Sólo fue un leve roce. Lo que pasa, creo, cuando quienes se besan desean, en realidad, besarse en los labios pero se ven en la necesidad social de hacerlo en la mejilla. Hubo una pequeña duda de una fracción de segundo que desvió nuestras bocas un par de centímetros nada más.
Suficiente para que regresara a bordo sintiendo aquella leve y deliciosa humedad en el remoto rincón de mi sonrisa como trasfondo de todos mis otros pensamientos, que no eran pocos.
Para explicar lo que me estaba pasando últimamente había una amplia gama de reflexiones populares, a cuál más cruel, y alguna descripción melancólica y triste del cuadro o, quizás, hablando con más propiedad, del síndrome que se apoderaba de mi mente. ¡No me había olvidado aún de Grace y ya me estaba obsesionando con Claire!
Estaba cumpliendo con todos los requisitos para encuadrarme en una imagen típica; la del hombre algo más que maduro que, viendo que la vida se le escapa, se aferra a la belleza de la juventud para reafirmar su hipotética supervivencia y, al mismo tiempo, obtener un diagnóstico externo y fiable de su nivel de decrepitud.
Las consecuencias de nuestra naturaleza biológica son despiadadas, pensé. Si yo era más o menos consciente de la edad que me asignaban mis documentos oficiales era porque tenía espejos. Todas las mañanas me daba los buenos días un individuo de pelo entrecano y piel castigada que se cepillaba los dientes delante de mí, copiando todos mis gestos, pero que no me “representaba”. Aquel tipo me era extraño. Haciendo introspección, yo nunca había cumplido los cuarenta. El tiempo había transcurrido desde entonces como algo externo, ajeno, acumulándose mansamente como las espesas capas de hojas muertas que tapizan algunos bosques y que dejan de ser percibidos como restos vitales para convertirse en simple suelo para quien las pisa. En cambio, aquel concentrado de tiempo había permitido que aprendiese, sintiera y experimentase un cúmulo de cosas que no tuve ni por asomo cuando tanto los documentos como la percepción señalaron las mismas fechas. Creo que el cambio más diabólico que el tiempo había operado en mí era aquella repentina atracción, aquella fascinación, por la inteligencia, la independencia y la fuerza espiritual de algunas mujeres. La combinación de fuerza vital, inteligencia y juventud componía un elixir que me embrujaba irremediablemente, que se apoderaba de mi corazón, de mi espíritu y de mi carne, pero que también me enfrentaba a un obstáculo enorme representado por las canas y la piel marchita del hombre del espejo por la vía de su dignidad. Jamás las deseé tanto ni las percibí como tan prohibidas.
¡Y nunca había amado tanto la vida!