Hoy toca una preciosa historia mas propia de Hollywood.
Los 15 de Winchester, o como 15 prisioneros urdieron un plan para escapar de las "garras" Inglesas
Resumen de la pagina de historia militar "Bellumartis"
El 26 de Agosto de 1780 se escaparon de la cárcel de Winchester, ciudad al sur de Inglaterra, 15 prisioneros de guerra españoles, uno detrás del otro. Llegaron sin ser descubiertos hasta las orillas del rio Southampton donde robaron una lancha y se dirigieron ni cortos ni perezosos a la ciudad de Porsmouth, la ciudad con mayor número de naves de la Royal Navy. Ya hubiera sido toda una hazaña si les hubieran pillado allí pero no fue así.
Aquellos 15 españoles robaron un buque ingles que estaba controlado por un solo hombre, por lo que se apoderaron de el rápidamente y sin problemas, ademas encerraron en el al Capitán, dos hombres y a un chico.
El buque era un bergantín de 80 toneladas llamado John Thomas. Se echaron a la mar pasando entre alrededor de 17 navíos de linea sin problemas y adentrándose en el vigilado Canal de la Mancha. El 3 de Septiembre de ese mismo año llegaron sin problemas al puerto francés aliado de Brest. Al llegar allí les recibieron como lo que eran, auténticos heroes.
Relato extraido de la pagina "nosesimeexplico"
El 26 de agosto de 1780 dos presos se pelearon en el patio de la cárcel de la ciudad de Winchester. El intercambio de golpes degeneró en una batalla campal entre prisioneros partidarios de uno y otro. El portón del recinto estaba abierto para permitir la descarga semanal de víveres llegados en carros tirados por bueyes, tarea que estaba encomendada a un grupo de quince marineros españoles capturados en un navío de guerra cuyo nombre no ha sido precisado. Mientras, los boyeros se iban a tomar un trago a una taberna de las inmediaciones. Durante unos segundos los españoles observaron, sorprendidos y divertidos la escena: una turba de ingleses sacudiéndose y rodando por el suelo entre insultos, ayes y amenazas constituye, qué duda cabe, un espectáculo particularmente grato al ojo ibérico. Hallábanse disfrutando del momento cuando fueron poco menos que arrollados por los soldados del cuerpo de guardia, que salieron en tromba, caladas las bayonetas y listas las mechas, tras su sargento que les ordenaba formar en línea. Y allí quedaron los descargadores españoles, quietos como estatuas capaces de intercambiar miradas; a un lado, la calle de una ciudad extranjera y desconocida, al otro una docena de soldados apuntando a los contendientes y abriendo fuego sin miramientos al recibir la orden de su suboficial.
Como un trueno retumbó la descarga en las arcadas del portalón. Alaridos de dolor, rabia y espanto provenientes del patio acompañaron al olor de la pólvora recién quemada. El sargento ordenó avanzar cinco pasos y dio orden de recargar las armas..., una imprudencia, pues más sensato hubiera sido recargar antes y avanzar después, por si alguien tenía hígados de plantar cara..., que no salió ningún voluntario, todo sea dicho. Listas las armas, ordenó apuntar nuevamente..., lo cual aterró aún más a los prisioneros..., ingleses..., porque los quince españoles ya no estaban allí para apreciar las maniobras de los soldados de la guardia..., antes al contrario, corrían como gamos, en manada, por las calles desiertas, dado que buena parte de la población se hallaba en el mercado, al ser sábado, y afortunadamente para ellos, quedaba un tanto apartado del presidio. Tampoco fueron vistos desde las atalayas de la cárcel, ya que los centinelas en ese momento sólo tenían ojos para el tiroteo del interior.
Una calle..., un callejón..., una plazoleta..., a la derecha..., no, aquí no hay salida..., mejor por allí..., yo esto lo vi cuando nos trajeron..., o tal vez no..., pues de frente, por la calle de en medio..., y por esa calle de en medio llegaron al lado del río. Un río que, ellos no lo sabían, es el Itchen. Lo que sí sabían es que no se veía a nadie por ningún lado y que una solitaria lancha con vela y remos les estaba aguardando. Tuvieron el buen criterio de navegar aguas abajo, tal vez llegaran a otro río, tal vez incluso al mar. Como dice el refrán, una vez en el burro limpio palo, así que largaron la vela y se pusieron a remar con tanta dedicación como se habían sacudido los presos y con tan ciega determinación como había reaccionado el sargento de guardia. Y por aquello de que la diosa Fortuna ayuda a los audaces, abandonaron Winchester sin que nadie se diera cuenta de ello. Bueno, se dieron cuenta en la cárcel al cabo de un rato, cuando la cosa se normalizó un poco y a alguien le dio por preguntarse dónde estaban los tíos que tenían que acarrear los víveres, pero como nadie supo hacia dónde habían ido y tampoco hubo quien los viera por las calles, las patrullas que salieron en su búsqueda no supieron muy bien por dónde buscar. Y pasaron varias horas antes de que se conociera la denuncia por la desaparición de una lancha en el río.
Para cuando se pudo salir en su búsqueda, los prófugos ya habían alcanzado la localidad de Eastleigh, donde nadie reparó en ellos, y continuaron adelante, bogando en silencio con la coordinación que les daba su experiencia naval. Ignoraban que tres lanchas se habían lanzado a su persecución, pero no les costaba mucho imaginárselo. Tampoco sabían que un destacamento de jinetes galopaba tratando de darles alcance por tierra, pero los quince daban por sentado que así sería. De hecho, les causaba cierta extrañeza no ver aparecer a sus perseguidores a cada palada de los remos, pero las horas de ventaja y la confusión inicial jugaban a su favor. Además, los ingleses tampoco se estaban matando por alcanzarlos. Al fin y al cabo, ¿cómo iba a pasar desapercibido un pelotón de papistas de tez morena hablando en la jerga de esos jodidos españoles?
En la granja de Townhill, que hoy es un barrio residencial de Southamton, nadie interrumpió sus bucólicas labores agrarias ni pastoriles para fijarse en la veloz lancha. Sí se fijaron en las tres que, llenas de soldados, pasaron después de que un escuadrón de dragones les preguntara si habían visto algo extraño en el río o por los alrededores.
Al pasar por Swaythling, los españoles escucharon las campanas de la iglesia normanda de Santa María, pero acordaron unánimemente no rezar nada, no fuese Dios a confundirlos con herejes y se les frustrara la huida. Fue entonces cuando uno de ellos planteó en voz alta la cuestión que a todos les tenía en vilo desde que habían franqueado las puertas del penal: “Bueno..., pero..., ¿a dónde se supone que vamos?”, y la respuesta fue el chapaleo de los remos en el agua, que no dejaba de ser significativa. El río cambió de repente, ganando amplitud a ojos vista sin que hubiese razón para ello puesto que no habían recibido ningún afluente, y el mismo que había planteado la duda, proporcionó una certeza: “esto ya no es un río, es una ría y el mar no puede estar muy lejos”. Al cabo de unos segundos, otro dijo: “pues entonces ya sabes a dónde vamos, al mar. Al sur está España y al sur tenemos que ir”. El comentario, siendo acertado, no analizaba la cuestión de fondo, que era cómo cruzar el Cantábrico en barquichuelo sin irse, nunca mejor dicho, al fondo de la cuestión.
Sea como fuere, remar era el único medio para conservar la libertad y, de paso, el pellejo en razonable buen uso. Así que remaron. Combatieron la sed con el agua del Itchen, de la que hicieron provisión, con gran acierto puesto que en la ría se tornó salobre. El hambre ya fue otro cantar. Estaba descartado desembarcar para robar, y más aún tratar de comerciar con otras embarcaciones, así que se repartieron un pan que había en la lancha y con eso, que era casi nada, hubieron de conformarse. Y Ría adelante, pasando por mitad del puerto de Southampton. Y nuevamente, nadie les dedicó siquiera una distraída mirada. Minutos más tarde alcanzaron la confluencia de la ría del Itchen con la del Test. Bien pudieran haberse metido en la segunda ría, que es muy amplia, creyendo que era el rumbo adecuado, pero uno de ellos había estado una vez allí, durante uno de los escasos períodos de paz anglo-española, y recomendó poner rumbo a babor, cosa que hicieron sin dudar porque, en su situación, cualquier mediana certeza se tornaba dogma de fe.
El marinero español sabía cómo se salía de Southampton..., avante a babor, pero se guardó muy mucho de sugerir poner rumbo Sur a España, que eso, estando muy claro, no estaba, en realidad, ni medio claro. Así que costearon, a sabiendas de que por ahí no se iba a casa, pero es que, a ver quién era el guapo que ponía rumbo a casa..., y así continuaron, costeando el país de sus captores a ver si salía el sol por Antequera. Estaban bastante fatigados (de Winchester hasta el mar hay casi treinta kilómetros), cuando les sonrió la suerte y abordaron una barca de pesca. Se quedaron el pescado y dejaron a los dos pescadores herejes atados de pies y manos, un tanto apaleados, pero con vida, que al no ser soldados no era plan de matarlos innecesariamente y que fuesen al infierno, que tampoco estaban las cosas como para mostrarse crueles. Repuestas las fuerzas a base de peces crudos, y sin saber que tal vez habían inventado el sushi, llegaron a la bocana de una preciosa rada, la de Portsmouth. Y se liaron la manta a la cabeza. Allá que se fueron sin dudarlo, de perdidos al río, así que se metieron en la mayor base de la Royal Navy de todo el sur de Inglaterra. Con dos cojones y, en el fondo, nada que perder.
Observaron maravillados los navíos de Su Graciosa Majestad, que no era cosa que pudiera verse de cerca, salvo en caso de abordaje, situación en la que no se presta especial atención a los aspectos estéticos. Atracaron al final de uno de los muelles, junto a un bergantín mercante. Bajaron a tierra, subieron a bordo del barco, cuyo nombre era John Thomas, dejaron fuera de combate al único marinero que hallaron en cubierta, bajaron a la bodega y se pusieron hasta las cejas de comida. Como estaban de muy buen humor, se sintieron hospitalarios, de manera que cuando regresó el capitán, insistieron que se quedara con ellos, bueno, ellos en la cubierta y él en la sentina acompañado del marinero capturado. Al cabo de un rato subieron a bordo otro marinero y un grumete, quedando ambos igualmente como huéspedes.
Estaba por caer la tarde cuando enarbolaron la bandera inglesa, largaron amarras, desplegaron las velas y se hicieron a la mar. Quince españoles en una base naval inglesa, pasando como quien no quiere la cosa junto a diecisiete navíos de línea de la Royal Navy y alejándose con las últimas luces del atardecer. Era el momento de extender las cartas náuticas..., y ver si alguno de ellos entendía algo...
El día 3 de septiembre de 1780, el bergantín de ochenta toneladas Juan Tomás, de su Majestad Católica, tripulado por quince marineros españoles y portando cuatro prisioneros ingleses, atracó en el puerto francés de Brest, donde fue recibido en triunfo por los navíos del Rey Cristianísimo y con gran entusiasmo de la población.
Su hazaña fue publicada por la Gazeta de Madrid, el 6 de octubre.
Y como corresponde a las más acrisoladas tradiciones españolas, los nombres de esos quince héroes cayeron para siempre en el olvido.
En este video disfrutareis de tal epica aventura. Espero que os guste
https://www.youtube.com/watch?v=4oZFG5ubAOo
Saludos. Coronadobx