26/06
Como siempre, a las 08:00, el motor toca diana. Navegamos durante una hora hacia Milna, pequeño pueblo que, en su día, se dedicaba a la industria de la sardina y hoy se dedica principalmente al turismo.
El pueblo en si no tiene nada de particular. Dimos un paseo por el puerto y pude ver un pesquero, llamado Sardina II, que descargaba una gran cantidad de caballas. Un par de horas después seguíamos la navegación.
Por el camino hubo un fondeo, que aprovechamos para bañarnos en esas aguas tan apetecibles.

Hay sol y el baño parece obligado. El destino de hoy es Split, la segunda ciudad más poblada de Croacia. Tiene un gran puerto, donde recalan bastantes transatlánticos, pero no es demasiado cómodo para los barcos de recreo.
La visita obligada es el palacio de Diocleciano, declarado monumento de la humanidad, que se conserva en parte tal y como fue edificado. Después de la visita guiada, mi almiranta me fue a buscar al barco (como siempre yo aproveché, mientras tanto, para visitar el puerto

) y dimos una vuelta rápida por la ciudad. No está mal, pero en Europa hay cosas bastante más espectaculares. Cenamos con dos parejas de franceses, con los que hacíamos bastante “filling”, y, después de un rato de charleta, nos fuimos al pulguero.
A eso de las 01:30 noté que alguien intentaba entrar en el camarote. Nosotros tenemos la costumbre de poner la llave por dentro y cerrar la puerta. Supuse que alguien se había equivocado. Poco después oí unas voces indignadas y una carrera, como si alguien subiera a toda leche.
A la mañana siguiente, nos contaron unos franceses, vecinos de nuestro camarote, que alguien se había colado en el suyo, con gran susto por parte de su esposa. El “colante” tiró una colilla al suelo y, al ver que se levantaban los ocupantes con bastante energía, salió de naja escaleras arriba. Lo comentamos al “capi” y a la guía a la mañana siguiente y, al parecer, era la primera vez que se producía un hecho semejante. “Choses de la vie”.
En la próxima intervención colgaré algunas “afotos”.
