Con gran sorpresa por su parte, le recibieron con simpatía. Tanta, que decidió regalar al pueblo el sable de su familia -el que llevó en sus vuelos-, que se exhibe en el Ayuntamiento de la localidad. Fujita regresó varias veces al pueblo, del que fue nombrado ciudadano honorario, e incluso volvió a volar sobre los parajes de su ataque y plantó un árbol -un retoño de secuoya- en el lugar exacto donde cayó una de sus bombas. En 1997, cuando Fujita murió de cáncer de pulmón, su hija Yoriko enterró parte de sus cenizas entre los bosques que el Samurái aviador quiso un día incendiar.
que giros nos da la vida.