Re: Cuento para el invierno
Se negó en redondo a instalarse en la almazara durante aquel fin de semana a pesar de que le recordé que su habitación de infancia y juventud estaba exactamente igual que cuando la utilizó por última vez.
Cuando su madre se marchó y mis padres desaparecieron, no tuve más remedio que enviarlo de un internado a otro mientras yo navegaba. Siempre me dijo que los colegios eran, para él, mejor que la presión que le producía el recuerdo constante de su madre y de los malos momentos que pasó en casa entre la añoranza y la sensación de abandono, así que, cuando tenía vacaciones, o se venía conmigo a bordo del barco en el que yo estuviese o nos íbamos ambos de viaje a algún lugar interesante. Hacía más de quince años que no había cruzado el dintel de la puerta.
Alguna vez le hablé de la posibilidad de vender la casa y de romper de una vez con los recuerdos, pero también a eso se negaba. Me decía que, tarde o temprano, dejaría de sentirse como un niño abandonado para pasar a ser un simple huérfano y que, llegado ese momento, podría recuperar todas las cosas buenas que había vivido allí, junto con la tradición familiar de sus bisabuelos.
Tú también deberías pensar en esto, me dijo. A juzgar por las fotos que me has enviado alguna vez, no has cambiado nada de la decoración ni has añadido prácticamente ningún detalle propio. Vives en esa casa como si fueses un invitado. Aún es la casa de mi madre.
Comimos juntos, hablamos del barco, visitamos a George y Lin, paseamos por el pueblo, tomamos una cena ligera y lo dejé en un hotel de Jávea con cita para pasar a recogerlo a la mañana siguiente.
Al llegar a casa me propuse verla con la mirada de un extraño. Analizarla. Y tuve que reconocer que mi hijo tenía razón: aquello era un mausoleo en memoria de alguien que nunca más volvería.
Me costó un poco, después de cuatro días de silencio, pero conseguí convencer a Grace de que viniese a pasar la noche conmigo. En mi casa. Ninguna otra mujer había dormido jamás en la que fue la cama de mi Julia. Eso sí: tuve que ser sincero.
Grace se presentó al cabo de una hora con una botella de vino, unas barritas de incienso, ropa interior de seda y dispuesta a oficiar un exorcismo.
Yo estaba dispuesto a cometer un sacrilegio. Por fin.
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