amarla para siempre: en esto último no
mentía. Descubrí que el amor puede ser ahogado de muchas maneras, por uno
u otro de los protagonistas, en un estado que sólo puedo comparar al
sonambulismo o a la esquizofrenia.
Simplemente desaparecí, como un ladrón en la noche. No fui a verla, no llamé a
la casa de sus padres, no hablé siquiera con esa hermana cómplice que me
llamó varias veces, excepto para excusarme mencionando problemas
inventados, del trabajo, con mi esposa, con estupidez y media que, me imagino,
no habrá creído. Como un ladrón en la noche.
Dicho y explicado todo y nada, sólo queda preguntarle a Misha, la gata
negra que jugueteaba con Noemia hasta que el sufrimiento de ésta o su partida
a casa de sus padres la acobardó y la obligó a esconderse en el closet, y al morir
Noemia a desaparecer para siempre, de qué se trató. Si pudiera encontrarla y
enfrentarla. Dos eventualidades que me aterran. ¿Los primeros síntomas de lo
que parecía una nueva crisis fueron una amenaza para Noemia?
¿Hubo un desgarro inaceptable en ella porque al menos su inconciente no quiso
soportar esa duplicidad de afectos o sensualidades? ¿Creyó que ya no la amaba
o, quizás peor, que ella había dejado de amarme? ¿Ser virtual esclava de un
pobre diablo le confirmó viejas utoagresiones que creíamos superadas? O, más
“sencillamente”, ¿se hartó de vivir condenada a cosas
peores que la muerte? Especulaciones de un cobarde que no posee ni siquiera
el coraje de un pensamiento tan simple como ...yo la maté.
Dejó una nota muy sencilla, junto al frasco de pastillas: Si no muero, ven a verme.
Noemia.
Me la entregó en silencio la hermana, que había recogido secretamente la nota,
en un café al que me había citado tras la autopsia y la cremación. No pude
mirarla a los ojos mientras le decía “gracias” y la hermana lloraba.
Le pedí que recogiera mis cosas y las de Noemia y dispusiera de ellas como le
pareciera. Le di un dinero para que pagara lo que hubiera que pagar.
Yo nunca volví al departamento.
Nunca sabré, ni quiero saber, si la nota era para Sergio o para mí.
Malamar, en homenaje
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..la lontananza sai
é come il vento
che fa dimenticare chi non s'ama..
spegne i fuochi piccoli,
ma accende quelli grandi
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