Buenas otra vez. Y muchas gracias por la acogida.

Siento la exigua extensión de mi primera entrega, pero se trataba de una simple prueba, algo así como asomarme a la ventana a ver cómo pintaba el día. Aquí va otro trozo más y vuelo para el curro, que llego tarde.
−Como podrás comprobar por ti misma, aquí hay una gran cantidad de barcos. Todos los días entran nuevos, mientras otros se van. Si me pudieras decir lo que sepas de ese joven, quizás pueda dirigirte al barco que buscas. El sol no invita a andar recorriendo todo este mar de cemento sin saber exactamente dónde ir. ¿No te parece?− Ella sonrió. Empezaba a relajarse algo. −Por cierto, me llamo Peter.
Ella volvió a sonreír y se apresuró a presentarse a su vez.
−Yo soy Susana. Encantada.
−¿Quieres subir? Debajo del toldo no se está nada mal, te lo aseguro. Me estás dando calor sólo de verte.
Por el modo en que le brillaron los ojos a la muchacha al recibir el ofrecimiento, él se percató de que nunca antes debía haber subido a un velero. Estaba de suerte. Si jugaba bien sus cartas, podría impresionarla y todo.
−Espera, que te ayudo.− Añadió, levantándose y olvidando para siempre la revisión de la maquinilla. No tenía la pasarela puesta, y entrar implicaba arriesgarse a terminar en el agua si uno no daba el salto con decisión. Tomó su mano sin pensarlo dos veces y la ayudó. −Pasa, pasa.− La invitó, al tiempo que la soltaba. −Siéntate donde quieras.− Él mismo se recostó en el lugar del que se acababa de levantar, y prosiguió: −A ver ahora si puedo hacer algo por ti. ¿Sabes cómo es ese barco?
Susana negó con la cabeza no muy segura.
−Sé que es de vela y que no debe ser especialmente grande. No sé, me dijo algo así como diez o doce metros. ¿Podría ser?
Él sonrió. No parecía haberse fijado jamás en la existencia de los barcos de recreo en los puertos deportivos. Seguro que nunca había asomado su cabecita por el tambucho de ninguno. Eso le iba a ser muy útil. Hasta soñaba ya con conducirla de vuelta a bordo, después de una romántica cena en alguno de los restaurantes de la marina. Siempre que la amiga a la que buscaba no pusiera pegas, claro está.
−Pues sí podría ser.− Respondió por fin. −De hecho, la mayor parte de los barcos que puedes ver a tu alrededor tienen esa eslora. Los hay bastante mayores, como es natural, y también mucho más pequeños. Por lo que me cuentas, si vive en él un hombre solo, lo normal es que esté entre esos diez o doce metros que te suenan.− Hizo una pausa, aprovechando para admirar el verde esmeralda de sus ojos, que parecían brillar de una forma especial con el interés con que ella estaba siguiendo sus palabras. Luego, añadió: −¿Puedes decirme si era el casco blanco, azul, verde, rojo tal vez? ¿Un palo? ¿Dos?− Ella se limitó a negar con la cabeza, adoptando una expresión preocupada, como si fuera consciente de que lo normal es que hubiera tenido que conocer esos datos para poder dar con el barco en cuestión. Él continuó. −Bueno, tampoco hay problema. La verdad es que aquí no hay tantos barcos. ¿Has probado en la torre?− Ella pareció no comprender. −En capitanía.− Añadió él. −Es allí donde se lleva el control de los barcos que hay en cada momento en el puerto. Es allí donde se paga, así es que, imagínate.− Ella sonrió.
−Claro, allí tienen que conocer todos los barcos.
Por un instante se posó una sombra de duda sobre los hombros de Peter. Había cometido un error enorme al decirle eso a la muchacha y no se daba cuenta hasta ahora. Había dejado de ser imprescindible para su búsqueda, que es lo que había pretendido.
−Si te parece bien,− dijo, intentando arreglarlo, −puedo acompañarte allí.
−Te lo agradezco, pero no quiero molestarte. Bastante he hecho apartándote de lo que estabas reparando.
Peter pensó que no iba a dejar escapar la oportunidad de pasar, aunque fuera, un rato agradable en buena compañía, y se apresuró a interrumpirla.
−¡Qué va, te equivocas! Si lo que estaba haciendo era desmontar los winches para engrasarlos un poco. Es algo que hago una vez al año. No pasa nada por dejarlo para otro día. Al contrario, será un placer ayudarte. Parece que vienes de lejos.
Ella agachó los ojos y asintió, con un cierto aire de ensoñación.
−Pues la verdad es que sí.− Parecía que ahora venía la historia de su vida. Sin embargo, no prosiguió. Se limitó a perder sus pensamientos en el extremo de sus manos apoyadas sobre su regazo, y sólo volvió a repetir: −De muy lejos sí.
Si no le apetecía hablar de ello por el momento, a él poco le importaba. Tenía ciertas expectativas para el futuro, y el pasado de Susana le traía bastante sin cuidado. Lo que ahora le preocupaba era evitar que saliera de su alcance sin poder evitarlo, así es que se apresuró a insistir en su ofrecimiento.
−Aguarda un instante, que voy a por mi sombrero. Tiene que estar en algún sitio.− Al decirlo, estiró el brazo por dentro de la cabina, como si temiera que ella se marchara si se le ocurría bajar a buscarlo. −No hay que desafiar a este sol en días como hoy.
−¡No te molestes, de verdad!− Insistió ella.
−¡Aquí está, ya estoy preparado!− Contestó Peter, sacando un gorro tan viejo como el que llevaba la muchacha. −Descuida, que no es molestia.− Mientras decía eso, pensaba a toda velocidad cómo lograr que ella no sospechara el incierto interés que le movía a mostrarse tan diligente. La forma en la que la chica intentaba que no la ayudara tanto, le hacía adivinar que le había catalogado como una especie de ligón o algo semejante. Tenía que defenderse. −Verás,− empezó, con el sombrero ya encasquetado, y a punto de bajar al pantalán, −yo también vivo solo en mi barco. Hay veces que paso días sin decir otra cosa que good morning a mis vecinos. Perdona si te parezco demasiado impulsivo, pero es que no puedo desaprovechar la oportunidad de charlar un rato con una persona agradable, como tú me has parecido en cuanto te has dirigido a mí. En lugar de una molestia, como puedes comprender, para mí es un placer acompañarte y poder ayudarte hasta que hayas resuelto todos tus problemas. Si no te importa claro.− Acabó la frase en un tono dubitativo, como si le estuviera preguntando directamente si podía ir con ella.