Re: sobre olas solitarias
La zona tiene mala fama de antiguo. Hay historias que además de “superolas”, hablan de “supersenos” (de la mar, conviene precisar), que no son quizá tan glamurosos como aquéllas, pero que también tienen su peligro. Trascribo el relato del capitán del Edimburg Castle:
“Desde que el Waratah desapareció sin dejar rastro, después de haber zarpado de Durban para Ciudad del Cabo el 26 de julio de 1909, las aguas costeras del El Cabo, especialmente en la vecindad de Port St. Johns, se han hecho sospechosas. Hubo un informe acerca de que se le había “hablado” a la altura de Port Shepstone, contestando “sin novedad”, pues tenía semáforo, pero no radio.
El día 21 de agosto de 1964, en 31º32´S y 29º46´E, el Edimburgh Castle navegaba con viento fuerte del sudoeste y gruesa mar de leva del mismo punto de la rosa, pero puesto que se trataba de un barco de 229 metros de eslora y 28.600 toneladas de registro bruto, tales condiciones no suponían para él ningún problema serio. Al cabecear sobre las olas de aquella mar de fondo, algún roción saltaba de vez en cuando por la proa, y con las más grandes embarcaba agua por los escobenes. La reputación de la costa, mi experiencia anterior y los deseos de evitar daños de cualquier clase me decidieron a dejar la favorable corriente de Las Agujas y aproximarme a la costa, resignándome a sufrir un retraso en la llegada. A fin de asegurarme todavía más de que no se produciría accidente alguno, disminuí la velocidad en un nudo. Para acercarme a la costa tuve desde luego que dar la amura a la mar, en vez de recibirla exactamente de proa, pero en las nuevas condiciones el barco navegó muy cómodamente durante unos tres cuartos de hora. La distancia entre las crestas de las olas era de un 45 metros y el Castle daba unas cabezadas de 10 a 15 grados respecto al plano horizontal. Llegó entonces. Repentinamente, habiendo ascendido sobre una ola con normalidad, la longitud del seno pareció hacerse inesperadamente doble del normal, unos 90 metros, así que cuando embarco descendió a aquel agujero del océano lo hizo hocicado con un ángulo de 30 grados o más, perdió su ritmo, y antes de que pudiera recuperarse, encapilló a bordo la la siguiente, en una altura de 5 ó 6 metros.
Era una noche calurosa, y a fin de que los alojamientos del pasaje pudieran lograr cierta brisa, las puertas estancas de la extremidad proel de la cubierta del combés habían quedado abiertas,. Pero por un descuido, tal información no se pasó al puente, de manera que no solo el castillo fue barrido por una muralla de agua que arrancó el carretel del cable de amarre, que en su vieja averió uno de los chigres, arrolló todo lo que había entre ambas bordas y lo arrojó al pozo, junto con la escala, sino que gran cantidad de agua llegó hasta los alojamientos del pasaje.”
Relato del capitán de fragata R.I. Johnston, quien después de leer el anterior escribió. “Hallándome embarcado en el crucero pesado Birmingham (9.100 toneladas) durante la Segunda Guerra Mundial, sufrimos una experiencia similar por aquellas aguas, durante una noche que recuerdo muy bien por encontrarme de guardia cuando se produjo. Estábamos a una cien millas al sursudoeste de Durban y nos dirigimos a Ciudad del Cabo, navegando veloz pero cómodamente con marejada y mar de fondo moderadas, cuando inesperadamente nos encontramos con el “agujero” y caímos como una verdadera piedra, chocando después con la próxima ola, que pasó por encima de las torres “A” u “B” y rompió sobre el puente descubierto. Rodé por el suelo, y cuando volvió a ponerme en pie me encontré chapoteando entre los 60 centímetros de agua salada que anegaban aquel puente situado a 18 metros de altura sobre la línea de flotación. El buque sufrió una sacudida tan violenta que parte del personal e retén creyó que habíamos sido torpedeados y acudió a sus puestos de zafarrancho de combate. El comandante redujo inmediatamente velocidad, pero esta medida de precaución resultó innecesaria, pues se reanudaron las moderadas condiciones y no vimos nuevos “agujeros”.
Semejante experiencia, que tuvo lugar en medio de una oscuridad de alquitrán y con el buque totalmente oscurecido, es un de las más alarmantes que pueden darse en la mar, y hace pensar que un barco mercante bien cargado pueda irse al abismo en circunstancias similares.
En las discusiones subsiguientes achacamos el fenómeno al talud del banco de las Agujas, aunque yo creo que éste podría reproducir la mayor pendiente de la mar de fondo, pero no enteramente el aumento brusco de la longitud de la ola.”
La fuente de la que los he sacado, “Navegación con mal Tiempo”, de Adlar Coles, tercera edición, cita también como ejemplos de incidentes en esa zona que han podido contarse el caso del Bencruachuan, “que “fue detenido por una gran ola y su completa sección proel resultó doblada hacia abajo hasta que la proa quedó deprimida en más de 6 metros respecto a su posición normal; las cuadernas principales se pusieron instantáneamente al rojo blanco en el punto de flexión. El barco permaneció a flote, pero tuvo que se remolcado de popa hasta puerto. Otro carguero, el contenedor Neptune Sapphire, perdió su sección de proa durante su viaje inaugural en un accidente similar. Parece posible que la causa de estos problemas en aquella zona es que la corriente de las Agujas, de 60 a 100 millas de anchura y que tira hacia el Sudoeste a una velocidad de 4 ó 5 nudos a longo de la costa, choca con la fuete mar de leva procedente del Antártico. Y allí donde ambas interfieren, la mar reacciona disminuyendo su velocidad y aumentando la altura de las olas…”
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