La singladura mediterránea del viaje.
Roquetas de Mar. Jueves 6 de Diciembre. 05:30am
En invierno el frío y la corta duración de la luz diurna, hacen de este tipo de travesías, ejercicios de escaso atractivo. Planificar desde Sevilla el zarpar desde un puerto lejano a una hora intempestiva, te impide acordarte de detalles importantes como, por decir algo, repostar.
A las 5am llego a pensar que sufro un cierto desdoblamiento de la personalidad. Como si Mr Hyde, pérfido, durante la noche, urdiese la lacerante sintonía del despertador para una hora harto desconsiderada. Aun así, Jekyll se tiene que poner en marcha sin remisión.
Cuerpo recién levantado y madrugada de invierno son un mal binomio. Hasta que ambos, negociando, se adaptan, pasa un buen rato de tiritera.
El barco se hace finalmente barco y navega, perdido el cordón umbilical con tierra. Dueño ya de su rumbo y flotabilidad. Un pequeño continente de dos habitantes cobra vida en la Bahía de Almería.
Dejamos atrás la bocana del puerto para adentrarnos en la noche oscura, con un cielo despejado, poblado de estrellas hasta el mínimo de sus rincones. Una visión que nunca acaba de abrumarte. Sobre los acantilados del Cabo de Gata, una tímida luna naranja en cuarto menguante se elevaba por primera vez. Exígua jornada de trabajo para nuestro satélite el día de hoy. Su compañía cercana, el brillante Venus.
En un mar inerte, apenas perturbado por una suave mar de fondo, el casco del Alendra Dos se dejaba lamer suavemente por las ondas. Una madrugada sin viento. Al Sur el faro de Punta Sabinal nos recuerda que hay que dar resguardo a la costa. Nos abrimos buscando la seguridad de las negras y profundas aguas. Los faros nunca mienten, casi la única referencia siempre verdadera para el marino. Avanzamos con atención a las luces, estudiando la secuencia, el ritmo, los destellos. En medio de la noche almeriense la secuencia de luces, una peculiar sinfonía de colores y tempos, es nuestro manual de navegación. Mi vista se pierde entre la miríada de bombillas que lucen desde el litoral almeriense.
Al doblar la punta, navegamos unas pocas millas al SW antes de distinguir con claridad la boya cardinal Sur que indica la entrada a la ensenada donde se encuentra el puerto de Almerimar. Ya comienza el disco solar a emerger sobre la faja de nubes que, a nuestra popa, mancha el horizonte. En tierra, el macizo de Sierra Nevada, cubierto de un blanco impoluto, refleja los tonos naranja del astro rey. Un cuadro que mezcla colores fríos y cálidos sobre una imponente naturaleza. Son las 8:30am cuando cruzamos la bocana de Almerimar. A babor, desde el pantalán de combustible, un marinero nos hace señales para atracar en la banda contraria a la entrada.
Tras desayunar y repostar, el marinero nos indica que pasemos a "ver al oficinista" para darle algunos
datillos.
El uso del diminutivo es uno de los rasgos característicos del habla almeriense. "ico" es compartido con los granadinos, que lo emplean con mayor profusión. "ico" resta importancia. Es un sufijo casi de minusvaloración. El almeriense prefiere "illo". Es un sufijo humilde, como si pretendiese quitar hierro a las cosas. Las atempera, las hace más llevaderas. Es el carácter de las gentes de Almería, calmados, nunca excesivamente afectados.
Sin ir más lejos, pienso que no le daría a nadie mis datos sólo por el hecho de repostar en una gasolinera. Pero ¿quién podría negarse a dar unos
datillos?. Como dijo el "oficinista":
poquillos pero necesarios.
A las 10:15 zarpamos de nuevo en rumbo directo al estrecho de Gibraltar, nos esperan 128 millas náuticas al 255º. La línea de costa paulatinamente separándose de nuestra derrota a medida que avanzamos, para encontrarse con nosotros allá a lo lejos, en Punta Europa, a la entrada del Estrecho.

La imponente cordillera montañosa, desde tierra, preside casi todo el día nuestra travesía hasta desaparecer de nuestra vista por la aleta, con la oscuridad del crepúsculo.
Durante el día, encalmados, nos distrajo la visita de decenas de delfines e incluso una manada de negros y enormes calderones.
Algunos indiferentes. Otros, curiosos, se acercaban a juguetear por poco tiempo. Por la banda de estribor desfilaban lentamente las localidades costeras. Adra, Castell de Ferro, Motril, Almuñécar… a las seis de la tarde, al través de Torrox, el sol se ocultó tras el horizonte a toda prisa. Como incitando a la noche a caer a plomo sobre nosotros. Y la noche no se hizo rogar.
Desde la oscura lejanía de la costa, las ciudades se iluminaron y los faros comenzaron su reiterada letanía de destellos y ocultaciones. Como cada noche durante años. Diciéndonos sin lugar a dudas quienes eran, y cual era nuestra posición.
A las 21:30pm la ciudad de Málaga al través. Una brisa comienza a levantarse. Pienso que, una vez más, desde la lejanía, el Estrecho me avisa. Es algo personal, lo sé. Suspiro con resignación y me concentro en el rumbo. Obstinado. Una leve mar de fondo por la proa me indica que no estoy equivocado al pensar que la puerta del Mediterráneo nos recibirá como es habitual.
CONTINUA