"Los calafellenses - Ramón lo recuerda y yo he llegado a verlo aún - remojaban el cabo de la red antes de amarrarlo al gallo si se trataba de redes fijas, o la pernada si se trataba de artes de arrastre y, quitándose el gorro mirando al astro emergente, decían: "Por nuestro señor el Sol, amén". He oído contar que, en otros lugares de la costa, la fórmula era más compleja, de manera que la identidad entre el astro y Dios resultaba menos clara. Por ejemplo, intercalaban unas palabras entre la invocación a Dios y la salutación a Apolo. Vete a saber. Lo que puedo asegurar es que, en la costa del Penedés, la invocación era descaradamente fébica, que Dios y el sol eran una misma cosa: el astro al que el marinero pedía respetuosamente protección. Es evidente que se trataba de un gesto matutino y que quien lo hacía no se percataba de su significación. También fue costumbre bastante extendida invocar a la Trinidad al dar la orden de zarpar, de cobrar el ancla. Pero eso puede que sea tradición de la Armada española, donde parece que esa invocación es aún preceptiva en los buques escuela, por lo menos al inicio de una larga travesía. Sin embargo, a mi juicio, la Trinidad, incluso en la marina de guerra, tiene una lectura pagana. Lo mismo que ciertas imprecaciones blasfemas, como
horca de Dios, pueden tener una interpretación no religiosa, porque ¿no sería esa
horca la fisga o el tridente de Neptuno?... ¿Qué tiene que ver el Dios cristiano con un instrumento tan pintoresco, o la mar con algo tan raro como una herramienta de labradores?... La asignación de atributos masculinos a la Virgen en ciertas blasfemias nefandas quizás reproduce también fórmulas precristianas, o i incluso preclásicas, relativas a las divinidades hermafroditas. Evidentemente, las blasfemias marineras son mucho menos realistas que las que se gastan los carreteros y las gentes del campo, habituadas al trato con las bestias. Las irreverencias marineras tienen a menudo connotaciones míticas, como si la relación con los dioses estuviese teñida, desde tiempos remotísimos, de cólera y rencor. Por otra parte, las injurias y blasfemias de la gente de mar contienen menos alusiones a la etnia, el linaje, la familia y, en concreto, a la madre, como si las imprecaciones del marinero fueran principalmente las de un ser solitario en diálogo constante con los dioses, únicos responsables de sus fatigas y desgracias..."
Carlos Barral, "Con el Favor del Viento"
Salud,
