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Predeterminado Re: Heroes Españoles (Relacionados con el mar) olvidados

Malaespina Segunda Parte. El Viaje (Misma Fuente y Wikipedia)

Por aquel entonces, dos convoyes oficiales enfilan anualmente el Atlántico desde aguas gaditanas, protegidos, eso sí, por galeones para ahuyentar al pirata: el conocido como la Flota de Nueva España, con destino Veracruz, y el llamado de los Galeones de Tierra Firme, rumbo a Cartagena de Indias y Portobelo. Con este vaivén marinero, la popular Tacita de Plata es un hervidero de mercancías consecuencia del monopolio comercial disfrutado por la ciudad hasta la década de los ochenta. Del otro lado se recibe azúcar, café, cacao, harina, pimienta de tabasco, tabaco, lana de vicuña, pieles de guanaco, cueros, tintes, oro, plata, cobre, embarcándose chacina, aguardiente, vino, lienzos, paño y demás. La economía marca la pauta con ultramar, y la monarquía española contempla tan alejados dominios como una fuente inagotable de riqueza. Tremenda heredad por disfrutar.

Aquellas lejanas tierras son un espacio soñado por los sabios europeos. Un halo mágico envuelve a sus moradores, derivado de las noticias, muchas inventadas, que los buques mercantes traen a Occidente. El modo de desvelar el misterio y conocer la verdad es simple, arriesgado y caro: viajar para explorar in situ. Con esta misión, voceando el santo nombre de la ciencia, desde la vieja Europa se organizan expediciones que recorren el mundo rastreando lo desconocido. Costosas empresas navales con una derivada política sustancial, sin la cual jamás hubiesen salido de puerto. De este conjunto expedicionario, los viajes protagonizados por el inglés James Cook, el francés Jean François Galaup, conde de La Pérouse, y el italiano Alejandro Malaspina destacan sobremanera, componiendo una tríada viajera continua en espacio y tiempo, reflejo fiel de los intereses cruzados que España, Francia e Inglaterra despachan allende los mares, disputándose el control de ingentes recursos naturales. Pesca, minería, ganadería, peletería, agricultura, industria maderera son argumentos que valen su peso en oro para pelear por un puesto, o todos, en la margen izquierda, o derecha, según se mire, del océano Atlántico. Este fue el ilusorio, polifacético, prolijo y proceloso mar del poder por donde navegó el oficial de la armada española Alejandro Malaspina, consumando un pretendido «viaje científico y político alrededor del mundo» impulsado por su graciosa majestad el rey Carlos III.



El tiempo aporta madurez y sosiego al viajero. Los objetivos del marino varían, se vuelven trascendentes. La década de los años ochenta es el punto de inflexión. Comienza una etapa orientada a explorar el Nuevo Mundo. Viajar le sirve para sumar millas, para coger experiencia, abriendo ojos y mente a un panorama desolador donde desigualdad, injusticia y corrupción, mal gobierno en definitiva, son la resultante de un sistema colonial obsoleto, decadente. Desde entonces, las preguntas rondan por la cabeza del ya capitán soliviantando su pensamiento: ¿cómo se puede gobernar América sin conocerla?, ¿cómo hacerlo ignorando la realidad? Resolver la incógnita con conocimiento de causa exige buscar la verdad, ver el territorio en primera persona, ampliamente, en profundidad. Cumplida esta etapa, la tarea resulta más sencilla, pues consiste en analizar los hechos para diseñar un orden administrativo respetuoso con la idiosincrasia de una comunidad plural, espacial y socialmente distante de la metrópoli. Su último viaje, la expedición que le ha dado fama, tuvo este sello de identidad. Malaspina viajó para ser útil a España. En el empeño gastó su tiempo, y no le faltaron ni tesón ni coraje ni prudencia, ni mucho menos el deseo de ver para conocer, esclarecer y comprender, para, en definitiva, instruirse sobre el planeta y la vida de quienes lo habitan, siguiendo la filantrópica idea de construir una sociedad más justa, regida por el principio del bien común. ¿El objetivo? Extender la prosperidad humana a todas partes. Su expedición fue un utópico e inefable viaje hacia la libertad persiguiendo la felicidad de los demás. Otro sueño de la razón con sus correspondientes monstruos.



Cádiz, 30 de julio de 1789. Hace días que las corbetas Descubierta y Atrevida están preparadas para hacerse a la mar. Gobernadas por los capitanes de fragata Alejandro Malaspina y José Bustamante, ese jueves emprenden la misión de circunnavegar el globo. El 21 de septiembre de 1794 las embarcaciones regresan al puerto gaditano. Han transcurrido cinco años. Finaliza la aventura. No dieron la vuelta al mundo, pero exploraron minuciosamente mares y tierras de América, Asia y Oceanía. Leyendo su diario, sabemos que Malaspina halla la lógica satisfacción por concluir un viaje del cual se siente complacido y cansado. Al regreso, es la monarquía de otro Carlos, el cuarto, quién le juzga, y razones tiene para meditar las consecuencias de sus actos. No acabó en la cárcel por casualidad, pasando una larga temporada encerrado en un húmedo presidio.

Después de fondear durante unos días en las islas Canarias, navegaron por las costas de Sudamérica hasta el Río de la Plata, llegando a Montevideo el 20 de septiembre. De ahí, siguieron hasta las islas Malvinas, recalando antes en la Patagonia. Doblaron el Cabo de Hornos y pasaron al Pacífico (13 de noviembre), explorando la costa y recalando en la isla de Chiloé, Talcahuano, Valparaíso, Santiago de Chile, Islas Desventuradas El Callao, Guayaquil y Panamá, para alcanzar finalmente Acapulco en abril de 1791.

Al llegar allí, recibieron el encargo del rey Carlos IV de encontrar el Paso del Noroeste, que se suponía unía los océanos Pacífico y Atlántico. Malaspina, en lugar de visitar Hawái como pretendía, siguió las órdenes del rey, llegando hasta la bahía de Yakutat y el fiordo Prince William (Alaska), donde se convencieron de que no había tal paso. Volvió hacia el sur, hasta Acapulco (a donde arribó el 19 de octubre de 1791), después de haber pasado por el puesto español de Nutka (en la isla de Vancouver) y el de Monterrey en California.

En Acapulco, el virrey de Nueva España ordenó a Malaspina reconocer y cartografiar el estrecho de Juan de Fuca, al sur de Nutka. Malaspina requisó dos pequeños navíos, la Sutil y la Mexicana, poniéndolos bajo el mando de dos de sus oficiales, Alcalá Galiano y Cayetano Valdés. Dichos barcos dejaron la expedición y se dirigieron al estrecho de Juan de Fuca para cumplir la orden.

El resto de la expedición puso rumbo al Pacífico, navegando luego a través de las islas Marshall y las Marianas y fondeando en Manila (Filipinas) en marzo de 1792. Allí, las corbetas se separaron. Mientras que la Atrevida se dirigió a Macao, la Descubierta exploró las costas filipinas. En Manila moriría por unas fiebres el botánico Antonio Pineda. Reunidas de nuevo, en noviembre de 1792, ambas corbetas dejaron Filipinas y navegaron a través de las islas Célebes y las islas Molucas, dirigiéndose posteriormente a la isla Sur de Nueva Zelanda (25 de febrero de 1793), cartografiando el fiordo de Doubtful Sound. La siguiente escala fue la colonia británica de Sídney, desde donde volvieron al puerto de El Callao, tocando en la isla de Vava'u, y desde allí, por el cabo de Hornos, volviendo a fondear en las islas Malvinas. A principios de 1794 la corbeta Atrevida integrante esta expedición comandada por el capitán de navío José de Bustamante y Guerra , se separó de su nave gemela en las islas Malvinas y se dirigió a verificar los descubrimientos de las Antillas del Sur así como los de las islas San Pedro (actualmente más conocidas como Georgias del Sur). La Atrevida reconoció las exactas coordenadas de las Islas Aurora: avistó a la principal de las Cormorán el 20 de febrero de dicho año, avistando seguidamente a todas las otras islas incluidas las rocas Negras; regresaron a Cádiz el 21 de septiembre de 1794.

La expedición levantó mapas, compuso catálogos minerales y de flora y realizó otras investigaciones científicas. Pero no abordó simplemente cuestiones relativas a la geografía o a la historia natural. En cada escala, los miembros de la expedición establecieron inmediato contacto con las autoridades locales y eventuales científicos para ampliar las tareas de investigación.

A su regreso a España, Malaspina presentó un informe, Viaje político-científico alrededor del mundo (1794), que incluía un informe político confidencial, con observaciones críticas de carácter político acerca de las instituciones coloniales españolas y favorable a la concesión de una amplia autonomía a las colonias americanas y del Pacífico, lo que le valió que, en noviembre de 1795, fuera acusado por Manuel Godoy de revolucionario y conspirador y condenado a diez años de prisión en el castillo de San Antón de La Coruña.

Editado por coronadobx en 02-02-2015 a las 15:00.
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