Tenemos la isla de Hornos a la Vista, con su mítico faro al fondo, decenas de Albatros cejijuntos y Petreles gigantes nos sobrevuelan.
El Capi se reporta con el Alcamar de Hornos, le pregunta las condiciones para valorar poder desembarcar en la isla, yo como el que no quiere la cosa, me hago el desinteresado pero no quito oído de la conversación,¡! Dios, no puedo con la emoción!! El Alcamar nos dice que las condiciones con este viento son “usualmente muy poco amistosas” para el desembarco. No hay muelle, ni resguardo y este viento y mar entran directamente en la única zona donde es posible desembarcar, ¡no podrá ser! Que se le va a hacer, la decepción dura muy poco, enmascarada por el cúmulo de sensaciones de felicidad de estar aquí, con el Cabo ya a la vista.
A las 15:31 ya hemos cruzado, navegamos por el Pacífico con Hornos ya por nuestra aleta, Ken a la rueda, con el Tari a 7 nudos en una navegación preciosa. ¡Soy un Cap Hornier¡, he pasado el cabo navegando a vela en dirección E-W con alrededor de 15 nudos por la aleta , pero desconozco a que hora. En el momento de pasar, yo a la rueda, los brindis, las risas, la emoción, no estaba para anotaciones. El Cabo parece hacer honor a su nombre y justo en el momento se oscurece un poco el cielo, refresca un poco el viento.
La sensación es fantástica, abrimos unas 1906, mi cerveza preferida y brindamos con Cava. ¡Lo hemos conseguido y de la manera mas placentera!
¡Gracias SUSI!
¿Qué quien es Susi? Susi es mi suegra, y diréis, ¿Qué hombre en su sano juicio se acuerda de su suegra cuando cruza el Cabo de Hornos?
El caso es que mi suegra estaba tan asustada que al partir me regaló un rosario para que la virgen nos protegiera, con mucha vergüenza porque sabe que no soy creyente, y me pidió, convencida que le diría que no, que lo llevara puesto en la travesía. Yo le dije que sin problema, que por supuesto. El Rosario se rompió justo el día que cruzaríamos, cayendo de mi cuello y apareció en el suelo del barco, Sil, la mujer del Capi lo encontró y yo le conté la historia. El Capi dijo que no es nada común tener las condiciones tan fantásticas que habíamos tenido hasta ahora, que debía haber sido Gracias a mi suegra, sus oraciones y su Rosario, así que ¡Gracias Susi! se convirtió en nuestro grito de guerra.
(Mi suegra insiste que no es mérito de ella, si no de la virgen, así que con este equipo pendiente del éxito de la aventura, no se puede perder)
Somos conscientes de que como mucho 100 personas hacen este cruce al año, del esfuerzo que supone llegar aquí y lo significativo que es para muchos. Para mi, realmente el cruce, ese hito en si mismo, no significa demasiado, soy poco mitómano. Creo que el viaje es maravilloso por si mismo, por eso no me importaba si cruzaríamos o no, si lo lograríamos, porque solo los distintos lugares por los que navegamos, la llegada a los fondeaderos o a los puertos, las caminatas en tierras prácticamente vírgenes, el navegar 3 días y no ver un solo ser humano ni nada construido por el, las sobremesas en el barco, las risas, las puestas de sol, los sándwiches en navegación con una copa de vino, que nos los cambio por una mesa en El Bulli, son suficientes alicientes para este viaje, para mí el sueño estaba cumplido.
Mearé sin duda a Barlovento a partir de ahora y me he puesto el pendiente, como toca, pero creo que me he debido de confundir de lugar, ya que ahora me escuece un poco al mear, supongo que será normal en los Caphorniers.
Le pregunto al Capi por los rituales más raros que ha visto en el momento de cruzar.
Nos cuenta de un italiano, que en el mismo momento de cruzar saca el tanga, rojo y muy pequeñito, de su novia del bolsillo, dice unas palabras y lo tira al mar.
El caso de un camionero español, que no navega pero tiene varios amigos que si lo hacen y le dan mucho el coñazo, y que se hizo el viaje solo para poder hacerse una foto, haciendo la peineta mientras cruzaba el Cabo y poder mandarla para joder a sus amigos navegantes.
De los dos hermanos españoles que, en el momento de llegar, uno de ellos le pide al Capi que le avise 1 minuto antes de cruzar, para irse a la proa, se hace una foto y corre a la popa a enseñarle a su hermano que había cruzado el Cabo de Hornos antes que el.
Nos cuenta del grupo de abogados españoles, de los cuales uno había organizado el viaje. Dos días antes de zarpar le escribe uno de ellos, con el que no había tenido contacto previo y le dice al capi “si me puedes buscar un hotelito en cada lugar que paremos, que ando un poco delicado de la espalda” el Capi cuenta que pensó en contestar, ¡pero pelotudo de mierda! ¿Tu sabes a donde vienes?, lo mas probable es que no veas un solo ser humano en 5 días.
Tras una navegación con viento por la aleta, preciosa, dejando a nuestro estribor todo el continente americano (Pero todo, todo Eh!!) y la Antártida a menos de 900 km por babor, con Ken a la caña feliz como una perdiz, nos dirigimos a Caleta Maxwell para el fondeo y pasar la noche. Arrumbamos directo a unas islas, Capi ¿Las quieres partir en dos con la proa? Imposible ver el estrecho paso al que nos dirigimos. Los delfines nos abren camino, como indicándonos que no temamos, que ellos nos llevan por donde esta el paso.
Navegamos dejando a babor Caleta St Martin, donde fondeara Fitz Roy en el primer viaje de exploración de estas costas a bordo del Beagle, no me lo puedo creer.
Una vez en el interior protegidísimo de Caleta Maxwell
Organizamos el fondeo, ancla y dos cabos desde popa a tierra, para evitar borneos, al ser el espacio tan limitado. Me voy a tierra, tengo que amarrar con un as de guía los cabos a sendos árboles, se me complica la maniobra, no soy capaz de hacer el As de guía en esta posición, tengo que practicar este nudo en estas circunstancias, con un cabo fijo al barco y con dos vueltas alrededor del árbol, me apaño pisando el chicote que viene firme del barco, para quitarle tensión y poder hacerle una gaza, consigo hacerlo, sudando como un cerdo, menos mal que no sopla mucho viento, aunque llueve y todo esta resbaladizo y húmedo, si no el espectáculo estaría servido.
Este sitio es maravilloso, otro lugar que por si solo merece la pena el viaje. Mas tarde aparece La Pinta, al mando del italiano Antonio, con una familia de Alemanes, padre y dos hijas gemelas de 22 años a bordo, camino del Cabo. Le acompaña un chico rosarino,(¡Cómo me he podido olvidar su nombre!) simpático que se cruza a saludarnos, el Patrón le grita con su fuerte acento italiano desde el otro barco, reforzado por el eco en la caleta :!!Tengoooo hambreeee!! Acompañado de algunos improperios en italiano, para que vuelva a preparar la cena. Antonio es un hombre de 70 años, (Hippy militante en su juventud) con barco aquí y en Grecia (Donde se va a pasar los inviernos australes) que sigue navegando en esta zona año tras año y parece que sin mucha intención de dejar de hacerlo, a pesar de su hernia discal que lo deja a veces doblado como una bisagra. Un verdadero personaje que me hace pensar mucho en el estilo de vida que llevamos la mayoría aquí en España, en la oficina, en el fin de mes, los bancos, las reuniones. Creo que esta crisis de los 40 y este viaje pueden tener consecuencias en mi vida. Ya veremos.
Nos cuenta que el viejo (Antonio) quiere pasar la noche de fin de año en Puerto Toro (Pueblo de unos 15 habitantes), y las niñas quieren llegar a Puerto Williams, donde habrá fiesta y un montón de gente, y que en esas están, que no sabe como convencer al viejo de que no les haga esa putada. (a las niñas y a el, claro!)
Al ir en la zodiac al amarre, veo que el agua, aparentemente con no mucha vida, es una sopa de ctenoforos, con sus delicadas formas y sus rayas de colores fosforescentes mágicas, nuevamente no doy crédito a lo que estoy viendo. Esta parada sería un buen sitio para una buceadita, le sugiero a Capi.
Vemos ostreros en la costa, hermosos, huellas de zorro, me impresiona que no se ven insectos.
Ken, Sil y yo descendemos a tierra, nos damos una caminata hasta la parte mas alta de esta zona, las vistas son maravillosas, vemos los dos veleros allá abajo fondeados en la caleta, nos cuesta distinguir a las personas desde esta distancia. Alcanzamos a ver Hornos desde aquí.
Es espectacular como se estructura la vegetación en estas islas, algo que ya describiera Darwin en su diario de viaje. Un bosque tupido en la parte mas baja, seguido de zona de turberas, que alfombran toda la isla convirtiéndola en una verdadera esponja húmeda y acolchada y la zona de piedra desnuda en las cumbres, con signos de las morrenas de los glaciares.
Tras perder a Ken durante un rato y temernos lo peor, emprendemos un descenso complicado hacia el barco.
Magnífica cena como siempre, sobremesa, se puede oir en la bañera toda la vida en el exterior, oímos gruñidos como de zorro, múltiples aves.
Dormimos como bebes, es curioso como te acabas adaptando a la vida a bordo, parece que llevásemos un año embarcados. Yo soy un tipo grande, casi 2 metros, con lo que las literas en el barco son habitualmente demasiado ajustadas para mi, sin embargo ahora no se me ocurre un lugar para dormir mejor. Me he adaptado a mi rincón y el barco me acuna. El interior del barco es sumamente confortable, la calefacción permanece encendida por la noche, por lo que en ningún momento se pasa frío (Al contrario) o sensación desagradable de humedad.
Me despierto pronto, La Pinta se ha ido ya rumbo cabo de Hornos, zarpamos de este sitio mágico, Caleta Maxwell, a las 11:30 del día 30/12/14, con lluvia y niebla, felices y relajados, yo con la sensación de que ya nada de lo que venga me podría gustar mas que esto, que el viaje ahora iría a menos, que ya nada me podría emocionar una vez navegado el Cabo y conocido Caleta Maxwell. Pronto descubriría que nada mas lejos de la realidad, ya que este viaje aún deparaba magníficas sorpresas inesperadas...
Continuará...