Discusión: Otros El sueño de Peter
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Antiguo 08-03-2015, 00:34
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Predeterminado Re: El sueño de Peter

Y por esta vez, se acabó. Muchas gracias por vuestra atención.



Peter alargó un pié y lo apoyó en uno de los radios de la enorme rueda. Mirando hacia la popa y sintiendo el viento sobre su cabeza, no necesitaba más para hacer que el barco no se apartara un grado de su derrota. Susana se acercó, estiró su cuerpo por encima del rostro del joven para alcanzar la manivela del winche y añadió:
−Supongo que ahora tendré que hacer algo con esto, ¿no?
Sin embargo, Peter no la estaba escuchando. La postura en la que se había puesto Susana para alcanzar la herramienta, había hecho que sus pechos desnudos se acercaran tan peligrosamente a su rostro, que el resto del mundo perdió interés para él en esos momentos. Esos pechos jóvenes y perfectos fueron también lo último que pudo ver en mucho tiempo.
Unos segundos después Susana cazaba con brío la escota del génova en el nuevo bordo, volvía más tarde a la rueda para conectar el piloto automático, sobre el que Peter todavía no había hecho la menor mención, y se ponía a rebuscar en los cofres de la bañera en busca de algo que necesitaba en esos instantes. Enseguida encontró un cabo perfectamente adujado, y lo deshizo, empleándose después a conciencia sobre el inerme Peter, que seguía tumbado sobre su banco, como si nada hubiera sucedido. Finalmente, atravesó el tambucho y bajó a la cámara. Allí, con una precisión asombrosa, giró unos pocos conmutadores de la radio VHF, tomó el micro con una mano y comenzó a transmitir.
−Erika, Erika, aquí Susana. Erika, Erika, aquí Susana. ¿Me recibes?
Unos pocos segundos después, y acompañada de una crepitación eléctrica, llegó una respuesta por las ondas.
−Susana, aquí Erika, cambio.
−Erika, aquí Susana. La compra está hecha. Cambio.
−Perfecto. ¿Nos vemos mañana? Cambio.
−Seguro. Ya te contaré. Cambio y corto.
Media hora más tarde, Peter entreabría los ojos con una mueca de dolor torciéndole el rostro. El golpe que había recibido con la manivela en el parietal le había producido un enorme chichón, en el que parecía tener concentrados en esos momentos todos los sentidos de su cuerpo. No entendía lo que le había sucedido. O mejor, no daba crédito a que algo así hubiera sido verdad. Tampoco estaba seguro de que no estuviera soñando, al comprobar que estaba inmovilizado por completo con uno de sus propios cabos. También se percató al instante de que si se movía lo más mínimo se precipitaría al agua. Ya no estaba tumbado en la protegida bañera, sino en uno de los pasillos de la cubierta, más allá de la brazola, separado del azul intenso de su adorado mar por sólo la escuálida línea del guardamancebo que unía los candeleros. Cuando giró la cabeza hacia el otro lado, encontró la sonriente faz de la muchacha como recibimiento.
−¡Ya era hora, dormilón!
Susana estaba sentada en la otra banda, en la esquina de barlovento y, aunque parecía tan alegre y contenta como siempre, existía algo en la expresión con la que ahora le contemplaba, que le llenaba de temor. Algo cruel, frío, cortante. La aparente ingenuidad se había desvanecido.
−Creía que te había golpeado demasiado fuerte. Eso no estaría bien. Haría todo más aburrido.
A Peter le dolía tanto la cabeza, por dentro y por fuera, que no fue capaz de articular palabra por el momento.
−Resultas un personaje patético, ¿lo sabías?
Mientras hablaba, se incorporó con cuidado, ya que el barco seguía bastante escorado y se aproximó a sotavento.
−Te habías hecho ya muchas ilusiones con este cuerpo a tu alcance, ¿verdad?− Al decirlo, se libró completamente del pareo, mostrándose desnuda ante sus ojos. −Todos los solitarios sois iguales.
Peter recuperó algo de su aplomo, y comenzó a balbucear una torpe defensa. Aunque la tenía desnuda y muy cerca, ya no veía en ella el paraíso perfecto que había soñado poco antes.
−Est... estás equivocada, Susana. Siempre te he dicho que te iba a respetar.
Ella soltó una carcajada, al tiempo que empezaba a acariciarse con gestos lujuriosos.
−¡No me hagas reír! ¿Te crees que nací ayer? ¿Qué ibas a desperdiciar esta oportunidad
−Susana, de verdad...− Sus palabras sonaban a imploración. Sin embargo, ella no le dejó proseguir.
−Olvídalo, iluso. Esto no tiene nada que ver con eso. Se trata de un negocio, ¿sabes? Vendemos barcos.
Peter recibió aquella información como una pedrada. ¡Piratas!
−Vosotros, los solitarios, sois siempre nuestros mejores proveedores. Picáis tan rápido, que a veces hay que hacer un esfuerzo para no levantar sospechas.− Mientras lo explicaba, volvió a acariciar su cuerpo desnudo con voluptuosidad, poniendo con ello el énfasis en el mejor cebo que podía utilizar para capturar a uno de aquellos incautos. −Como estáis tan separados del mundo que nadie os espera en ninguna parte...− Hizo una pausa y sonrió mostrando todos sus dientes. −pues negocio perfecto.
Peter estaba asimilando muy rápido todo lo que estaba oyendo, aunque seguía sin querer creerlo.
−¿Qué vas a hacer conmigo?− Inquirió, mientras una sombra muy negra se cernía sobre su cabeza.
−¿No lo adivinas?
Susana hizo un gesto con la mirada, obligándole a él a bajar la vista hasta sus propios pies. Lo que descubrió le produjo tal impresión, que el bronceado que tapizaba toda su piel se esfumó, dejando en su lugar una palidez cadavérica. Una de las anclas de respeto de su barco, una almirantazgo de unos buenos veinte kilos, estaba perfectamente unida al cabo que impedía el movimiento de sus extremidades inferiores.
−Pero no..., no.
−Pues sí, Peter. Te vas a reunir con los peces. Los negocios son los negocios. En el nuestro tenemos la norma inquebrantable de no dejar jamás un testigo que un día pueda meternos entre rejas. No es nada personal. De hecho, a pesar de lo que te acabo de decir, la verdad es que no me hubiera importado acostarme unas cuantas veces contigo. Estás muy bien, ¿sabes? Pero chico,− Añadió suspirando− mi cliente es bastante impaciente.
Sin más preámbulos, la muchacha estiró una pierna hacia el ancla y la empujó al agua. Peter gritó y forcejeó como un poseso, intentando aferrarse a algo que impidiera su caída. Pero Susana había hecho muy bien su trabajo y el único resultado que consiguió el alucinado joven fue entrar en las aguas que le acogían para siempre, con el cuerpo completamente magullado por la regala de aluminio que festoneaba la cubierta. Ella le dijo adiós con el brazo, mientras sonreía al verle desaparecer a toda velocidad rumbo a las profundidades. Luego, cuando las burbujas de Peter se habían mezclado ya con la estela del barco, volvió la mirada a proa, desconectó el piloto, que había estado llevando la rueda todo ese tiempo, y se puso a gobernar, mientras silbaba una alegre tonadilla famosa, sin molestarse en cubrir una desnudez que sólo podía interesar a las gaviotas en medio de aquella inmensidad azul. Se sentía contenta aquel día.

Fin
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