Este relato es muy cortito. Con esta entrega se acaba. Pero hay más, unos cuantos más.


Hoy, mucho tiempo después, no tengo necesidad ninguna de engañarme. Cuando vi por primera vez que había subido al barco con la intención de ayudarme a ganar la regata, me tragué mi orgullo de marino experto y preferí dejarla hacer. Después de todo, las velas absorbían lo suficiente de mis energías para que no tuviera que preocuparme por quién llevara el timón en cada momento. Acallé mis problemas de conciencia bajo muchas capas de pragmatismo y otras tantas de escepticismo, en idéntica proporción.
Creo que es comprensible, si uno pone algo de buena voluntad por su parte, que jamás haya hablado con nadie sobre esto antes de escribir estas palabras. Ha sido un secreto con el que he convivido todos estos años. Durante aquellos días, cuando me hallaba luchando por la primera plaza de la regata, porque nadie habría tomado en serio una historia semejante. Más adelante, en el reposo del guerrero, cuando los focos ya apuntaban al siguiente héroe de la última aventura, no me pareció oportuno contar algo que hubiera estado por completo fuera de lugar. Habría sido interpretado como el intento patético por volver a retener algo de la atención adictiva de que había disfrutado con ocasión de hacer pasar mi proa, el primero, entre las dos boyas de la línea de llegada en la bocana de Les Sables d’Olonnes.
Ahora ya no soy nadie. El anonimato me acunó muy pronto entre sus plumas, de modo que resulta intrascendente la invención más o menos ocurrente de un viejo decrépito. Lo cuento para dar razón de mi último viaje. Lo cuento cuando estoy zarpando, quizás para siempre, en pos de una quimera. La quimera de volver a encontrarla. Porque no he explicado todavía que, después de la regata, jamás volví a verla. Ni yo, ni nadie.
Uno no puede preguntar determinadas cosas sin un mínimo de prevención o, si se quiere, de delicadeza. Puedo asegurar, sin embargo, que he preguntado de todas las maneras imaginables a muchos patrones experimentados, patrones que han repetido mi hazaña cientos de veces, y ninguno ha sabido dar respuesta a mis cuestiones.
En tiempos esto me hizo dudar. Yo era joven y confiaba en mis fuerzas a lo mejor por encima de mis verdaderas posibilidades. Es un mal que la edad va curando. Es decir, que pude sobrepasar sin advertirlo el umbral del agotamiento, si no físico por completo, quizás sí mental. Historias como ésas son corrientes, en especial en nuestro gremio, el de los navegantes solitarios.
Hoy, asentados mis recuerdos, ya no dudo. Mi memoria guarda una imagen nítida de mi timonel. La podéis imaginar como gustéis. Acertaréis de cualquier manera, porque es un ideal de mujer. Esa parte de mi experiencia sí quedará para mi intimidad. Creo que la profanaría si acentuara los detalles.
Era la tercera vez que tomaba parte en aquella locura de la vuelta al mundo en solitario y sin escalas, la Vendee Globe. Sólo que en esta ocasión no navegué todo el tiempo en solitario. En medio del Atlántico descubrí por primera vez a mi bella timonel una mañana, sólo diferente de las demás por la visita de una manada de delfines que había acudido a despertarme.
Más tarde la fui viendo de forma esporádica. Aparecía de repente, cuando menos lo esperaba, y también desaparecía sin que llegara a percatarme de cuándo había sucedido. A veces el movimiento del barco se hacía más mecánico, yo empezaba a notar que se anticipaba menos a la ola que nos ganaba terreno por la popa, y entonces era cuando caía en la cuenta de que estábamos navegando bajo el control de piloto automático de nuevo.
Nunca le dirigí una palabra y nuestras miradas sólo chocaron en tres ocasiones, en las que siempre acompañó su vista con una sonrisa de satisfacción. No me atreví a más.
Los años me han hecho lamentar ese error. Hoy pienso que no se habría roto ningún hechizo. Hoy sé que ella era real, de carne y hueso, y no producto de mi imaginación. La vi muchas veces a lo largo de la regata. Siempre al timón de mi barco. En alguna ocasión, meditando en la cámara sobre lo extraordinario de mi fortuna, no era una alteración en el comportamiento del barco lo que me extraía de mi ensimismamiento, sino la intuición de un chapoteo ligero, que me parecía sentir, más que oírlo de verdad. Entonces subía de prisa, seguro de que no iba a llegar a tiempo para descubrir su cabeza entre las olas. Pero me quedaba, para disfrutar un rato con la cabriolas de los sonrientes delfines, que en esos momentos siempre jugaban junto a la fina proa del velero.
Salgo a buscarla, inseguro sobre lo que me tendrá reservado el destino. Sé dónde la encontré la primera vez. Hay un signo de interrogación junto a la posición en mi cuaderno de bitácora de aquellos tiempos, que conservo como un tesoro.
Es una llamada que no puedo resistir. Cuando la encuentre no pretendo otra cosa que no volver a dejarla escapar. Aunque me limite a navegar en silencio con solo la cabeza asomada por el tambucho mientras ella patronea mi barco. Salgo para navegar con ella hasta el horizonte. Para siempre.
Fin
