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Predeterminado Re: Tabarca, una isla en invierno

Nueva Tabarca una isla en invierno
Autores: Martine y Jean François Garry
Traducción: Pilar Ferrández Bañón

En 1971, tres jóvenes franceses se embarcaron en un pequeño balandro para ir a pasar un invierno en Tabarca, una isla al sur de Alicante. Querían rodar un documental sobre una comunidad de pescadores que vivían apartados del mundo moderno. Llegaron justo a tiempo, porque las primeras señales de cambio, empezaban a aparecer.

Delante de la garita que se encuentra en el muelle del puerto de Santa Pola, un gran catamarán de motor, sin alma, de color violáceo, está amarrado. Promete una« super visión submarina »... . Tabarca : estamos de vuelta. El tiempo cambia las cosas y los paisajes. Ni la isla que hemos conocido, ni nosotros, somos los mismos. Las imágenes que descubriremos nos servirán de puente hacia aquellas que vimos, y que nuestra memoria conserva a pesar del paso de los años.
Pedimos dos billetes para esta isla situada a unas diez millas al sur de Alicante, enfrente de Santa Pola.
¿Hay un barco que solo haga la travesía?
Si no queréis ver los peces, no tenéis más que quedaros en cubierta . No hay obligación de verlos.
Un poco sofocados, embarcamos. La isla posee el título de primera reserva marina española desde 1986, sus aguas transparentes están protegidas. Desde cubierta, vamos descubriendo poco a poco la silueta alargada de la isla, aun cubierta por una ligera neblina. Parece un caimán.
Al acercarnos, el barco aminora y como por arte de magia, muchísimos peces amansados por tantas travesías alimenticias, saltan alrededor del barco y devoran, salvajemente, las cortezas de pan que amerizan y desaparecen enseguida de la superficie. Fin de la comida.
Prosigue la travesía hacia Tabarca y llegamos a puerto. En el muelle no hay ningún barco de pesca, ¿ya no hay pescadores? Las canoas, barcos para turistas, ocupan el puerto junto con la lancha de la Guardia Civil.

Desembarcamos, aprensivos, de incógnito, arrastrados por la manada que se da prisa en ir a descubrir el lugar. En mitad del muelle nos paramos para contemplar el mar y prepararnos mentalmente a la vuelta a esta isla. Con tranquilidad, volviendo a descubrir este horizonte, con el corazón latiendo muy fuerte, inquietos por éste volvernos a encontrar.
A la izquierda, nada ha cambiado. El campo se estira, intacto, pelado, desierto hasta la punta Este, hacia el cementerio. A la derecha, las piedras de la muralla, rodean el pueblo y la puerta monumental se traga a los visitantes. En medio, la playa cierra el ansa. La visión es dolorosa, ¿qué le han hecho a Tabarca?, el espacio está ocupado por bares-restaurantes, y, ¿qué hacen allí todos esos patines varados en la arena?. En lo alto de la playa, el antiguo almacén de la almadraba, donde se guardaban el material y las anclas, ha sido totalmente renovado. Un museo ha sido creado. Al entrar, hacemos participe al guía de nuestros secretos. Le murmuramos, como hablándonos a nosotros mismos, que habíamos estado en esta isla, entonces abandonada, todo el invierno 1971 y que ahora, estábamos muy emocionados.
-¿Estuvisteis un invierno en Tabarca, hace 40 años? !Debisteis de pasarlo muy bien!

No habíamos venido a divertirnos, sino a observar, ingenuamente, con el entusiasmo de la juventud, un grupo humano, aislado en una isla. Acabamos de salir en Mayo del 68, con la esperanza de una vida mejor y más fraternal. Las tentativas de convivencia comunitaria surgían, en Francia, por todas partes y queríamos experimentarlo en nuestra carne, viviendo cinco personas en un velerito y acercándonos a una comunidad humana que fuera auténtica de verdad. La de Nueva Tabarca, nos interesaba por partida doble: por su identidad insular y por su historia fuera de lo común.
En solo unos pocos meses, reunimos la tripulación, encontramos el barco de nuestros sueños: un hermoso balandro de madera de 8 metros y medio de eslora y con 60 años de historia. Estaba un poco destartalado, pero tenía muy buen precio. Igual en Pornic ( puerto de Bretaña), algunos aún se acuerdan de aquellos jóvenes que querían restaurar aquel velero. El resultado, tras algunos viajes para mejorar el acastillage, dejaba que desear.
Nos hicimos a la mar. Pero a pesar de todas las reparaciones, el « Paloma » seguía haciendo agua, las costuras escupían la estopa y no todo, cerraba perfectamente. Never Mind.
Nuestra comunidad no sobrevivió a la estrechez de nuestra cabina.
Éramos cinco amigos a bordo cuando salimos de Pornic, dos chicas y tres chicos. Las bodegas estaban llenas tras un generoso avituallamiento. Había lo suficiente para no pasar hambre: sopas de sobre, verdura deshidratada, leche en polvo y en bote, galletas B.N.(tipo Príncipe), que un generoso donante nantés nos había regalado.
Tras varios meses navegando, solo quedaban a bordo algunas galletas y tres tripulantes, de los cuales, las dos chicas. Nuestra experiencia de vida en comunidad, no sobrevivió a la falta de espacio, a los cambios de tiempo bruscos del Mediterráneo y al agua que entraba por el suelo. Habíamos fracasado, hay que reconocerlo.
Aunque desanimados al principio, pronto le dimos un sentido a nuestro viaje. En nuestras maletas había dos cámaras de 16mm., rollos de película, carretes de foto, un magnetófono, y nuestra juventud, a penas 70 años entre los tres, más que suficiente para lanzarse en la aventura.
Una mañana de invierno del año 1971, el « Paloma » entró en el puertecito de Tabarca y vino a amarrarse entre dos barcos de pesca, con un ancla a proa y un cabo a popa, amarrado al muelle. Nuestra llegada no pareció provocar ninguna sorpresa aparente. Desde el principio, el paisaje nos comió, nos volvimos invisibles, anónimos, incluso, tal vez, ignorados. Un hombre muy curioso, en el muelle, nos sonríe de golpe, y se dirige a nosotros en valenciano. Parece recitar letanías incomprensibles. Se llama Pepe.
Durante cierto tiempo, lo único que hacemos es descubrir la isla y sus habitantes. Lo miramos todo, como si fuéramos pintores, analizando el conjunto y buscando los detalles.. Vamos y venimos por este lugar, tan pequeño, 1800 metros de largo por 300 de ancho. Nuestra presencia aquí, fuera de temporada no parece intrigar, ni molestar a nadie... . Es necesario esperar un cierto tiempo, para saber lo que se oculta en este silencio. A medida que pasa el tiempo, la reserva distante cede el paso a las preguntas. Las primeras fueron las mujeres: ¿éramos turistas?, como esos extranjeros que vienen en verano. Con el pretexto de ayudarnos a amarrar mejor el barco en este puerto, que estaba tan mal protegido contra los vientos de invierno, los hombres empezaron a hablar: ¿de dónde venimos?, ¿qué hacemos?.

Por qué habíamos elegido Tabarca más que otra isla? Tal vez a causa de la historia singular de sus habitantes. Esta isla, expuesta a los vientos, que emerge a 3 millas de Santa Pola, se llamaba en otros tiempos: Isla Plana.
En el siglo XVIII, los piratas berberiscos la habían convertido en una base avanzada de sus incursiones en la costa española. Es para luchar contra esa plaga que la isla será fortificada y poblada en 1770, con familias de origen genovés. No venían de Italia, venían de la otra Tabarka, una isla cerca de las costas tunecinas, antigua posesión española, que se volvió genovesa hasta que el Bey de Túnez, Ali Pacha se hizo con ella en 1741, y esclavizó a su población cristiana. Quince años después, tras la toma de Túnez por los argelinos, los tabarquinos genoveses, que vivían esencialmente de la pesca del coral, son deportados a Argel. Al fin, en 1768, el muy católico Carlos III de España, compra su libertad, y al año siguiente los transfiere a la Isla Plana, rebautizada: Nueva Tabarca.
Es así como 385 personas, hombres, mujeres y niños, perteneciendo a setenta y cinco familias, se instalan en el pueblo que se había construido especialmente para ellos y protegido por una poderosa muralla. Las casas bordean las calles rectas, junto con una iglesia majestuosa y una plaza de armas que preside la Casa del Gobernador. El conjunto fue concebido por el conde de Aranda en el espíritu del Siglo de las Luces, con la doble inquietud de la defensa militar de las costas y del bien estar de sus habitantes.
Cada familia recibe el usufructo de una casa y de un pedazo de tierra, así como el mobiliario indispensable y las herramientas, y un peculio. La población activa se compone de agricultores, pescadores y artesanos, un equilibrio que debía permitir una autonomía suficiente. Los tabarquinos obtienen, además, el privilegio de ser dispensados del servicio militar, y, también, del pago de impuestos.
Desde el principio aparecen numerosas dificultades: las casas con el tejado en terraza, son demasiado altas y las tormentas las estropean; las tierras áridas, no se pueden cultivar; y aun peor, el agua de lluvia recogida en las cuatro cisternas, no abastece las necesidades de los habitantes. La miseria se instala, lo cual da lugar a rudas oposiciones entre los tabarquinos y el gobernador que representa a las autoridades. El poblar la isla solo se justifica por el deseo de apartar a los piratas. Así es que, cuando a principios del siglo XIX, desaparece esta amenaza, el gobernador y sus soldados se van de Tabarca, dejando a los habitantes a su triste suerte.
Los tabarquinos sobreviven a pesar de todo. La comunidad se mantiene hasta el año 1910. A partir de esta fecha, los supuestos aportes de la civilización, incitan los tabarquinos, a emigrar a la costa. En los años 60, quedan en Tabarca 274 habitantes. Muchos son viejos aferrados a una tierra, a la que los unen, demasiados recuerdos. Los jóvenes que también están enraizados aquí, acabaran yéndose hacia el mundo moderno.

El 18 de enero de 1971, a las cinco de la mañana, el maestral, viento seco y violento del noreste, sopla en borrascas y maltrata el « Paloma ». La escollera del puerto, que protege de los vientos del Este, no sirve para nada. El barco tira mucho de sus anclas, que acaban garreando. Poco a poco, el muelle se acerca. No se puede maniobrar, demasiada mar, demasiado viento. No es posible desembarcar. Tememos que los cabos cedan y derivemos contra el muelle.
Las olas rompen contra el muelle y rebotan contra el casco. Durante la noche, el viento ha aumentado tanto, que la resaca parece vaciar el puerto.
Llega el alba y con ella la esperanza. Un hombre aparece en lo alto de la muralla. Esta escrutando el puerto, buscando su barca con la mirada y comprende enseguida lo que nos pasa. Poco después, aparecen cuatro hombres llevando un ancla muy grande, que viene sin duda de la antigua almadraba; Remando, van más allá del « Paloma », y la fondean. Un calabrote aterriza a bordo del balandro, y nuestros salvadores corren a refugiarse a sotavento del muelle. Nosotros, cobramos el cabo y lo amarramos, el muelle y el peligro se alejan, los hombres han desaparecido.
Cuando vuelven más tarde, el viento ha amainado. Traen una maroma que tensan entre nuestra roda y la punta del muelle, cerrando el camino a los barcos que quieren llegar al muelle. A lo largo de nuestra estancia invernal, en cada entrada o salida al puerto, por la mañana y por la noche, había que amollar este cabo y luego tensarlo para dejarlos pasar. Una maniobra, sin palabras, y que los pescadores hacían, solos, muy a menudo. Una dificultad que prefieren ignorar a pesar de nuestras protestas (no queríamos estorbar, y ayudarles en la maniobra). Solidaridad obligada, lo esencial es asegurar los barcos. El hecho que seamos extranjeros no tiene importancia, es como si el hecho de estar en Tabarca, bastara para tener nuestro sitio.
Esta aventura nocturna nos vale el ser considerados de igual a igual, como marineros, compartiendo el mismo mundo, y los mismos tormentos.
Isabel, la mujer de Tomás, uno de los pescadores, ha bajado al puerto, y nos propone venir a dormir a tierra, cuando el viento sea malo. Nuestro barco ya no teme nada. Pero esa misma noche nos instalamos en su casa . Isabel, es una mujer menuda, trota como un ratoncito, siempre sorprendida y admirando cada palabra de su marido. Él, Tomás, llamado el « llarg », encuentra inmediatamente, en mi altura y mi delgadez, un punto común entre nosotros.. Tomás e Isabel, con 60 años cada uno, viven en su casa con Rafael, su hijo, y su mujer Petrola. Nos proponen una habitación sencilla que no cabecea ni balancea.
La casa - de la qué están muy orgullosos - la han construido con sus propias manos, en familia.. Rafael y Petrola, recién casados, viven arriba. Nos honran enseñándonos armarios y cajones. Isabel, muy entusiasta, precede al grupo y lo abre todo a su paso. Nos ofrece una habitación sencilla, blanqueada con cal, que no balancea ni cabecea. Un oasis de paz, un refugio. Dormiremos aquí, todas las veces que el « Paloma », se mueva demasiado en el puerto.

Editado por Juan BABS en 19-08-2014 a las 16:46.
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