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Piratilla
 
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Predeterminado Re: ¿Que ha sido de los viejos maxis ior?

Bueno, finalmente he rascado un poco de tiempo, así que voy a intentar redactar los recuerdos que guardo en mi memoria de aquella época, hace ya más de 20 años.
Es posible que confunda el orden de algunos hechos, detalles u otras cuestiones. Si algún compañero de aquella época me leyera y pudiera aportarme correcciones o datos nuevos, se lo agradeceré mucho pues ahora me arrepiento de no haber llevado un diario de mis tribulaciones en aquellos barcos de regata IOR, que con tanto cariño los recuerdo ahora.
Era el año 1992 y estábamos en Hamble, en un astillero en el río. Amarrados a los pilones la proa desprendía unos bigotes como sí estuviese navegando pues la corriente del río podía alcanzar fácilmente los 7 nudos cuando la marea se retira.
Ya se había terminado de añadir un par de metros de casco nuevo en la zona central del barco, para lo cual se tuvo que cortar y separar en dos para luego laminar una sección nueva y conseguir así ganar el espacio que se necesita entre los dos mástiles en la nueva configuración del aparejo en ketch.
También habíamos acabado de armar los dos mástiles y ya estaban pinchados y pretensados. La maniobra principal estaba montada y andábamos acabando la secundaria que correspondía a las velas portantes y otros inventillos para facilitar toda la labor de tras luchar y virar con semejante catedral de la vela.
En el interior quedaba bastante por hacer. En la mesa de cartas faltaba instalar nuevos aparatos y configurarlos. La cocina quedaba pendiente de organizar y el único baño no se había instalado todavía, a proa del palo bajo la escotilla de proa de las velas: ideal para que sí te pilla una arriada sentado en la trona te toque jalar del trapo para dentro.
Nos dan la noticia de que hay que aprovisionar el barco para llevarlo a Barcelona, pues tenemos que estar allí antes de que inauguren los Juegos. Para ello nos dan un tiempo de transporte de tan solo 10 días. Muy justo.
Nos dicen desde dirección del proyecto que tenemos que navegar como sí fuéramos en regata pues vamos atrasados en el calendario y hemos de probar aún muchas velas, el aparejo y también electrónica que está por instalar. También nos dicen que este viaje será un buen entrenamiento de la tripulación, pues varios acabábamos de incorporarnos al equipo y era necesario congeniar con los veteranos que ya habían hecho juntos la anterior Whitebread (los hermanos Miguel y Hector Lopez Piqueras, Pelayo, Rafa Tibau, Álvaro Basterra, etc.)
Los nuevos éramos un par de catalanes, Joan Meseguer, Alberto y David Vera, el médico, un kiwi de la veleria North, etc. En total creo recordar que éramos unos 15.
En el último instante embarcó una persona que nadie conocíamos, ni sabíamos de donde procedía, ni si se dedicaba a la vela o cualquier otra cosa. Sólo sabíamos que se integraba al organigrama de guardias y que debíamos tratarle como a uno mas de la tripu.
Zarpamos en la mañana, con la marea favorable. El barco no estaba acabado pero ya lo iríamos dejando listo por el camino. Una semirrigida nos iba siguiendo por El Solent pues abordo llevábamos dos tipos que estaban acabando de instalar el WC y otras cosas imprescindibles. Esperábamos poderles desembarcar con suerte antes de la Isla de Wight.
Justo cuándo estábamos enfilando rumbo sur para Cowes el barco desaceleró suavemente hasta casi detenerse, pero afortunadamente la fuerte corriente nos ayudo a terminar de arar el banco de arena que nos dió un buen susto.
Los operarios descendieron a la semirrigida poco después de la embarrancada, supongo que el susto les ayudó a acelerar el final del trabajo.
Disponíamos de tan solo 10 días para llegar a tiempo a Barcelona, lo que implicaba hacer una muy favorable navegación. De momento teníamos viento de ceñida y parecía que iba a perder intensidad en los próximos días.
Recuerdo vagamente que, al día siguiente de haber zarpado, el cocinero salió por la escotilla principal afirmando que teníamos un problema. Sólo teníamos alimentos para unos 5 a 7 días y ya lo había comprobado varias veces. No se de quien fue el error, pues el cocinero, que era otro tripulante más (cada uno teníamos una responsabilidad adicional a nuestra función de navegación), no comprobó en tierra lo que los de logística embarcaron, pues fueron ellos los que calcularon los consumos. De hecho, en los días siguientes algunos tripulantes sacamos conjeturas de que cargaron comida de menos expresamente para forzar la marcha del bote.
En algún momento había oído un comentario sobre que el barco no tenía despacho como para tocar otro puerto que no fuera del Reino Unido. Aunque evidentemente en Barcelona no tendríamos problemas, pues justamente nos esperaban ansiosas las autoridades de la ciudad con motivo de la inauguración de los Juegos Olímpicos, la única opción de escala era Gibraltar. Teníamos que alcanzarlo en un máximo de 7 días si queríamos ir bien con la agenda. Nos separaban hasta La Roca unas 1000 millas sin dar casi bordos. Después otras 500 millas si pudiéramos remontar directos hasta Barcelona. Comenzando de ceñida pura y teniendo que navegar por el Estrecho y el Mediterráneo, cumplir la agenda era una empresa muy difícil.
Muchas anécdotas se sucedieron esos días y, aunque algunas quedaron sepultadas en algún rincón de mi tosca memoria, otras se me salvaron de la quema.
Recuerdo que estábamos como a un centenar de millas de Estaca de Bares y navegábamos con muy poco viento y una niebla bastante cerrada. Oí a Álvaro, el navegante, hablar animadamente por radio con otro vasco con un marcado acento. Se trataba de José Luis Ugarte, que estaba regresando de cruzar el Atlantico. Y aunque pasó a muy pocas decenas de metros de nosotros, nunca le vimos por culpa de la niebla.
Entre los bordos del Canal de La Mancha y el poco viento del Cantábrico, las esperanzas de cumplir los objetivos se desvanecían.
Sin embargo, nosotros nos esforzábamos al máximo y no escatimábamos ni un solo cambio de velas.
El trabajo era muy duro. Con cada trasluchada de spi, me tocaba subir hasta los 7/8 a cambiar de driza la vela para evitar el desgaste y posibles roturas. También tenía que subir por la segunda driza de mayor para chequear el trabajo de las drizas por las roldanas del mástil.
Cuando 4 tripulantes como armarios te suben con los grinder con la velocidad rápida y a toda hostia, las crucetas se te acercan tan rápidamente que has de calcular y coordinar bien los impulsos con el balanceo para esquivar todos los obstáculos. Cada vez que me izaban, bajaba después con alguna parte del cuerpo amoratada o sangrando. Yo era el pequeño del grupo y eso les facilitaba la labor y se la convertía en divertida. A mi no demasiado.
Creo que era el cuarto día que andábamos al largo de la Costa da Morte. Aunque habíamos hecho una progresión de verdadera pena, había un weatherfax con previsión de vientos fuertes del norte para las próximas dos jornadas, así que confiábamos todavía en poder cumplir las espectativas si nos preparábamos bien para aprovecharlo.
Dejando atrás la latitud de Vigo ya teníamos vientos frescos del largo. Con todo el trapo arriba (asimétrico, trinquetada, mayor, entrepalos y mesana) el barco navegaba por encima de los 15 nudos todo el tiempo con planeadas de mas de 20 nudos. Una gozada que provoco que hiciéramos cola para llevar la rueda un rato cada uno.
Antes de ponerse el sol arriamos la trinqueta y la entrepalos porque el viento estaba aumentando y poniéndose de aleta.
Cuando salí para mi guardia Hector nos ordeno arriar la mesana porque el barco se iba de orzada con aquellas olas y tanto viento. Las planeadas eran ya constantes y de más de 25 nudos. Álvaro, el navegante, era quien nos daba la velocidad del GPS Phillips que llevábamos (última tecnología en aquel momento que daba una cadencia de datos de tres segundos creo recordar), pues la corredera B&G aún no están calibrada. Nos llego a anunciar una planeada de 30 nudos en algún momento, la verdadera velocidad punta nunca pudimos averiguarla.
Yo pase realmente miedo de perder al tripu que tuvo que trepar por la botavara de la mesana para poner los tomadores porque el penol iba golpeando con las crestas y, aunque iba atado, si aquel chico (ya no recuerdo su nombre) llega a caerse, seguro que se ahoga arrastrado por la línea de vida. Un tiempo después comenzamos a usar la driza de entrepalos para asegurar al tripulante en ese tipo de maniobras.
El barco hacia submarinos muy a menudo después de las planeadas ya que el viento era muy fuerte para tantos metros cuadrados de spi.
Desde mi litera, justo encima de la de David Vera, comentaba con él los sonidos acojonantes que el casco de carbono amplificaba:
Cuando planeaba a toda pastilla, la pala del timón cavitaba y la vibración era ensordecedora. Cuando el barco llegaba al final de la planeada y se frenaba de golpe por hundir la proa bajo la mar, entonces enmudecía la cavitación de la pala y eran las burdas las que ahullaban como locas por el aumento repentino del viento aparente. Transmitiendo un aumento descomunal de la tensión en sus anclajes que provocaban que todo el casco se retorciera emitiendo siniestros crujidos que provocaban nuestros comentarios del tipo "En una de estas se nos va la cubierta volando y nos quedamos con el culo al aire".
Ciertamente no me iba a pasar a mi porque yo no fui capaz de quitarme el traje para irme al catre, pues me temía que en cualquier momento tenía que salir disparado a cubierta por alguna emergencia. De hecho, prefería estar en cubierta que en esa cámara de torturas caliente, húmeda y siniestra, en la que apenas podíamos dormir.
De repente Miguel López Piqueras grita "Todo el mundo a cubierta!"
El patrón decidió que arriásemos el spi también. Recuerdo perfectamente que cuando planeábamos la proa formaba unos bigotes de agua que llegaban casi hasta la cruceta, uno verde y el otro rojo, iluminados por las lámparas del balcón de proa. Cuando llegábamos al final de la planeada, la proa se sumergía y aquellos bigotes desaparecían y la cubierta de proa pasaba a la oscuridad, todo ello síntoma de que el submarino era inminente y toda la cubierta iba a ser barrida por toneladas de agua.
Cuando me tocara ir allí a desmontar el tangón tenía que tener muy en cuenta eso para que no me hundiera bajo el mar junto con la proa.
Repasamos en un breve briefing la maniobra de arriado para que nadie albergase dudas, no había lugar para errores, la cosa estaba muy dura.
Todos concentrados y sólo hablaba Miguel y Hector, ambos a una rueda cada uno porque en ocasiones Miguel no tenía fuerzas para mantener la pala a sotavento y Héctor tenía que echarle una mano para evitar que el Fortuna se fuese de orzada.
De repente la braza patina sobre el winche y el tangón de carbono de 9 metros se estrella contra el estay y se parte en ese punto. Parece ser que Lem quiso restar alguna de las vueltas en el tambor de la braza para agilizar la maniobra, pero la carga de esos momentos precisaba de la máxima resistencia del cabo en el winche.
El spi flameando a sotavento de la mayor y la braza dando latigazos con un trozo de tangón golpeando el stay. Planeadas de mas de 25 nudos y vientos aparentes que iban de 25 a 40 nudos. Que situación mas fea!
Largando braza a toda hostia y entrando spi por su escota con unos 20 brazos tirando de él por debajo de la botavara.
Se hizo interminable. El agua en la bañera de grinders nos llegaba por encima de las rodillas en el mejor de los casos, pues el spaguetti de cabos taponaba los imbornables y le costaba mucho drenar las toneladas de agua que embarcábamos en cada submarino.
Yo ya sabía que tenía que ir para la proa a recuperar el extremo de tangón antes de perderlo ya que aún permanecía enganchado a la braza, balanceandose en el balcón de proa.
Alberto verá y yo avanzamos hasta pie de palo y me tocó a mi esperar el momento adecuado para ir hasta la proa a por el resto mientras él y el resto de tripulantes retiraban el tramo grande del tangón hacia la bañera.
El momento ideal es cuando se levantan los bigotes de agua en la planeada porque es cuando la proa está más elevada sobre las olas.
Me engancho a la cincha que discurre del pie de palo hasta el stay y salgo corriendo para la proa como alma que lleva el diablo. Abro el gatillo y libero el penol de la braza, pero de pronto desaparece la iluminación rojiverde que me envolvía.
Me da un sudor frío y rápidamente engatillo el pico del tangón a mi línea de vida, me tumbo sobre la cubierta y me agarro con todas mis fuerzas a la cincha que va del stay al pie de mástil. Apenas tuve el tiempo justo de respirar profundo y la proa del barco se hunde conmigo y todo lo que hay en cubierta.
Apenas fueron unos segundos pero me parecieron eternos, pues hasta me pitaban los tímpanos. La presión del agua era tan fuerte que me arrastraba hacia popa a pesar de agarrarme con todas mis fuerzas.
Cuando noté que el agua se retiró, abrí los ojos, estaba 9 metros más atrás, en el pie del mástil, vi peces aleteando en la cubierta y mire hacia arriba. Y ahí arriba, subido a la altura de la botavara estaba Alberto diciéndome "Corre chaval que viene otra!"
Me libero de los cabos y salgo corriendo para la bañera principal que estaba totalmente inundada hasta la misma cubierta. Saltamos a la piscina los dos como sí estuviéramos vadeando un río y cruzamos el carro de la mayor para alcanzar la bañera de popa, donde estaba toda la tripulación al completo reunida, ...y no es una bañera demasiado grande!
Desengancho el trozo de tangón de mi arnés y lo suelto al pie de la mesana. Recuerdo la cara de algunos tripulantes que me miraban como sí no se lo creyeran...
La guardia recogió todo el material y nosotros bajamos al interior para intentar aprovechar lo que nos quedaba de descanso. Ya en la litera, le explique a David Vera que había visto peces saltando por la cubierta y el me tomo por medio loco. Creo que fue su hermano quien me despertó para mi guardia del amanecer poniéndome un pez muerto en la cara y diciéndome: "mira lo que la virgen puso en la cubierta esta noche para que no te tomemos por mentiroso...!"
Salí a cubierta y habíamos pasado el cabo de San Vicente. La tarde anterior estábamos en Galicia:
Habíamos bajado Portugal echando leches!
Vaya tocho me ha salido,, el final de la travesía ya os lo cuento en otra ocasión para no cansar al personal con las batallitas del abuelo
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