Descripción de la travesía.
23/06
Después de un vuelo directo y sin problemas, entre Madrid y Dubrovnic, llegábamos a eso de las 13:30. El aeropuerto es pequeño y los trámites de entrada rápidos.
Nos esperaba un transporte para llevarnos al barco. Llegamos rápidamente y fuimos recibidos muy amablemente por la guía que nos iba a acompañar durante los demás días. Su nombre es Lada (como los coches) y habla perfectamente español, inglés, francés, italiano y, por supuesto, croata. Fue una magnífica guía, siempre pendiente de todos y de todo.

Tomamos posesión de nuestro camarote y, orientados por Lada, obtuvimos unos tiquets para el autobús, que paraba frente al barco, para ir a la ciudad vieja.
Dubrovnic verdaderamente merece el nombre de “Perla del Adriático”. Ciudad amurallada que, pese a haber sido destruida por un terremoto, allá por el siglo XVI, y haber sufrido la guerra de la reestructuración de la antigua Yugoslavia, está perfectamente mantenida. Es francamente bonita.
Después de un paseo por el interior, comimos en un restaurante de la plaza principal. Posteriormente recorrimos las murallas por encima para disfrutar de las magníficas vistas de la ciudad (precio 100 Kn). Hacía un calor del c*rajo y sudé como un pollo (mi barrigota no perdona

) con lo que tuve que tomarme una buena cerveza antes de coger el autobús de vuelta.
A las 19:00 horas estábamos en el barco. Nos habían dicho que era la presentación del resto de los pasajeros. Mientras tomábamos una copa, invitación de la casa, nos reunimos con doce ingleses, catorce franceses y dos argentinos, sumando un total de treinta pasajeros, incluidos nosotros.
Afortunadamente hablo bastante bien francés y regularmente inglés, con lo que no tuvimos problemas de comunicación en todo el viaje. Por otra parte todos los pasajeros eran no problemáticos y la convivencia se desarrolló perfectamente.
Después de cenar en el barco nos desperdigamos por las diferentes cubiertas para tomar contacto unos con otros. Ratos de charleta, de esos tan agradables en toda travesía que se precie.
Abarloados a un par de barcos de distancia, había un par de goletas (cuyo aspecto no tenía nada que ver con la nuestra) cuyos pasajeros eran más jóvenes (la edad media de los pasajeros de nuestra goleta debería ser de unos… muchos años) y estaban montando un follón de todos los diablos; música con volumen elevado, risas, carcajadas y demás.

Afortunadamente el aislamiento de los camarotes es francamente bueno y nos dormimos sin más problemas.
Mañana más.