Gracias por el enlace!
Me imagino perfectamente lo que pudo sentir el autor, ya que tuve la suerte de presenciar algo así.
Era el Tyrrel Bay, isla de Cariacou, al sur del Caribe, un fondeadero inmenso y lleno de veleros, trotamundos en su gran mayoría, ya que pocos barcos de charter bajan tan abajo.
Y allí estábamos todos cuando entró esta pequeña joya a vela, llevada con maestría por un chico solo, muy en el estilo del marino que describe Reverte. Estuvo remontando toda la lámina de agua, ciñiendo el alisio, haciendo bordos entre los barcos fondeados, rozándonos con un dominio perfecto, para finalmente echar su ancla delante de la playa.
Allí nada de silencio, la gente silbaba, sacaba fotos (como yo) y aplaudía a su paso. Creo que sí, en aquel momento, supimos todos que estaba llegando un marino...


