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Antiguo 05-02-2015, 17:12
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Capitán pirata
 
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Predeterminado Re: Cuento para el invierno

Se marchó cuando rayaba el alba. Tengo dos niños que enviar al colegio, me dijo mientras me besaba en los ojos y la boca, ya verás como hemos vaciado la casa de espíritus. Nos vemos en la cena, a bordo de tu barco.

La inspección fue bien. Hicimos algunas catas para comprobar los espesores del acero y los resultados dieron pérdidas de apenas alguna décima de milímetro. El interior era fácilmente revisable y lo encontré en buen estado, así que lo devolvimos al agua en cuestión de tres horas. Comimos algo ligero y regresamos a nuestros alojamientos para volver a encontrarnos para la cena después de asearnos.

La casa conservaba algo de los aromas del incienso que Grace había quemado y, maravillas de la sugestión, me pareció que su ambiente había cambiado de algún modo. Pasé un buen rato tomando nota de todas las cosas que habría que variar para borrar en lo posible el pasado y convertirla, de verdad, en mi hogar. Me sentía como si me hubiese recuperado de algún tipo de trastorno mental y las huellas de mis actos me parecían extrañas. ¿Cómo podía ser que no me hubiese atrevido a invadir con mis cosas los cajones que Julia dejó vacíos hacía veinte años? ¿Por qué no había tirado a la basura la taza de té con su nombre grabado y que seguía en su lugar habitual de la alacena? ¿Qué decir de las dos cajas con ropa, que ella misma había abandonado en un armario, que aún ocupaban una estantería del garaje?

En cambio, junto a esas dos cajas había otras varias llenas de los recuerdos de mis viajes que ella había considerado siempre como imposibles de colocar en ninguna parte y que a mí nunca se me había ocurrido sacar a la luz. Había dientes de cachalote grabados con imágenes balleneras, figuras de ébano africanas, katanas japonesas, una maqueta de un bergantín negrero… Bueno, pensé, tal vez en algunas cosas Julia tuviese razón, pero los dientes de cachalote y la maqueta, irían por fin a su sitio, sobre la repisa de la chimenea.

A las siete en punto estábamos Grace y yo junto a la pasarela de La Poule, esperando el permiso para subir a bordo. George se había vestido con algo parecido a un uniforme y Lin llevaba el equivalente vietnamita de un kimono de gala. Mi hijo ya estaba a bordo y sostenía en la mano la driza de la bandera. Sin gran ceremonia, pero con gran seriedad, arriaron la bandera americana en cuanto pisé la cubierta y me entregaron una “red jack” de la marina inglesa para que la izase yo mismo. No faltó ni el pitido sinuoso de chifle con el mensaje de “captain on deck”, que Lin tenía grabado en un magnetófono. Es sonido del entierro de Winston Churchill, me confesó en un aparte.

Yo estaba ruborizado ante tanto ceremonial y miré de reojo a Grace, temiendo que todo aquello le estuviese pareciendo un poco ridículo, pero me sorprendió ver que tenía los ojos brillantes de emoción. Más tarde me concretó que se había conmovido por Lin y no por la ceremonia. Esa mujer estaba dejando su casa, me dijo, y, con una sonrisa sugerente, añadió: cuando quieras le quitamos los fantasmas.
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