Las reflexiones sobre las inevitables inquietudes espirituales de un niño a través de las palabras de un hombre inteligente... Y el sugestivo poso transcultural de su significado.
"Con todo, hubo momentos de mi niñez en que me doblegué a las exigencias de la religión. Por ejemplo, en el último curso de la escuela primaria tenía una profesora a quien quería caerle bien, que me hacía feliz con una sonrisa suya y que me ponía nervioso con solo levantar una ceja (y que ahora recuerdo desagradable y autoritaria) [...] Como aquella presentación provechosa y lógica del islam le pareció apropiada al amor a la fe y al sacrificio que alimentaba en secreto el pequeño positivista de mi interior, un día de Ramadán decidí ayunar yo también.
Lo hacía influido por la maestra, con la intención de agradarla, pero no se lo dije. Al contarle mi decisión a mi madre, vi que se sorprendía un poco, se alegraba otro tanto y se preocupaba ligeramente: aunque no tenía ningún hábito religioso, mi madre era la más "pues creamos por si acaso" de entre nosotros, pero, de todas maneras, sabía que ayunar era una costumbre de los no occidentalizados. El ansia de fe de mi interior se había convertido en un motivo de vergüenza que había que ocultar antes siquiera de que ayunara por primera vez. Y los razonamientos positivistas con respecto a los deberes religiosos que había aprendido de mi maestra fueron vencidos sin llegar a ser expuestos por el discurso suspicaz, escéptico y cínico de mi familia en todo lo que se refería a los signos externos de clase social. Ayuné sin que nadie se diera cuenta, sin presumir, sin esperar un "Enhorabuena". Quizá mi madre debía haberme dicho que un niño de once años ayunara [...] Pude leer en sus ojos que, si por una parte se alegraba de que a su hijo lo poseyera el temor de Dios, por otra le inquietaba el que yo pudiera tener una faceta autodestructiva que me hiciera ansiar el sufrimiento y los dolores espirituales".
Orham Pamuk; "Estambul, Ciudad y Recuerdos".
Salud,
