
LA SIGUIENTE ETAPA:
L'AMETLLA-TARRAGONA 14 06 2014.
Este recorrido fue uno de los mas duros de nuestra navegación: Uno de los primeros encuentros con los
límites de nuestra experiencia.
Seguimos realizando nuestra tarea de preparación. En principio no parecía haber grandes dificultades, se anunciaba viento
de unos 16 nudos.
Los marineros del lugar hablaban del Mestral, que entonces conocíamos poco, y que incluso confundíamos con el Mistral
que parece mas propio de tierra arriba.
Lo que quería saber es si se podía salir, y me dijeron que habría Mestral pero no pensaban que sería muy problemático
si se arrimaba uno a la costa, ya que al ser viento de tierra iríamos protegidos por la cadena montañosa.
Así, que, aunque soplaba viento ya en puerto, no parecía demasiado. No obstante la prudencia de la edad, -bendita prudencia-
nos decidió a probar y poner los dos rizos de la mayor y dejar puesto el foque en su estay volante.
Habíamos trazado un rumbo, que al principio se encontraba próximo a la costa, pero que nos iba alejando progresivamente para
salvar el cabo de SALOU, del que habíamos leído en esta Taberna la tendencia de montar tanganas. (cosa que se cumplió al
pié de la letra a la ida y a la vuelta)
Salimos con viento que nos empujaba desde tierra, tranquilos a pesar de que aquello se iba animando... El Vparaiso se portaba bien
como de costumbre; no había mucha ola, y al ir con dos rizos en la mayor y el foque, notábamos que el viento empujaba pero no pasábamos
de 4 nudos. Era evidente que podíamos haber ido con un rizo menos; hasta que, cuando estábamos a distancia de la costa, a pocas millas del cabo de Salou
aquello empezó a soplar a gusto. Llegamos a tener puntas de aparente de 28 nudos, y se fue formando mar de ola corta y molesta.
Con todo el recorrido sin piloto automático y muchas horas a la espalda, fue una experiencia dura. Más por lo que imaginaba que por
lo que realmente ocurría.
La responsabilidad que se siente en esas horas por tu tripulación y por todos los que están en tierra que
de alguna manera dependen de ti, te hace ver mas viento del que hay y las olas mucho mas duras de lo que son. Vigilas el
rumbo, la caña y las velas como si no hubiera nada más en el mundo.
Abajo se oía cacharreo de cosas mal estibadas...
Mi segunda de abordo (ya había subido en la escala desde grumeta mayor), me leía del derrotero características de la costa, supongo que
para introducir en el entorno elementos de tranquilidad para ambos.
Lo cierto es que la quilla semicorrida y los 6000 kg de peso del VP en relación con sus 8.96 metros de eslora, lo hacía todo más fácil.
Nada más cruzar el cabo, bajó el viento al entorno de los 16 nudos y menos, pero a cambio el cielo se oscureció (o ya lo estaba).
Las olas se incrementaron en frecuencia y dureza. Al arrumbar al puerto deportivo de Tarragona que se encuentra al norte de todo el larguísimo dique de levante, llegaban de todos los lados. Nuestros cuerpos estaban sometidos a tensares y destensares en cientos de direcciones distintas; aquella noche las colchonetas del camarote nos iban a parecer un lujo de un verdadero paraíso.
Como aún no estaba familiarizado con la búsqueda del faro verde para entrar al puerto, quería ver la bocana directamente, pero aunque tenía en el GPS
la entrada, cuando estás tan cerca y no la ves, el cansancio, la comunicación con el puerto, que salvo para decir que entras no sirve de nada, nos dio un plus añadido de tensión.
Al fin después de intentar orientarnos con la ayuda infructuosa de la comunicación con el puerto, se metieron en la conversación otros barcos del lugar que nos indicaron el camino y finalmente salió una lancha de la cruz roja que nos hacia señas.
Al fin vimos la entrada y ahora comenzaba lo peor (tener en cuenta el contexto: cansancio, inexperiencia, edad, peso...)
bajar el foque del estay volante, en proa pelá, sin asidero (entonces no sabia que arrastrándose se llega mejor y si llevas puesto el arnés con más seguridad... (Lo cierto que ni una cosa ni otra,lección aprendida).
El barco que se meneaba como nunca lo había sentido; mi seño al timón, ahora tomando si cabe, mayor conciencia de la responsabilidad de que la maniobra acabara bien.
Cuando llegué a proa me agarré al estay volante y a la Génova enrrolada en un abrazo con profunda intensidad. Los pies se me levantaron y quedé
colgando del abrazo y de los golpes en las espinillas -no sé con qué; lo que fuera, fue duro y repetido.-
Al final ayudado por la piloto, desde la bañera, al mando del timón y los stopers, conseguí bajar el foque y alcanzar los cabos que tenía en previsión en el entorno del primer candelero (error a corregir: los cabos deben ir en el balcón, que más atrás, tienden a resbalar y luego no llegas cuando los necesitas y cualquier pasito que das en la proa en esas condiciones es un incremento innecesario del riesgo.
La entrada en puerto después de bajar la Mayor sin dificultades graves, finalmente se produjo sin otros problemas, con el apoyo de lancha de la cruz roja que nos indicó el camino. (¡Gracias¡ Arriesgaron lo suyo al asomarse fuera de la bocana con la neumática. incluso nos invitaron a tomar unas cervezas en el puerto, pero no pudimos movernos del barco)
En Tarragona estuvimos dos días, reponiendo fuerzas, viendo piedras y mucho ambiente
