Bueno, pues allá va la última crónica veraniega. Siento no poder amenizar el tocho con unas fotos pero no se que problema de error me da el programita que utilizo, pero no hay manera de que funcione, veré si lo soluciono estos días y pongo unas cuantas imágenes.
Parece que fue ayer cuando salí de Valencia con Fermín (Pachá) rumbo a Córcega, ya se han cumplido los tres meses y estoy en vísperas de la última etapa para terminar el periplo de nuevo en la capital del Turia.
Como ya comenté en la anterior intervención, en el momento álgido veraniego iba a estar acompañado por la visita de mis amigos y amigas a los que recogería en la pintoresca ciudad corsa de Bastia para llevarlos a disfrutar de la acogedora isla de Elba, distante treinta y cinco millas, en la que me he sentido como en mi propia casa.
Hoy puedo afirmar rotundamente que es mi isla preferida de todo el Mediterráneo y son muchas en las que he recalado. Lo tiene todo, buen tiempo, aguas cristalinas, tamaño adecuado para trasladarte con rapidez al norte o al sur dependiendo de los vientos, espléndidos fondeaderos de arena, pueblos encantadores donde disfrutar de la gastronomía italiana y no demasiada presión turística, con llevaderas aglomeraciones de embarcaciones en las zonas más populosas y los precios nada abusivos.
Este verano me había propuesto disfrutar de playas y fondeaderos, sin prisas, sin el apremio del año anterior por devorar millas y descubrir nuevos lugares. En esta ocasión ha sido navegar a pura vela en cada desplazamiento por lo general de unas pocas millas, exceptuando las más largas travesías de Elba a Bastia y viceversa para recoger a mis amigos y alguna excursión un poco más lejana a la isla de Giglio, como ya relaté anteriormente, y sin tan siquiera arrancar el motor, ni para levar ancla, ni fondear, más que en algunos fondeaderos con aglomeración, por seguridad.
En esta ocasión no puedo describir grandes gestas marineras, aunque anécdotas las ha habido de todo tipo, algunas simpáticas, otras emotivas y alguna un tanto desagradable, como aquella referente al comentado cambio de válvula del pasacascos del water que en principio me trajo de cabeza hasta que lo solucioné, o el incidente con un cata que más adelante relataré; una de las emotivas, cuando nos encontramos la orza perdida de un vela ligera y al poco de devolverla en la marina, nos vino un inglés agradecidísimo con unas botellas de vino y unos paquetes de rosquillas elbanas.
Por simpáticas hay varias como ver unos fuegos artificiales lanzados desde una plataforma en la bahía que estábamos fondeados, o la tarde que nos agarró una tormenta en el que los granizos eran como pelotas de golf o incluso mayores, según afirmaban las chicas sorprendidas de la que estaba cayendo y para cuando quise refugiarme bajo la capota me arreó un pedrusco en la cabeza que me dejó un chichón durante tres días como huevo de gallina y divertido fue el simulacro de hombre al agua, en este caso de mujeres al agua con apertura de los chalecos hinchables.
En resumidas cuentas, un verano memorable, sabroso en vivencias y experiencias.
Desde que dejé a mi tripulación femenina en Bastia y me quedé de nuevo en solitario, me he tomado el regreso con calma, recorriendo la costa este de Córcega hasta el estrecho de Bonifacio, del que tuve que darme la vuelta y refugiarme en una bahía, ya que estaba anunciado viento de veinte nudos de proa y la realidad era del doble, esperé un día fondeado y listo, al día siguiente, una plácida brisa de popa, así es el caprichoso estrecho.
Voy a relatar un incidente para que nos sirva de que en la mar nada se puede dar por hecho y que lo más inesperado puede ocurrir:
Llevaba toda la mañana con que la escota de mayor no iba lo fina que acostumbra, en una inspección verifique que se había roto la polea de reenvío junto al mástil, consecuencia del fuerte viento del día anterior, esperé a cruzar el estrecho para cambiarla y ya libre de la movida de embarcaciones dispuse todo para la sustitución. En un vistazo comprobé que no tenía ningún barco en compromiso, solo un catamarán que navegaba hacia La Magdalena en un rumbo divergente al mío, sin más, sujeto con una retenida la mayor para liberar la escota, me voy al palo, saco la escota, desmonto la polea en la que se ha roto media roldana y cuando estoy poniendo la nueva oigo unas voces, extrañado miro por debajo del foque y me veo al catamarán, que incomprensiblemente después de mirar había cambiado de rumbo, a una veintena de metros que se me echa encima, corrí a la bañera como un poseso, desconecté el piloto y metí desesperadamente toda la caña a estribor momento en que el cata pasó a mi costado a escasos cinco metros, con por lo menos una docena de tripulantes mirándome alelados, en ese momento estallé en improperios, gritándoles que navegaba amurado a estribor y ellos a babor, no sé si entenderían esos charteristas italianos lo que decía o si comprendían las reglas de la navegación a vela, pero por mis gestos y mis chillidos algo debieron de barruntar que habían hecho mal, porque no dijeron una palabra en todo el tiempo que los barcos se separaban y aún en la lejanía seguro que pudieron seguir escuchando mis gritos llamándolos imbéciles.
Unos minutos después aún sin recobrarme del susto imaginando las consecuencias tan desastrosas para el Bahía las Islas, dado el superior desplazamiento del cata, en torno a los 48 pies, analizaba la situación de uno de los incidentes más graves desde que llevo navegando, seguía sin comprender la extraña maniobra realizada por unos inexpertos aficionados que alquilan barcos sin tener ni puñetera idea lo que llevan entre manos.
Aún con el susto metido en el cuerpo acabé de sustituir la polea y colocar de nuevo la escota para seguir navegando. Crucé todo el golfo de Asinara, sin poder quitarme la imagen del cata a punto de abordarme, pero con la placentera navegación hasta Stintino fueron quedándose atrás los malos recuerdos para centrarme en apurar esas décimas de milla en la velocidad del barco, intentando llegar a destino antes de la puesta del sol.
Al amanecer de un luminoso día más y tras la consulta matinal de la meteo, comprobé que ese mismo día era un bueno para navegar las 200 millas que nos separan de Menorca, no me lo pensé dos veces y allá vamos, con una brisa del noroeste de diez nudos suficiente para que el Bahía galope en la mar llana. Cuando todo está de cara, no hay mucho que hacer, el viento muy estable, ausencia de mercantes en las proximidades según el AIS, así que lectura, largar el curri, preparar la comida y poco más.
A mar abierto la noche sin luna se presenta magnífica, ni una nube, fenomenal para ver un firmamento brillante con el aliciente de que estos días son noches de Perseidas y no falta el espectáculo, dos o tres meteoritos cada minuto, algunos realmente espectaculares. Duermo en periodos de media a una hora, tras comprobar que en el AIS no hay ningún barco en compromiso, solo de madrugada me cruzo con un velero que ya lo vengo viendo electrónicamente desde hace tres horas.
Al amanecer como estaba previsto entro en una zona anticiclónica y el viento se esfuma y la mar como una balsa de aceite, motor y a atravesar el agujero. En tres horas y quince millas más al oeste vuelve a reaparecer la brisa, ahora de componente sur, para establecerse unas millas más aekante, también en diez nudos, la meteo ha sido totalmente precisa, esto nos ha ralentizado un poco pero contábamos con ello.
A primeras horas de la tarde el carrete del curri se dispara y los ladridos de Rufino no dejan lugar a dudas de que ha picado un pez, tengo bien pensado la acción, frenar poco a poco el carrete para que el bicho se canse de su brío inicial, recoger rápidamente el foque para reducir la marcha del barco y abrir mayor, ponerme los guantes y empezar a recoger sedal, no llevo caña, prefiero el carrete amarrado al balcón de popa e ir sacando la pieza a mano y cuando el pez no tira recoger carrete, en un santiamén tengo un bonito atún de la especie albacora a bordo, de casi diez kilos, feliz de ser mi primera captura en solitario y Rufino en pleno éxtasis depredador atacando al atún.
Al atardecer, a menos de veinte millas de Mahón el viento refresca un poco y rola más al suroeste lo que me obliga a ceñir y para navegar más tranquilo tomo un rizo, Pensaba fondear en la isla del Aire pero la meteo dice que de madrugada entra viento del norte de fuerza 4-5, así que decido entrar en Mahón y con las primeras sombras de la noche penetro en el único fondeadero habilitado en tan insigne bahía, ocupada por marinas privadas en todos sus rincones. Pero primera y última vez que entro en ese lugar, media hora para que me agarre el ancla después de cinco intentos, un pésimo tenedero de algas, ya no duermo tranquilo y como era de esperar a las cinco de la mañana el role, entra viento y un velero que comienza a garrear, doy unos silbidos y afortunadamente los tripulantes se han levantado raudos antes de tener que apartarme. No estoy cómodo en el lugar así que aprovechando que ya tengo el motor en marcha, levanto mi fondeo y me voy de aquella ratonera rumbo al sur de la isla.
Ahora he estado unos días caboteando por el este y sur de Mallorca donde he coincidido con un amigo y su mujer, pasamos unas jornadas estupendos a pesar de las tormentas que estos días parecen haberse cebado en las islas, pero pronto pasan y nos separamos, él para Ibiza y yo para Valencia, aunque antes paso por Burriana a sacar el barco a tierra y hacer el último intento por solucionar la filtración en la cola del self-drive, que me trae de cabeza, cambiando unas juntas tóricas que me envió mi mecánico en Galicia, antes de pasar a mayores si esa no es la solución definitiva.
La Travesía Santa Ponça Burriana, de lujo, primeras horas de spi hasta que se ha encabritado viento y mar, que no vamos de regatas y en solitario no quiero sustos, para pasar a orejas de burro con el foque atangonado y a volar en las horas centrales del día, cuando el viento ya se ha puesto en F5 con medias de 8 nudos y a última hora de la tarde vuelve a serenarse para acabar a motor las últimas 15 millas en medio de la calma nocturna.
El verano aún no se acabó, todavía me queda un postrero viaje a Ibiza en septiembre con mis tripulantes habituales, ávidos de echar una tardía navegación veraniega, con la que daré carpetazo final y comenzar a pensar y perfilar la próxima temporada, que ya jubilado oficialmente, comenzará en abril y pienso que va a ser muy, muy, jugosa, ya contaré
Salud
