Leyendo el relato de Ailanautic, pensé contestar al suceso de la caída del ancla durante la navegación, para darle la razón: es algo que pasa a veces. Luego decidí que mejor abría un paréntesis en la huida de mi Susana, e introducía mi propia experiencia al respecto. Me sucedió navegando en solitario en esa misma zona, con el mismo viento y mar. La única licencia literaria es que mi molinete no era eléctrico. Por eso he querido que no funcionara el de mi piratilla.
Unas cervezas para los cofrades que todavía seguís al pie del cañón y disfrutad otro ratillo.


Después del segundo pantocazo fuerte, se colocó tras la rueda del timón, desconectó el piloto y se preparó para echar unas cuantas horas de entretenida guardia. Cuando el viento levanta la mar en el Mediterráneo lo que hace es producir una ola corta y molesta, contra la que no hay otra defensa que zigzaguear. Subes la muralla de agua en línea recta y, cuando estás a punto de coronar la cresta, metes timón a la banda para que la proa no caiga a plomo en el siguiente seno, sino que se deslice por el lomo hasta lo más profundo, donde procuras volver a rumbo, y a comenzar de nuevo. Así hasta el infinito.
Por el momento no resultaba complicado en exceso. Al fin y al cabo estaban en pleno verano y el viento no iba a superar un límite razonable. Sin embargo, no iba a ser Eolo, en esta ocasión, el que iba a romper la tranquilidad de Susana.
Cuando llevaba unas tres horas aferrada al timón, creyó entrever un reflejo blanco justo en la proa, por debajo del tambor del enrollador del génova. Como es fácil intuir, navegaba con todas las luces apagadas. En otras circunstancias la difusa claridad verde y roja de las lámparas de proa le habrían permitido vislumbrar con más facilidad el fenómeno. Esa noche todo lo que tenía era la incierta luminosidad de las estrellas, y la sombra blanca de los rociones de espuma que llevaban un rato rodeando la embarcación.
Forzó la vista unos minutos, hasta que se dio cuenta de que cada vez que el velero alcanzaba la cresta de la ola e iniciaba el descenso por el otro lado, la tapa de fibra del pozo de anclas se abría, para volver a cerrarse cuando la proa frenaba en el siguiente seno. Con la mente funcionando a toda velocidad, supuso sin dudar que se había abierto el pestillo que aseguraba esa tapa en su sitio, y que iba a tener que mojarse un poco para cerrarla.
De pronto, sin embargo, sintió que su corazón se detenía. A unos seis o siete metros por delante de la proa, en el agua, acababa de descubrir algo que se movía por delante de ellos. La primera impresión había sido que sus amigos los delfines acudían a pasar un rato haciéndole compañía en aquella noche agotadora. Enseguida se había percatado de que se había equivocado, pero no quería creerlo. ¡Era un ancla! ¡Su propia ancla! De alguna manera se había soltado y había arrastrado con ella hasta el agua esos pocos metros de cadena.
Cuando la proa subía y llegaba a la cresta, la inercia lanzaba el hierro hacia arriba, donde se movía como un péndulo por el aire, volviendo a caer al agua tras unas décimas de segundo en las que parecía detenerse a una altura aproximada de un metro sobre la cubierta, antes de iniciar el descenso.
Ignoraba cuánto tiempo llevaba sucediendo aquello. Le importaba bien poco. Se daba cuenta de que era cuestión de suerte que el ancla no hubiera chocado todavía con la fibra del casco y produjera una importante vía de agua. Así es que no debía demorarse un segundo en solucionar aquella crisis.
Conectó el piloto, después de abrir el rumbo un poco por debajo de un descuartelar, para evitar en lo posible los pantocazos. Arrancó el motor y lo dejó en punto muerto. No quería gastar ni una gota de combustible más del necesario, porque no sabía dónde y cómo iba a concluir aquella peculiar regata. Luego soltó el mosquetón del arnés de seguridad del cáncamo que había al pie de la bitácora y lo engrilletó a la línea de vida que recorría cada una de las bandas del velero. Y por fin, armándose de valor y sin pensar cómo podía terminar todo aquello, se arrastró como pudo hasta la proa.
Hasta entonces el ancla había estado sobre la pieza de acero que formaba el escobén, y había estado convenientemente asegurada con un pasador, también de acero, y de un centímetro de diámetro, que atravesaba la caña de la misma por un ollao al efecto. Bien, el pasador había sido cortado como si fuera de mantequilla. Quedaba sólo la mitad del mismo, colgando inútilmente de un cabito que impedía que se perdiera cuando se sacaba del ancla al fondear. Partido el pasador, el ancla había tirado de la cadena y al bascular hacia abajo, había roto también el pequeño pestillo que cerraba la tapa del pozo.
Lo sorprendente es que no se había ido toda la cadena al agua, como hubiera sido lo natural. Hasta que fue testigo directa de lo que estaba sucediendo. El tambor del winche del ancla no se había llegado a desembragar, pese a los tirones a los que lo estaba sometiendo el movimiento descontrolado del ancla y su cadena. Lo que pasaba era que, cuando todo el conjunto perdía tensión, al llegar al punto culminante de la subida, los eslabones se zafaban de la corona dentada preparada para la cadena, y sólo volvían a su posición con el nuevo tirón que se producía al llegar abajo, siempre perdiendo por la proa cinco o seis eslabones en cada viaje.
No se había ido toda la cadena, pero la perdería si no hacía algo de inmediato.
Empezó asegurando la tapa abierta con uno de los cabos que el solitario, precavido él y muchas gracias, tenía atados en el balcón de proa. A continuación pasó una pierna por cada lado del estay y las dejó colgando por las dos amuras. Gracias a que estaba parcialmente enrollado, el pujamen del génova estaba bastante alto y eso le proporcionaba algo de libertad de movimientos. Pese a todo, se sentía como si acabara de sentarse sobre un potro salvaje en un rodeo. Dejando el tope del palo aparte, se había sentado en la zona del barco que más se movía en ceñida contra una mar levantada como aquélla.
Dejó transcurrir unos cuantos minutos en los que estuvo estudiando, completamente concentrada, el peligroso movimiento del aparejo de fondeo. El problema era grave por una doble razón. Estaba en juego la integridad del barco. Y estaba en juego su propia integridad.
Después de ese rato se había hecho una idea de lo que iba a hacer. No le iba a quedar otra que cobrar cadena hasta que el ancla estuviera casi a la altura de la parte baja del casco. En cuanto al último trozo, ya sin la ayuda del molinete eléctrico, que sería efectivo, pero muy lento en esas circunstancias, tendría que cobrar a mano el par de metros último, hasta que todo volviera a la normalidad.
Muy fácil de pensar. Pero cada vez que veía volar el ancla por delante de la proa, un frío cruel le recorría la espalda.
¡Venga, no podía esperar más!
Con el ancla iniciando su camino ascendente, apretó el pulsador que movía el molinete y…, y no sucedió nada. Lo apretó frenética, pero el molinete siguió sin inmutarse.
Miró hacia la popa, pero a esa distancia y con el ruido del viento, no fue capaz de escuchar el sonido del motor, que había arrancado porque sabía que el molinete no funcionaba si la máquina no estaba encendida. O la batería se había descargado, o había saltado algo tan estúpido como el disyuntor del molinete en el cuadro de diferenciales. En cualquier caso, nada que pudiera solucionar en ese preciso momento, porque no tenía la menor idea de dónde estaba, ni tiempo que perder en su búsqueda.
En fin, las había tenido peores. Se armó de valor y, aprovechando la cíclica pérdida de tensión de la cadena en las subidas, fue cobrando palmo a palmo, hasta tener fuera sólo el tramo final. Allí se detuvo unos segundos, dejando que la proa subiera y bajara varias veces, hasta que, en la subida de una ola superior a las demás, tiró a toda velocidad de la cadena, sin importarle dónde iba cayendo ésta a bordo, y cuando el ancla se detenía ingrávida en el aire en su última ascensión, con un último esfuerzo la atrajo hacia su cuna de acero que coronaba la roda, donde la aguantó con la mano mientras el velero se lanzaba hacia un seno que parecía no ir a llegar nunca. Por fin, cuando la proa volvió a salir del agua, se afanó en hacer que toda la cadena cayera hasta el fondo del pozo como lo haría en circunstancias ordinarias, y luego se apresuró a pasar un cabo por el ollao de la caña del ancla, y lo ató bien firme, haciendo las veces del pasador metálico que había faltado.
Solo entonces se relajó y se permitió una sonrisa de satisfacción. Se había desollado las palmas de las manos y estaba calada hasta los huesos, además de agotada. Pero había conseguido salvar del barco y a ella con él, y estaba feliz.
Poco después, de nuevo en la seguridad de la bañera, apagó el motor, recuperó el rumbo y siguió navegando. El viento no iba a subir más. Las rachas sólo superaban los treinta nudos de aparente ocasionalmente, así es que no era para tanto. Pronto volvería el sol. Ella estaría más cerca de su cita. Y sus problemas acabarían.