Navegar en invierno... es diferente a navegar en verano. Y antes de que me caiga encima un chaparrón de collejas me explico.
Navegar en verano es delicioso. Sentir la cálida caricia del sol de la mañana. Refrescarte con una cerveza degustando unos langostinos o una buena mojama. Sestear indolente bajo el toldo en el fondeo, oyendo las risas nerviosas de mis hijas aterrorizadas con la idea de que un monstruo marino les muerda los dedos de los pies mientras se bañan. Alargar la tarde hasta la caída del sol, o echar el ancla para cenar con amigos íntimos apartados del mundanal ruido. Navegar en familia, navegar con amigos. Placeres que, en suma, vienen a hacer más agradable la vida veraniega, ya de por sí “buena vida”.
Navegar en invierno... es diferente. Es un navegar más “pa mis adentros”. Es un navegar más reflexivo. El mar, mi barco y yo. Quizá es el frío el que acentúa si cabe la necesidad de mirarse las costuras, fijando la vista en el horizonte. Quizá es la soledad que te rodea. Quizá es el sol que no consigue elevarse mucho sobre tu cabeza, con una luz más en blanco y negro que en colores, motivada por el contraluz que se te impone.
Tengo la inmensa suerte de poder navegar durante todo el año. Navegar en verano es delicioso... pero navegar en invierno... Navegar en invierno es diferente.