Re: Cuento para el invierno
Aquellos que saben que los barcos tienen vida propia, buscan el suyo siendo conscientes de que ya existe, de que está en alguna parte esperando a ser encontrado. La búsqueda por pantalanes, varaderos y revistas tiene entonces poco de técnica, pues no vale la pena analizar equipamientos, estado de la jarcia y espesores de casco cuando se está convencido de que el encuentro será cosa del corazón. Hay quien dice que es la silenciosa alma de los barcos la que te atrae mágicamente hasta el lugar en el que te aguardan. Puede que te esperen durante años o que te embrujen en una escala fugaz, pero el sortilegio es infalible.
Algo así nos debió pasar o, al menos, algo así sentí yo al ver su preciosa popa de espejo y, con un escalofrío creciente, su nombre labrado en una moldura de teka: La Poule.
La traducción del francés al español, en su primera acepción, sería la de La Gallina, pero puede significar también zorra en el sentido de prostituta. Mi apellido, a su vez, recuerda fonéticamente a lo que en español sería “zorro”, así que me pareció delicioso que el Zorro pudiese acabar cuidando de La Gallina o que, según cómo se viera, el zorro y la zorra llegasen a vivir una intensa aventura común.
Alcé la mirada hacia los dioses y les pedí clemencia. No permitáis que esta zorra me arruine. Moved los hilos del destino para que tenga un precio alcanzable.
Su propietario, George, era un americano de Nueva Orleans casado con una vietnamita, Lin, a la que conoció en Da-Nang, allá por el año 72, en circunstancias poco imaginables. Su historia daría para varias novelas y un par de películas a juzgar por los episodios que me contaron mientras negociamos el precio de la transacción. Él estaba jubilado desde hacía tiempo con el grado de coronel de infantería y, aparte de algunas medallas militares que lucían en un marco colgado del mamparo del salón, la guerra le había dejado varios costurones en la piel y un dolor articular constante en una pierna.
Según me dijo, había llegado el momento de establecerse en tierra y no había encontrado mejor lugar para ello que la costa de Alicante. Aquí, me dijo, la gente nos trata con simpatía y el que seamos una pareja racialmente mixta les parece hasta romántico. No quiera saber cómo nos miran en USA. Ni siquiera en Nueva Orleans, que es la tierra del mestizaje, aprueban que me haya casado con una oriental.
Me enseñaron el barco y montones de fotos de los lugares que habían visitado. Y en todo momento noté que se tenían un amor lleno de ternura y de alegría en el que parecían incluir a La Poule como a uno más. Me impresionó una de las muchas frases de halago de Lin: este barco aún no sabe qué es el mal. Aquí nunca nadie le ha gritado a otro ni ha habido jamás un minuto de enfado. La Poule es como un dragón sonriente.
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