Algunos chistes de la Grecia del siglo IV A.C. (¡¡¡2400 añitos de verdad y aún se cuentan los mismos chistes!!!).
Un abderita (de Abdera, Tracia, un Lepe griego) vio a un eunuco hablando con una mujer y le preguntó si era su esposa.
—Los eunucos no podemos tener esposas.
—¿Entonces es tu hija?
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Un hombre, abrasado por las pulgas, creyó encontrar la solución a sus males. Apagó la lámpara y exclamó triunfal:
—¡Ahora ya no me veis!
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—¿Puedes prestarme un cuchillo hasta Esmirna?
—Lo siento, pero no tengo ninguno tan largo.
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Un hombre quería saber qué aspecto tenía cuando estaba dormido, así que se puso delante de un espejo con los ojos cerrados.
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A un hombre que quería vender un caballo le preguntaron si el animal se asustaba fácilmente.
—Oh, no, por la salud de mi padre que no. En la cuadra está él solo y no tiene miedo.
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Un hombre encargó a su amigo, que iba de viaje, que le trajera dos esclavas de quince años cada una.
—Claro. Y si no puedo encontrarte dos de quince, te traeré una de treinta.
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Un hombre soñó que había pisado un clavo, y al despertar se puso una venda. Cuando un amigo le preguntó por qué la llevaba y conoció el motivo, dijo:
—Qué razón tiene la gente al llamarnos idiotas. ¿Por qué te acuestas sin zapatos, hombre?
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Un hombre escribió una carta a su amigo, que se hallaba lejos, pidiéndole que le comprara unos libros. El amigo lo olvidó, y cuando se encontró con él a su regreso, le dijo:
—Nunca recibí la carta que me enviaste sobre los libros.
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Un hombre murió y un amigo se presenta en la casa y pregunta a su hermano gemelo:
—¿Quién murió, tú o tu hermano?
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Un estudiante poco brillante navega en medio de una tormenta que le hace naufragar. Ve cómo todos los pasajeros se apresuran a aferrarse a diversos objetos a bordo y él decide imitarlos y se agarra al ancla.
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Un hombre va a comprar ventanas y pregunta si tienen alguna que dé al sur.
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Un joven le dice a su esposa:
—¿Qué hacemos, querida? ¿Comemos o tenemos sexo?
La esposa sumisa responde:
—Lo que tú quieras. No queda ni una miguita en la casa.
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Después de hacer el horóscopo de un niño, un astrólogo predijo que primero sería abogado, luego prefecto y finalmente gobernador. Pero el niño murió. Su madre acudió furiosa a quejarse al astrólogo.
—Mi hijo ha muerto, pero tú me dijiste que sería abogado, y prefecto, y gobernador.
—Juro por todos los dioses que habría sido todo eso de haber vivido.
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Un adivino dijo a un cliente al hacer su horóscopo que nunca tendría hijos.
—¡Pero si ya tengo siete!
— Pues ya puedes cuidarlos bien.
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Un hombre quería dormir, pero no tenía almohada, de modo que le dijo a su esclavo que le pusiera una vasija de barro bajo la cabeza.
—Pero la vasija es muy dura —observó el esclavo.
—Pues rellénala con plumas.
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Para ahorrarse unos dracmas, un hombre enseñaba a su burro a no comer. Cuando el animal murió de hambre, el hombre se lamentaba diciendo:
—¡Qué mala suerte! Justo cuando había aprendido a no comer, va y se me muere.
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Un orador de Atenas le dijo a Demóstenes:
—Los atenienses se volverán locos y te matarán.
—Y si están cuerdos, te matarán a ti.
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Alejandro Magno, al ver a un campesino que se parecía mucho a él, bromeó preguntándole si su madre
había trabajado alguna vez en palacio.
—No —respondió el campesino—, pero mi padre sí.
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Cuando un barbero muy charlatán le preguntó al rey Aquelao de Macedonia cómo le cortaba el cabello, Aquelao respondió:
—En silencio.
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Aisquines y Filócrates elogiaban a Filipo de Macedonia como el mejor orador, el hombre más hermoso y el mejor bebedor. Demóstenes, que se encontraba allí, dijo irónicamente:
—Esos títulos no le hacen tanto honor: el primero describe a un sofista, el segundo a una mujer y el tercero a una esponja.
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Un día Arístipo vio a Diógenes preparando unas lentejas, alimento que los griegos consideraban destinado a los pobres y le dijo:
—Si aprendieras a agradar a Dionisio, no tendrías que comer lentejas.
—Y si tú aprendieras a comer lentejas, no tendrías que adular a Dionisio.
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Cásate. Si por casualidad das con una buena mujer, serás feliz. Y si no, serás filósofo. (Sócrates)


