El día que mi amigo Pancho Vigo cumplía 65 años acabamos juntos el Bojeo de la isla a las puertas de Santiago en la costa de Aserradero.
Lo hicimos en el sentido contrario de as agujas del reloj y dejamos para la vuelta, cuando volviéramos por el sur, la visita a los pecios de la flota de Cervera hundidos allí desde 1898. Pancho tenía mucho interés en visitar aquella cañonera que había visto muchas veces en foto y que le había descrito su abuelo que había quedado ciego en aquella batalla abordo del Vizcaya.
Después de una travesía movidita durante la noche remontamos cabo Cruz y amanecimos muy cerca de los pecios.
Me quede en la bañera y poco a poco fui acercando la proa a la cañonera. Vi llorar a Pancho agarrado a estay. Aquel comanche del mar, que había navegado en viejos pataches de vela bajando madera al puerto de Santa María y retornaba con Sal desde San Pedro de, Pinatar, que había vivido naufragios, tormentas y desgracias de todo tipo sin mover una ceja, se había emocionado y lloraba como un niño delante de aquellos restos oxidados que llevaban en aquel sitio casi un siglo.