Me vais a disculpar, que tal vez el verano lleno de aventuras marinas y marineras no es el mejor momento para la poesía.
Pero si entendemos que a bordo toda aventura es bienvenida, sin que por ello tenga exclusividad náutica, este poema que descubrí - y se me ha pasado ponerlo, creo...- se me antoja como la excepción que confirma la necesidad de la poesía en un apacible y solitario fondeo de verano, cuando la noche invita a dormir más tarde, y se descorcha un benjamín de champán frío.
Adorna de bacante tu cabeza
con pámpanas fragantes y frondosas
derrama y vuelca por tu espalda rosas
y muéstrame desnuda tu pureza.
Este egregio licor, gracia y nobleza
ofrece a nuestras ansias amorosas,
mira en su seno chispas luminosas,
irisadas burbujas y belleza.
De esplendorosos átomos bañado,
tu cuello adorno con el vino nuevo
por donde corre espléndido y dorado.
Luego mis labios a tus pechos llevo
y gusto el vino en el pezón rosado...
¡Digna es de un dios, la copa en que lo bebo!
Salvador Rueda, “Himno a la carne”, 1890.

