Mi falta de interés por los sucesos y la actualidad hicieron que pusiera proa al fondeadero de L’Espalmador, donde esperaba pasar una noche. Al aproximarme descubrí que la cala estaba cerrada por una barrera anti contaminación y que una gigantesca cabria flotante se afanaba con los restos de un gran yate medio hundido y escorado. Pude leer su nombre con cierta dificultad: Antillana.
Al parecer, y según lo que me contaron en el puerto de Sa Sabina, donde acabé recalando, en el verano anterior se habían producido extraños y misteriosos acontecimientos en la cala que habían resultado en el hundimiento del gran yate, la desaparición de su propietario (un magnate de los negocios mexicano) y varios muertos y heridos producidos durante una batalla campal con explosiones y disparos de armas automáticas.
Pensando en que todo aquello se había producido allí, uno de los lugares más bellos y pacíficos del planeta, me sentí indignado. En verdad, tal como dijo un poeta, hay gente que camina y va apestando la tierra.
Ignoro si será cierto o no, pero el patrón de uno de los barcos locales me dijo que aquello tenía raíces muy hondas y muy oscuras. Él estaba convencido de que en la batalla habían participado los Navy Seals y que el asunto tenía que ver con la extraña desaparición de un fiscal anticorrupción y de varios mafiosos rusos.
Yo no me había enterado absolutamente de nada. Cuando aquello sucedió yo debía estar cruzando el estrecho de Malaca, en travesía entre Singapur y Fos sur Mer, cargado con doce o trece mil contenedores, tratando de gobernar decentemente las más de sesenta mil toneladas de desplazamiento de mi barco y viviendo más como un astronauta en su estación orbital que como un marino en su barco. Qué lejos había estado de todo, pensé.
