Claro que tienen alma. Son seres vivos... aunque incomprendidos a veces.
He aquí la carta que escribí a mi barco, y que está puesta en un lugar íntimo... entre él y yo:
A MI BARCO
Llevo contigo casi cincuenta años. No siempre has sido igual. Empezaste siendo de roble y clavos de bronce y con un tamaño contenido. Pasaste por otras formas, tamaños y materiales. Has tenido diferentes nombres, pero siempre has sido MI BARCO. Y siempre has estado ahí.
Has llegado a ser parte de mi mismo. Me has enseñado. Me has regañado y me has puesto en peligro en más de una ocasión. Pero siempre has estado ahí.
Me has hecho saber que me necesitabas y que me sigues necesitando. Que si te cuidaba lo más mínimo tu ibas a cuidar de mi. Has aguantado más que yo y me has hecho humilde en el trato con tu/nuestro medio: el mar. Y siempre has estado ahí.
Hemos compartido momentos gratos y difíciles. Me has escuchado reír y llorar. Hemos estado solos y en compañía. Me has tentado para abandonar todo y dedicarme exclusivamente a ti, buscando esa libertad soñada e inexistente que tú, solapadamente, prometes. No te he hecho caso. Pero siempre has estado ahí.
Me has ayudado a pensar y encontrarme con mi otro yo; ese que es tan difícil de conocer. Me has hecho saber que, aunque eres inanimado, estás vivo. Has soportado mis depresiones y mis alegrías y me has consolado en los momentos difíciles. Y siempre has estado ahí.
Gracias por ser MI BARCO, compartir mi vida y saber que SIEMPRE estarás ahí.
Y... si. Soy romántico. Los de mi quinta sabemos de eso.
