Re: Para los que buscan acero y aluminio.......
Estamos de acuerdo en lo de la simplicidad de un barco con orza fija, quilla, si que se de al menos un caso de un derivador que golpeo con la deriva y rompió el bulón, acuño la deriva en el pozo, un desastre, pero no se hundió, era de metal, quizás en plástico se hubiera ido al fondo...
Todo es un compromiso, ganamos por un lado y perdemos por otro...
Yo he leído en bastantes ocasiones el argumento de que para navegaciones extremas como la seguridad de un barco con orza y además de buen calado nada de nada y que para los trópicos, calas, atolones, ríos etc que un derivador es una buena opción, pero veo la cantidad de barcos que hay haciendo chárter a la Antártida, Cabo de Hornos etc y posiblemente la mitad sean derivadores  es seguro que son seguros, podras pasar el Drake una vez y que te toque calma, pero pasarlo una y otra vez, seguro que te toca
Basta recordar el relato de Cocua, lleva un Caroff derivador INTEGRAL
Un fax meteo recibido entonces nos advirtió de un cambio en las previsiones: en unas horas tendríamos que enfrentarnos a vientos fortísimos con su consiguiente marejada, y lo peor: a un día al sur de donde nos encontrábamos la meteorología era suave hasta la costa antártica, pero nos era imposible llegar hasta allí. El caprichoso Drake, sonriente, nos enseñaba sus dientes: “Esta vez no me da la gana que paséis”.
Llevábamos dos días de navegación, habíamos recorrido un tercio de la ruta pero tuvimos que desistir en nuestro empeño y seguimos dando la popa al mal tiempo. Por suerte el viento siguió rotando ligeramente, logrando hacer rumbo al sur de la isla de los Estados. Algún refugio encontraríamos allí.
Pero nos encontrábamos a más de un día de nuestro nuevo destino y el temporal nos agarró de pleno. El viento superó los setenta nudos y las olas, de más de doce metros, rompían sobre el Archibald sumergiéndolo por completo durante interminables segundos. La pequeña trinqueta fue arriada, no fue sustituida por el tormentín por considerarlo demasiado grande y desenrollamos aproximadamente un metro cuadrado de génova para al menos tener maniobrabilidad, pues la velocidad ya nos la daban las olas, que desplazaban al velero a veces por encima de los doce nudos.
Había que timonear. El piloto automático no podía con las grandes olas que sacaban constantemente de rumbo al Archibald, terminando a veces atravesado peligrosamente a ellas. Muy equipados dos de nosotros permanecían en bañera, uno timoneando y otro de compañía, sujetos al barco por doble sistema de seguridad, mientras que los otros dos permanecían en el interior controlando las entradas de agua más inverosímiles: ventilación del motor, fregaderos de la cocina, lavabo del baño, resquicios en los aireadores, salidas de bombas… tal era la constante presión del agua sobre casco y cubierta. Realizamos otras labores todavía menos agradables: Fran grababa en el Iridium, el teléfono satelital, los teléfonos de Rafael del Castillo, Prefectura naval Argentina, Fabio Castro y en definitiva todos aquellos que nos pudieran realmente ayudar en caso de… Mientras tanto Alberto metía en una bolsa estanca nuestra radiobaliza, la emisora portátil VHF, un GPS de mano, bengalas y demás elementos útiles por si llegado el momento… Yo grabé en el computador unos correos explicando la situación, dando nuestra posición, la hora, rumbo, velocidad, estado del viento y mar… listo para ser enviado en el instante decisivo de… Radios conectadas en las frecuencias que nunca hay que usar…
Hay temporales… y temporales. Todos los que estábamos a bordo habíamos sufrido al menos los suficientes. Pero cuando te encuentras inmerso en uno de ellos y piensas que por la aleta de babor tienes Cabo de Hornos y por proa, a ciento y pico millas, la última punta de la isla de los Estados, llamada El Fin del Mundo, sabes que estás en el peor lugar del planeta, soportando las peores condiciones.
Por suerte la cosa no fue más allá. El Archibald se comportó como un campeón, aguantando aquel infierno sin mostrar queja alguna. Al cabo de seis horas el viento bajó de intensidad, llegando a cuarenta nudos, lo que nos parecía una delicia. Salimos todos a cubierta, nos hicimos fotos, comprobamos que todo estaba en su sitio, encendimos la estufa, cocinamos unos buenos espaguetis, nos pusimos ropa seca… volvíamos al Paraíso.

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