Re: Cuento para el invierno
Perdón! Perdón!
Y gracias por el interés!
Tuve un viernes ajetreado y no pude escribir. Ahí va la siguiente entrega:
En verdad, pensé, mi mente estaba demasiado llena de músicas, poemas, páginas y recuerdos tendentes a la melancolía. Si no le ponía algún remedio podría caer en una depresión o, peor aún, en algún tipo de conducta errática o excéntrica. Debía centrarme en la realidad: jubilado, libre, sano y sin preocupaciones, no había lugar para las melancolías.
La carretera de retorno a casa parecía hecha a propósito para subir la moral, flanqueada de almendros floridos y de verdaderos arriates naturales blancos y amarillos. Igual que me ocurría algunas veces en la mar, deseaba llegar a casa, pero también quería recrearme un poco más en el viaje, conduciendo despacio y respirando a pleno pulmón.
Al dejar atrás el último valle y ya con la mar a la vista, me detuve para poner en marcha el teléfono, que había estado dos días sin cobertura. Tenía varios mensajes de mi hijo, uno de George y ninguno de Grace. Me conminaban a no olvidar la cita del viernes y a ir a buscar a mi hijo al aeropuerto de Alicante a media mañana. Había decidido venir a pasar unos días conmigo.
No había pensado más en La Poule, al menos de un modo consciente, aunque descubrí que en algún nivel escondido de la mente las reflexiones habían continuado su curso. De pié frente a la ventana del salón, a la vista del horizonte lejano, asumí la convicción interna de que aquel era mi mundo. Ya fuese con La Poule o con cualquier otro, mi destino era recorrer aquella llanura mía, deseando llegar para desear volver a partir. Andar siempre de paso como lo que siempre fui: un marinero.
Y, como una consecuencia lógica, aquel concepto de la vida como tubería por la que uno viaja sin querer que me había atormentado algunos días, se desvaneció de pronto: tal como dijo Rubén Blades, si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos. Y yo debía de ser marino incluso antes de nacer, a la vista de la que había sido mi historia.
Recogí a mi hijo en el aeropuerto. Sonreí al ver que iba vestido de acuerdo con la temperatura de Londres, con sombrero y bufanda incluida. Tenía muy buen aspecto, por lo demás, y lo iluminaba una gran sonrisa. Mañana, me dijo, cenaré con vosotros a bordo de La Poule, porque he gestionado su venta a una sociedad británica y George me ha invitado a celebrarlo.
Por un momento se me cayó el mundo a los pies.
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