"Era una noche agradable, agradable y azul; el viento había barrido las nubes y se veían las estrellas por encima de los techos. Mateo se acodó y bostezó largamente. En la calle, debajo de él, un hombre caminaba con paso tranquilo; se detuvo en la esquina de la calle Huyghens y de la calle Froidevaux, levantó la cabeza y miró el cielo: era Daniel. Un aire de música venía por ráfagas de la avenida del Maine, la luz blanca de un faro se deslizó en el cielo, se retardó sobre una chimenea y se descolgó detrás de los techos. Era un cielo de fiesta rural, salpicado de escarapelas, que olía a vacaciones y a bailes campestres. Mateo vio desaparecer a Daniel y pensó: "Me quedo solo". Solo pero no más libre que antes. Él se había dicho la víspera: "Si al menos Marcela no existiera". Pero era una mentira. "Nadie me ha trabado mi libertad; es mi vida la que se la ha sorbido."
Cerró la ventana y volvió a la habitación. El olor de Ivich flotaba aún en ella. Mateo respiró ese olor y revivió aquella jornada de tumulto. Pensó: "mucho ruido para nada." Para nada; esa vida le había sido otorgada para nada, él no era nada y sin embargo no cambiaría ya; estaba formado. Se quitó los zapatos y permaneció inmóvil, sentado en el brazo del sillón, con un zapato en la mano; tenía aún, en el fondo de la garganta, el calor rojizo y azucarado del ron. Bostezó; había terminado su jornada, había terminado con su juventud. Ya unas morales acreditadas le proponían discretamente sus servicios; estaban el epicureísmo desengañado, la indulgencia sonriente, la resignación, el espíritu de seriedad, el estoicismo, todo cuanto permite saborear como conocedor y minuto por minuto, una vida frustrada. Se quitó la chaqueta, se puso a desatarse la corbata. Se repetía, bostezando: "Es cierto, es cierto después de todo: tengo la edad de la razón".
Jean Paul Sartre. "Los Caminos de la Libertad: I. La Edad de la Razón"
Salud,
