Re: Relato Marinero 2ª parte
La noche inundó la mar. La Luna en cuarto creciente daba luz a nuestra estela. Atrás quedaba el Tres Forcas y la precipitada salida de Melilla.
Abarloados a la motora de los padres de Raúl, habíamos conseguido transbordar a las clientas francesas hasta el l'Aila, no sin cierta dificultad, pues las parisinas no eran precisamente lo que se dice “gente de mar”, vamos, que en su vida habían pisado un barco, y la mar no estaba calma.
Antes de despedirse, el padre de Raúl me aseguró que el tema de la hipoteca lo iba a solucionar “por la vía rápida” No supe hasta más tarde el significado de aquellas palabras. Yo por si acaso llevaba el Ais solo en recepción...
Como ya he dicho, la primera impresión que causaron en mi las parisinas fue ambivalente.
Por un lado no eran “gente de mar”, y aunque no soy de los que piensan que los marinos somos una “casta” superior, bueno, pues uno tiene sus afinidades. Pero desde otra perspectiva más... personal, aquellas chicas me fascinaron desde el primer momento. Aquellos gestos, aquellas poses, que en otras u otros hubiesen sido calificadas como torpes, o cuando menos de “falta de costumbre”, de inhabituales en un barco, en ellas tomaban siempre el color de la elegancia, del “savoir faire” como dicen los franceses. Por ejemplo, a vd. querido lector ¿ se le ocurriría pasar de un barco a otro, abarloado frente a una playa, mientras las olas los zarandean a punto de colisión, con un brazo en jarras y ofreciendo la otra mano para que el menda se la tomase, cual respuesta a una petición de baile en la fiesta del instituto?.
Pues esa era Michelle. Alta (calculo 185 cm), como una espingarda, esbelta, ni muy delgada ni muy gruesa,. Aunque su padre era de color, senegalés, y su madre parisina, de rasgos caucásicos, Michelle era mulata, de cabellos lacios y ojos del color de la trufa. iba ataviada con pantalones vaqueros-pirata ajustados, un top y una pamela, y gafas de sol. En fin, una preciosidad y con mucha, mucha clase. Como yo soy “de la otra clase”, pues la agarré de las axilas y en un instante la hice volar de barco a barco, como una pluma...
-Oh lala, merci monsieur. Dijo ella lacónicamente.
Y nos falta la mejor parte. Aisha -la otra “parisina”-, de origen pastún, pero criada en Bombay, y emigrada en su adolescencia a Paris, donde sus padres regentaban una cadena de conocidos restaurantes de comida rápida. Kebah creo que los llaman. Ojos negros, como el azabache, igual que su pelo, recogido en una coleta, de estatura media y caderas anchas. A Aisha no tuve que elevarla, cual "piuma al vento". Sencillamente levantó sus brazos y me “invitó” a que la tomase con los míos. Genial el transbordo. Maniobra restringida total -según el RiPAM-.
Y bueno, pues ya estamos todos/as a bordo. Joer joe, que lujo de pasaje, de tripulación...
Antes de recoger el hierro, intenté acomodar como mejor pude a la parroquia, aunque prohibí la entrada en la camareta a las parisinas porque el meneo era potente y la experiencia me dice que a los “novatos”, con meneo, mejor fuera, al viento. Me ayudaron las bretonas con las maletas de las parisinas, que no eran precisamente petates. Y con su ayuda también, zarpamos el ancla e izamos mayor y desenrrollamos génova, sin motor, a pura vela, a impresionar al personal...
Y hasta aquí, embutidos en la negrura de la noche de Alborán, con un poco de mar de fondo del E y poco viento del SSW, o sea 7 nudos, pronto nos vimos obligados a encender el motor. A esa misma velocidad -7 nudos-, andabámos rumbo Norte con la Polar en la proa, marcándose ya en la pantalla del plotter los primeros ecos y triangulitos del Ais, en parejas, dibujando un cortejo que teníamos que atravesar....
Continuara....
|