Discusión: Otros El sueño de Peter
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Antiguo 07-03-2015, 11:14
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Predeterminado Re: El sueño de Peter

Toda la razón del mundo. A mí también me ha pasado en las tropecientas mil veces que he llegado en solitario a diferentes marinas. Cuando aparecía mi mujer con el coche y toda la chiquillería las caras cambiaban.
Y peor aún, si el grumete que te acompaña es tu hija... Mi amigo entró en cierta marina con su hija de 19 añitos, él bien pasados los 50, y solo le comenzaron a saludar y a sonreír con franqueza cuando aparecieron nuestras mujeres con el resto de las familias.


En fin, ahí va otra entrega, que hoy es sábado y supongo que podré incluir el relato hasta el final. (O a lo mejor no...)

Dos horas más tarde, dentro del horario que él había previsto, dejaban atrás la bocana del puerto deportivo, proa al extremo sureste de la Península, el Cabo de Gata. La tarde era perfecta para que Susana se aclimatara a la mar y al barco en el que, si todo iba bien, podría vivir una temporada. Soplaba un ligero poniente de no más de diez o doce nudos, ideal para navegar a vela con el viento por la aleta y con sólo unas pocas olas de nada. Una brisa muy interesante porque, además de permitirle la travesía hasta el cabo sin encender el molesto motor, soplaba de la dirección que mejor podía convenir a su propósito de fondear en la Bahía de los Genoveses, abierta a los vientos de levante, pero completamente protegida del poniente más fiero que pudiera levantarse por allí. Todo salía mucho mejor de lo que había podido planear jamás. Estaba tan contento, que hasta venció la pereza que le daba ponerse a bucear en el profundo cofre de estribor en busca de todo el aparejo del spinaker. La vistosidad de esa vela, que sólo volaba en ocasiones especiales, era el toque final que necesitaba su espíritu para alcanzar la dicha suprema. A Susana, además, le pareció formidable. Para ella, que aseguraba no haber pisado un barco en su vida, eso de sentir cómo la sola fuerza del viento hinchaba el enorme balón y tiraba del velero, sin otro sonido que la espuma del mar deslizándose por el pantoque, era increíble. Llegó a decirle a Peter a mitad de camino, que no comprendía cómo había desperdiciado media vida sin conocer lo idílica que podía resultar la aventura de embarcarse para recorrer el mundo, cuando tuvieron la fortuna de ser acompañados por una manada de delfines por espacio de diez largos minutos. El joven no podía creer que todo estuviera saliendo tan bien.
Hacia las nueve de la noche dejaron caer el hierro a cien metros escasos de la blanca arena de la bahía, haciendo compañía a otros tres veleros que ya estaban allí cuando arribaron. Era normal en verano, le explicó Peter a la muchacha, que hubiera siempre algún que otro barco por aquellas calas. Mientras no soplara levante, eran unos fondeos de ensueño. Además, bastante cerca del puerto de San José, como para poder aprovisionarse de tarde en tarde. Aprovechando que el agua estaba como un espejo, pasarían allí esa noche, y por la mañana se acercarían a la marina para preguntar por el Saroyan. Aunque ya advertía él, que no iban a decirles nada sobre ellos. Alguien que vive a bordo no suele gastar el poco dinero de la caja a lo tonto. Ese puerto era demasiado caro en verano y, por si fuera poco, demasiado pequeño. Quizás, si alguno de los otros veleros fondeados llevaba allí el tiempo suficiente, pudieran indicarles algún rastro de lo que andaban buscando.
A la mañana siguiente Peter se despertó al oír un chapuzón muy cerca de la escotilla que tenía sobre su cabeza. Al momento se empezó a reprochar su increíble irresponsabilidad. Había dormido a pierna suelta como si estuviera aún en el puerto. No se había dado cuenta. Iba a tener que convencerse de que estaba otra vez navegando. ¡Las ocho y media! Siete horas de un tirón sin preocuparse por si el ancla podía garrear o no. Hacía tiempo que no le sucedía algo así. Echó un vistazo al camarote de proa y comprobó que debía ser Susana la que se había lanzado al agua un instante antes. Sonrió para sí. No podía todavía creer que estuviera allí acompañado de semejante preciosidad. Pura ciencia ficción.
Se incorporó con lentitud, desperezándose tranquilamente, y decidió, todavía medio adormilado, que podía ser una buena idea iniciar la jornada con un chapuzón. Un minuto más tarde, ataviado con un traje de baño, asomó su despeinada cabeza por el tambucho, recibiendo de lleno la cegadora luz del naciente sol en pleno rostro. Iba a hacer un día magnífico. Quizás terminara entrando un poco de levante. Perfecto para llegar a vela en una jornada agradable hasta la cala de San Pedro. Salió del todo a la bañera y buscó a Susana con la mirada.
−¡Hola, dormilón!− Le saludó ella al descubrirlo, obligándole a sonreír. Estaba nadando a unos veinte metros del barco, en unas aguas tan transparentes, que daba la impresión de no haber suficiente fondo para que la quilla del barco no arañara la arena, que se podía contemplar con detalle desde la cubierta. −¡Está buenísima! ¡Venga, tírate!
−¡Vale, vale! ¡Ya voy!− Respondió él, acercándose a la borda, y sin dejar de sonreír. −¡Hombre al agua!
Unas brazadas después se acercaba a la muchacha.
−Oye Peter,− empezó a decirle ella, cambiando el tono, hablando con un aire un tanto confidencial. −¿no te escandalizarás si te digo una cosa, verdad?
Él se rió abiertamente.
−Ahora me vas a contar que, en realidad, estás huyendo de la justicia y me has utilizado para escapar, ¿no es así?
Ella le salpicó a la cara.
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