Gracias, gracias, gracias, musa de esta taberna, porque relatos tan hermosos (y música tan hermosa) escasean, y mucho.
Ya lo creo que tienen alma, acaso más que muchos de nosotros. A menudo, yo, que tengo por una de mis religiones al reciclado, me siento como un Dios cuando a un objeto abandonado y muerto logro darle nueva vida, un alma, una esperanza para él y para mí. Las cosas pueden ser inanimadas o no; cómo saber distinguirlas es fácil, tanto que nuestra propia alma las reconoce sólo con verlas.
Mi pequeño velero (mejor haría en decir que soy yo suyo, la verdad) se llama
Alma de cántaro; y ambos soñamos, más despiertos que dormidos, en viajar algún día a Ítaca. Yo quiero que él me lleve, y me parece que él quiere lo mismo...
