Discusión: Otros El sueño de Peter
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Antiguo 14-03-2015, 20:46
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Piratilla
 
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Predeterminado Re: El sueño de Peter

No mucho rato después Susana se permitió dirigir un soberbio corte de mangas, eso sí, mental, porque todavía le temblaban un poco las piernas al pensar lo cerca que había estado de seguir un camino peor que el del patético Peter, a la patrullera de la Guardia Civil con todo su contingente humano, mientras iba desapareciendo por el horizonte a la misma velocidad a la que había llegado. Le habían estado dando la tabarra durante una hora más o menos. Sin embargo, las palabras del Juez de guardia habían pesado mucho sobre el oficial al mando, y éste había tenido que claudicar, ante lo cuesta arriba que se le había estado haciendo probar un crimen sin víctima, sin denunciante y sin otro asidero legal que una grabación que, en eso tenía que dar la razón a su Señoría, por más que le doliera, no suprimía la duda razonable de que aquella mujer hubiera cometido un asesinato como el supuesto.
Claudicar, por el momento. El teniente no tenía un pelo de tonto, y sabía en su fuero interno que aquella preciosidad no era en absoluto trigo limpio. ¡Por sus c… que no!
El problema es que contra ella, tal y como estaban las cosas, sólo cabía el bordo suicida, y a rezar porque le ayudara el role del viento.
Para los neófitos, y simplificando mucho, lo que el guardia civil quería decir con eso de bordo suicida es la maniobra que hace uno en regata cuando los otros barcos se escapan irremisiblemente. Viene a ser algo así como de perdidos al río. Puesto que si sigo el mismo rumbo que los demás, no los voy a pillar nunca, y van a virar la boya antes que yo, voy a virar ahora mismo para tomar un rumbo diferente a los otros, con la esperanza de que un role de viento me favorezca a mí antes que a los demás, y termine siendo yo el que alcance la boya por delante del resto de la flota. Es bordo suicida por algo tan sencillo como que si el viento no rola, entonces me hundo sin remedio. Lo interesante es que mantiene la esperanza un rato más y solo por eso ya merece la pena.
Que el teniente hubiera recobrado a sus hombres desde el velero y hubiera puesto agua de por medio, no significaba otra cosa que un cambio de estrategia. Como en una regata, había que tener paciencia, y ya veríamos quién viraba antes la boya de barlovento. Quedaba una larga ceñida por la proa.
Susana, por su parte, que era todavía menos tonta que el teniente, sonreía con satisfacción mientras veía cómo se desvanecía el punto de espuma y velada humareda que quedaba tras el paso de la rapidísima Rodman de la Benemérita. No obstante, era consciente de que desde ese preciso instante iba a tener que trabajar mucho para salir airosa del lance en el que se había metido.
Para empezar, se había condenado a no tocar puerto en una buena temporada. Sabía que las autoridades de todos los puertos españoles iban a poner un interés especial en sus peripecias. Así es que le quedaban dos opciones: deshacerse del barco, es decir, abandonarlo, entregarlo o lo que fuera; o bien huir e intentar dar el esquinazo a las Fuerzas de Seguridad. No ver la enorme lancha de la Guardia Civil no significaba que se hubieran ido de verdad. En cuanto había vuelto a quedarse a solas en el velero había conectado el radar y había marcado un blanco a seguir. Ahora mismo ese blanco se había dejado caer al otro lado del horizonte, que no se halla mucho más lejos de tres millas desde la cubierta de un barquito pequeño como el suyo, de unos cuarenta pies o doce metros, y se había quedado a una prudente distancia de cinco millas justas. Unos minutos después la pantalla del aparatito dictaba un firme veredicto: el eco mantenía una demora y distancia constantes. Es decir, que habían igualado la velocidad y el rumbo al de su propio barco, de modo que iban a ser su sombra no sabía por cuánto tiempo.
Suspiró para sus adentros. Había perdido algo más de un par de horas en todo aquel desaguisado, pero todavía podía llegar a la cita prevista, entregar el velero y desaparecer. Atenerse al plan parecía lo más razonable. El problema iba a ser cómo escabullirse después.
Por el momento había un trabajo que realizar con urgencia, pero antes tenía que aclarar del todo sus ideas, había que recapitular:
Eran las 15:30, habían levado el ancla aquella mañana en la bahía de los Genoveses y ahora se encontraba a unas veinticinco millas de allí. Para el que lo quiera buscar, se encontraba según el GPS, en los 36º 59,476’ de latitud norte, 1º 41,269’ de longitud oeste. Es decir, en medio del mar. A unas nueve millas y media de la costa más cercana, que era la del pueblo almeriense de Carboneras, del cual lo único que se veía, por culpa de la calima característica del verano mediterráneo, era la altísima chimenea de su térmica, que alcanzaba nada menos que los 205 metros sobre el nivel del mar. Le quedaban todavía unas sesenta millas para llegar al Cabo de Palos, que era su próxima baliza. Después todavía tendría margen para llegar a la cita al día siguiente, como estaba previsto. Hasta el Cabo, que era lo único en lo que quería pensar por el momento, unas doce horas si mantenía la media de cinco nudos que había llevado hasta que aquellos fantasmas la habían entretenido. Lo doblaría con las estrellas. Precioso.
Ahora lo que no podía esperar.
Se quedó contemplando el palo del velero durante unos minutos. ¡Típico de solitarios! El muy precavido llevaba dos reflectores de radar, a falta de uno. Iba a tener que emplearse el doble.
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